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Los verdaderos lujos de la vida

Un paseo sin prisa, un desayuno tranquilo, una noche de sueño profundo. Los pequeños placeres de la vida, esos que parecen al alcance de cualquiera, se han convertido en los verdaderos lujos de nuestro tiempo.

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07
abril
2026

El lujo siempre se ha asociado a lo excepcional, como viajes lejanos, hoteles exclusivos, joyas o coches caros. Pero los verdaderos lujos quizá no brillen tanto. Son aquellas cosas que, aun siendo sencillas, se han convertido en excepciones. Ver un atardecer en la playa, desayunar sin prisas o dormir ocho horas del tirón son cosas aparentemente simples, pero que no siempre están a nuestro alcance. Y, aunque sean baratas, dependen, en gran medida, de dos recursos muy relacionados y escasos: tiempo y dinero.

Dar un paseo un lunes por la tarde depende, en gran parte, del tiempo que nos deja el trabajo o las obligaciones domésticas. Depende, también, del tiempo que tardamos en llegar al trabajo, de si tenemos coche o si nos movemos en transporte público, de si vivimos en la ciudad o en el campo, de si podemos teletrabajar o no.

Trabajamos para vivir, pero muchas veces ese trabajo nos deja sin tiempo para la vida. Otras veces, ni siquiera alcanza para pagar lo que cuesta una vida digna. En las últimas semanas, los resultados de un estudio de Oxfam han evidenciado hasta qué punto tener un colchón económico se ha convertido en algo imposible, incluso teniendo un empleo. El 85% de las personas que viven de alquiler destinan más de un tercio de sus ingresos a la vivienda. Esto significa que más de la mitad no puede ahorrar o, directamente, tiene que recurrir a sus ahorros o endeudarse para sostener el día a día. La crisis de la vivienda no es nueva, pero sí es cada vez más determinante porque condiciona el presente y está bloqueando nuestra capacidad de planificar un futuro. ¿De qué sirve subir el salario mínimo si el alquiler sigue subiendo sin parar? (Teniendo en cuenta, además, que muchos sueldos y contratos de autónomos no suben a la par del salario mínimo).

Estos lujos dependen, en gran medida, de dos recursos escasos: tiempo y dinero

El dinero no lo compra todo ni resuelve cualquier problema, pero sí nos permite vivir con tranquilidad. Y eso sí que es un lujo. Poder pagar el alquiler, llenar la nevera o afrontar un imprevisto sin que se descuadre la economía personal durante meses marca una diferencia sustancial. No garantiza la felicidad, pero reduce el desgaste constante que la hace inviable. Por eso, quien afirma que el dinero no da la felicidad probablemente no ha tenido que preocuparse por llegar a fin de mes.

Porque llegar holgadamente a fin de mes también permite comer mejor, hacer deporte, ir al cine o tomar un aperitivo al sol mirando al mar (¿habrá mayor lujo que ese?). Por eso, tener dinero no solo amplía las opciones de consumo, sino que impacta directamente en la salud física y mental. Reduce el estrés, facilita el acceso a cuidados y permite tomar decisiones con mayor margen.

El Informe Socioeconómico de la Felicidad en España 2024, presentado en marzo, plantea la felicidad como una métrica socioeconómica adicional al PIB y a los indicadores convencionales. Para ello, vincula la percepción subjetiva de bienestar con distintos factores sociales, económicos, territoriales, fiscales, religiosos y políticos. Por eso, no se limita a medir los niveles de felicidad, sino que busca desentrañar qué elementos influyen en cómo se experimenta.

Entre otras cosas, el informe señala que las personas con un mayor bienestar subjetivo viven en contextos de estabilidad económica y laboral, con unos ingresos por encima de los 5.000 euros mensuales. La felicidad no depende de un único factor, sino de la combinación de diferentes variables materiales, relacionales y contextuales que configuran las condiciones de vida. Por ejemplo, quienes viven en municipios pequeños o rurales también declaran mayores niveles de satisfacción.

El lujo de la tranquilidad

Dormir bien, al menos ocho horas, también se ha convertido en un lujo. Según la Sociedad Española de Neurología, el 56% de la población española adulta no duerme el número de horas recomendadas y más del 50% no tiene un sueño reparador –sobre todo, las mujeres–. Además, el 25% de la población infantil no tiene un sueño de calidad y solo el 30% de niños y niñas mayores de 11 años duermen el número adecuado de horas.

Alfredo Rodríguez Muñoz, catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones en la UCM, explica que «sabemos qué hacer para dormir mejor, pero no siempre podemos hacerlo». Diferentes factores predicen una peor calidad del sueño, incluso entre personas bien informadas sobre hábitos saludables, como «jornadas extensas, los horarios impredecibles y la dificultad para desconectar mentalmente del trabajo». Además, explica que ha habido un cambio profundo en cómo organizamos nuestro día, que en muchos casos no termina nunca. «Correos electrónicos, mensajes y tareas pendientes prolongan la activación mental hasta bien entrada la noche», explica.

Este malestar cotidiano –la falta de tiempo, el cansancio acumulado, la dificultad para sostener una vida digna incluso trabajando– no es solo una suma de experiencias individuales. Tiene una dimensión estructural. Un informe reciente de la Fundación FOESSA advierte que somos una «sociedad del desasosiego» en la que, a pesar de una aparente bonanza económica, hay profundos malestares a nivel ambiental, social y económico, especialmente en ámbitos como la vivienda o el trabajo. Y, al mismo tiempo, señala la capacidad de resistencia, la existencia de redes y la búsqueda de alternativas que intentan sostener otras formas de vida.

Quizás ahí se redefine hoy el lujo. No tanto como acumulación de bienes, sino como acceso a condiciones básicas, como tiempo, descanso, estabilidad económica y redes para sostenernos. Durante años hemos asumido que más trabajo implicaba más ingresos y más bienestar, pero la realidad muestra sus límites cuando el tiempo se vuelve escaso, incluso para quienes han alcanzado cierta estabilidad y, más aún, para quienes tienen empleos precarios y pocas facilidades para la conciliación.

Tal vez el verdadero lujo contemporáneo consista, precisamente, en no tener que pedir vacaciones para poder pasear un ratito al sol, quedar con las amigas, dormir a pierna suelta o desayunar sin mirar el reloj.

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