TENDENCIAS
Opinión

Aquella señora que no consigo olvidar

Me sigue dejando helado que alguien intente hacer daño porque sí. Quien no sabe ser hipócrita cuando toca, quien no sabe sonreír o apartar una mirada o mentir o callarse es tan solo un troglodita.

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
26
marzo
2026

Conozco la autovía mejor que mi calle. Hago tantas veces el trayecto entre Madrid y Zaragoza que a veces me vuelvo zombi y me rindo a los actos reflejos. De pronto, aparece el desvío a Medinaceli. ¿Cómo puede ser, si no he visto el de Alcolea del Pinar? Se me han borrado ochenta kilómetros mientras tarareaba o divagaba y los brazos y las piernas conducían en modo automático. No necesito buscar el punto kilométrico ni las salidas para saber dónde me encuentro. Me basta la textura de la tierra roja de arcilla para adivinar que me acerco a los silencios cistercienses de Santa María de Huerta, o la forma de los matorrales para sentirme en el corazón de la Alcarria, o la inclinación de la pendiente para entender que subo o bajo el alto de La Perdiz. Todo es inocuo, extensiones de lo hogareño, paisaje convertido en segunda piel.

Solo hay un punto del camino que no he podido absorber y que me pincha cada vez que paso, y paso muchas veces. Un área de servicio con un restaurante llamado El Navarro. Cada vez que diviso sus letras verdes, mi cuerpo reacciona a lo Pavlov y me acuerdo de aquella señora de hace tanto tiempo. Yo había empezado a publicar libros que no leía nadie editados por sellos pequeños, y era una de las primeras veces que me invitaban a hablar de ellos. Un club de lectura de un pueblo me reclamaba para un encuentro en la biblioteca, y el organizador me citó en ese restaurante, El Navarro, que reconocería —me previno— por sus llamativas letras verdes. Allí nos encontramos y desde allí me guió al pueblo, donde hicimos tertulia sobre el libro que acababan de leer.

Todo fue normal hasta que una señora, manifiestamente hostil desde que nos dimos las buenas tardes, tomó la palabra y dijo que le sobraban las alusiones a la muerte de mi hijo. Ese libro estaba escrito casi por entero antes de que le diagnosticasen leucemia, y lo terminé por cabezonería y por entretenerme en las noches de insomnio del hospital, en las que temía volverme loco del todo. Así lo apunté en un epílogo, a modo de disculpa: si el libro parecía escrito por un demente era porque se terminó en un estado de demencia. La señora me dijo que le ofendía esa pornografía, que al lector no le importaba en qué circunstancias se escribe nada, que era muy desagradable y que debería habérmelo ahorrado.

Yo sabía que molestaba cuando compartía mi dolor, cuando hablaba de la muerte, cuando expresaba lo que sentía

No supe qué responder. Me sentí humillado como pocas veces en la vida. Había una agresividad sorda y gratuita en aquellos comentarios, una crueldad tan desconcertante, que heló el aire de la sala, ya de por sí gélida. Yo sabía que molestaba cuando compartía mi dolor, cuando hablaba de la muerte, cuando expresaba lo que sentía. Lo sabía, pero no me había encontrado con nadie tan brutal como aquella mujer. De vuelta a casa, tras dejar atrás de nuevo las letras verdes del restaurante El Navarro, me propuse escribir en serio: las notas divagatorias e íntimas que iba amontonando sobre mi hijo pronto se convertirían en La hora violeta.

Apenas he hablado de la rabia que me impulsó a escribir, pero, sin aquella tarde, y sin el desprecio de tantos otros, algunos de ellos amigos, no habría sentido la necesidad animal de encerrarme a componer esas páginas. Si no hubiera habido tanta gente llamándome al orden e instándome a mantener el decoro y no molestar con mi dolor, ese libro mío no existiría, y mi duelo eterno habría tenido otra forma, sin duda peor, más monstruosa, menos amante, mucho más oscura. Así que tengo que agradecerle la brutalidad a esa señora, cuyo nombre y cara he olvidado, pero no su tono de voz ni sus palabras, que revivo cada vez que paso por las letras verdes de El Navarro.

He sufrido muchos ataques en mi vida. Muchísimo más feroces y violentos, y de gente poderosa, de la que tiene capacidad para mandarte a la ruina. No se mantiene uno en una carrera literaria pública sin ganarse media docena de enemigos ni sufrir dos o tres traiciones íntimas. Me he visto en situaciones millones de veces más comprometidas que la de aquella tarde, pero todas las he superado con bien y sin secuelas. De la mayoría, de hecho, me río: son el material de las bromas de sobremesa y fuente de inspiración de vaciles de mi hijo Daniel. Aquella primera humillación, sin embargo, no la he superado. Sigo sin comprender qué llevó a esa mujer a encararse con tanta saña contra un escritor desconocido que se había acercado hasta su pueblo sin cobrar un duro, solo por charlar un rato de literatura con una cuadrilla que le había invitado. Un escritor que intentaba sonreír y contar algunos chistes pese a que aún soñaba que su hijo se moría otra vez cada noche. Sigo sin comprender qué crimen cometí contra la sensibilidad de aquella mujer, simplemente por escribir un par de párrafos sobre mi dolor.

Hace falta mucha ingenuidad para pasmarse ante la crueldad ajena

Algunos buenos amigos que me conocen a fondo, mucho más allá de lo que deja entrever mi parte pública, sostienen que soy un ingenuo. Y tal vez tengan razón: hace falta mucha ingenuidad para pasmarse ante la crueldad ajena. Me sigue dejando helado que alguien intente hacer daño porque sí, y pocas actitudes detesto más que la presunción de franqueza, esa gente que dice las cosas a la cara y sin filtros. Malditos mastuerzos. Quien no sabe ser hipócrita cuando toca, quien no sabe sonreír o apartar una mirada o mentir o callarse es tan solo un troglodita.

Cada vez que paso por ese punto de la autovía me pregunto por qué soy incapaz de olvidar. Por qué he enterrado tantas cosas en el olvido y sigo reviviendo aquel episodio tan banal, unos comentarios de una tarde de invierno en un pueblo al que no he vuelto a ir (ni tengo intención de volver). La ruta está llena de recuerdos felices: toda mi infancia está desperdigada entre Aragón y Soria, apenas hay topónimos que no me evoquen un momento dulce. Conduzco zombi por un camino sembrado de magdalenas de Proust. Magdalenas literales: hace un tiempo escribí un relato, por encargo de un periódico, sobre las que fabrican en el horno de Ariza, con una costra crujiente de azúcar, que asomaban sensuales en la mesa del desayuno de la casa de mi abuelo. También tengo alegrías de adulto diseminadas por muchos kilómetros: he gozado de encuentros felicísimos con lectores en muchos recodos de ese camino. Pero ninguno me aguijonea a lo Pavlov. Sólo reacciono a las letras verdes del maldito restaurante El Navarro, que seguro que es estupendo, pero no me apetece parar.

Quizá soy yo. Por mucho que la crueldad persista sobre la dulzura, tal vez haya algo en mí que provoque esto. O quizá sea una respuesta de lo más normal a un estímulo tan evidente, y cuando las letras verdes cambien de color o una franquicia compre el restaurante y le ponga otro nombre, podré pasar por allí sin que me suba un reflujo y se me nuble el buen humor.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

La era de la crueldad

Fernando Pittaro | Martín Szulman

El discurso público cada vez está más polarizado, fragmentado y en constante disputa.

Fatiga por compasión

Jorge Ratia

¿Puede la saturación mediática erosionar la empatía hasta convertirla en indiferencia?

COMENTARIOS

(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME