José Ovejero
«Esta es una reflexión importante: ¿nos corrompe ser testigos del horror?»
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Impiedad. Indiferencia. Frialdad de núcleo. ¿Qué nos enseña la ferocidad humana? ¿Puede la contemplación del dolor, gratuito o no, neutralizar a quien mira? ¿De qué modo nos afecta y cómo nos cambia ser testigos de la crueldad? ¿Puede uno ser cruel a su pesar? ¿Alteran los modos en los que se ejercita la atrocidad el resultado? Sobre estas cuestiones y otras tan subversivas e incómodas como necesarias hablamos con el escritor y ensayista José Ovejero (Madrid, 1958), con motivo de la reedición, diez años después, de ‘La ética de la crueldad’ (Galaxia Gutenberg).
Lo primero que quería preguntarle es que, más de diez años después de la primera edición de este ensayo, ¿la visión que tenía de la crueldad ha cambiado sustancialmente o más o menos se mantiene en el mismo eje que leímos entonces?
No, sustancialmente se mantiene. Este tiempo he ido ampliando algunas ideas, escribiendo sobre cosas que estaban relacionadas con algunas cuestiones que no había desarrollado suficientemente en el ensayo, como el artículo que publiqué en La maleta de PortBou, «Literatura pornográfica», que, empezando el título, tiene mucho que ver con la ética de la crueldad. En él desarrollo algunos autores que no trataba en este ensayo. Más que cambiar de opinión, lo que he hecho ha sido ampliar y matizar.
Al escribir (o crear), ¿siempre conviene rebasar los límites, como nos dice el personaje de Bataille?
Yo tiendo a poner pocas obligaciones; quiero decir, que no hay nada que sea obligatorio. No es obligatorio divertir, ni entretener, ni transgredir. Cada persona puede buscar, como lector o como creador, cosas distintas en distintos momentos. Lo que es importante es que no dejemos de lado ninguna de las posibilidades que tiene el arte para enriquecernos, para cambiarnos, para darnos conocimiento, para dar placer, etc. Es muy interesante, y muchos de los autores que a mí me interesan van por ese camino, rebasar los límites, pero no creo que haya obligación ninguna de hacerlo. Es como el compromiso político de la obra. A veces esperamos que toda obra lo tenga, pero no siempre es necesario, por mucho que nos pueda parecer interesante.
«En momentos de crueldad puede haber belleza en el mismo sentido que la puede haber en un cuadro de Bacon»
Un exceso de crueldad, ¿corre el riesgo de anestesiar o neutralizar al lector?
No, no todos los excesos de crueldad lo hacen. En el ensayo hago varias distinciones, una de ellas es entre la «crueldad espectacular» y la «crueldad ética». La primera para mí es la que hace lo que tú dices, insensibilizar, porque resulta un mero entretenimiento, por violenta que sea lo que está haciendo es satisfacer nuestros deseos de violencia, dárnosla en píldoras y presentarnos aquello que esperamos, mientras que la crueldad ética no nos da lo que queremos nunca, nos hace sentirnos realmente incómodos, no podemos cerrar el libro o apagar la pantalla y decir «mira qué bien esta catarsis», «ah, estos son los buenos y estos, los malos». La crueldad ética pone en tela de juicio nuestras incertidumbres, no nos deja nunca tranquilos, pone en entredicho nuestros hábitos como lectores y justamente eso no nos permite adaptarnos, adecuarnos e insensibilizarnos.
Pero, ¿hay obra de arte –digna de así llamarse– que deje indiferente al lector?
No es que lo dejase indiferente, no solo hablo de indiferencia sino de obras de arte que no cuestione sus deseos; hablo de esa literatura conformista. Puede haber una literatura que no nos ponga en tela de juicio pero que nos sorprenda, que nos agrade estéticamente y que no sea cruel, pienso en Borges, por ejemplo, a quien nunca pondría entre los autores crueles, aunque nos sorprenda y vaya más allá de lo que esperamos, pero se mueve en un campo estético, a menudo muy ajeno a cualquier preocupación ética. Hay muchas posibilidades en la literatura, las obras serán buenas o malas de distintas maneras. Pero, como te decía, procuro no poner deberes.
Como pensaba Artaud, ¿considera que el teatro es el género más adecuado para aplicar esa crueldad que lo despierte de su asepsia?
No, se puede hacer de distintas maneras. Artaud pensaba en el teatro, pero el desarrollo del cine nos ha mostrado nuevas formas, por ejemplo, las de Lars von Trier, que nos lleva con su cine a donde Artaud pensaba que solo nos llevaba el teatro. También puede hacerse desde la literatura. Un autor como Jonathan Littell, que no trato en este ensayo, pero sí en el artículo que te mencioné, es extremadamente cruel, no solo por su violencia sino por la absoluta incertidumbre que genera, y todo ello lo consigue con los medios de la palabra escrita. Cada genio aporta su propia manera de acercarnos a la realidad. También se da en las intervenciones de la artística Marina Abramovic, cuando se sienta ante el público con una serie de objetos que pueden hacer daño (cerillas, cuchillos, una pistola cargada, agujas…) y se los ofrece al público con la posibilidad de hacerle daño.
¿Hay belleza en lo cruel?
Sí, claro, en momentos de crueldad puede haber belleza en el mismo sentido que la puede haber en un cuadro de Bacon, a veces fragmentariamente o en su totalidad. Puede haber belleza en un determinado patrón que se forma con un charco de sangre, como hace Almodóvar, cuando filma cómo un papel de cocina se empapa de sangre y genera unas formas estéticas.
«En España abarcamos todos los aspectos y las finalidades de la crueldad»
Lo grotesco ¿tiene más que ver con la crueldad que la violencia física?
Lo grotesco lo acerco, sobre todo y paradójicamente a lo divertido y al terror. Había un escritor pensador, del XVIII, que afirmaba que los españoles éramos los campeones de lo grotesco, los que mejor lo habíamos desarrollado. Lo grotesco son figuras deformadas, que parten de plantas y animales y pueden llegar a lo divertido, a lo absurdo, a lo estrambótico, pero también a lo horroroso, a lo amenazante, a lo monstruoso. Y lo interesante es que las dos cosas están muy unidas, y no podemos establecer un límite claro, pero no hablaría tanto de lo cruel como de lo monstruoso en este caso.
El dolor, la muerte, el sacrificio de animales, carecen de contrapartida práctica, ¿se justificarían si no fuera así?
No sé, estaba leyéndolo hace un momento, quizás la frase no es del todo clara. Creo que hay una forma de causar dolor que no tienen una contrapartida práctica directa, como puede ser el dolor que se causa a los animales en las fiestas populares, como los sacrificios (en las plazas de toros o lanzando una cabra desde un campanario); estas actividades no tienen más contrapartida que la diversión, aunque alguien podría apuntar que refuerzan los lazos comunitarios. Este tipo de violencia está muy presente en la cultura española. Hay otro tipo de actividades que generan un dolor directo, tanto a humanos como a animales, como los experimentos para que avance la medicina o la cosmética, pero que tienen una contrapartida práctica, al igual que las actividades rituales, como los empalados o flagelantes, cuya contrapartida se recibe en el más allá, o como redención de los pecados. En España abarcamos todos los aspectos y las finalidades de la crueldad.
Usted habla de cuando la obra de arte ataca directamente al público que la concita, como James Baldwin. Pensaba al leer esto en Angélica Liddell, que gusta de esta práctica. Sin embargo, provoca en el grueso del público risa, lo que neutraliza esa carga de crueldad.
La risa es una forma de defensa ante la agresión, al reírte en parte la desactivas, porque no quieres ser objeto de la agresión y, como no puedes defenderte de ella realmente, lo que haces es reírte. Hay numerosos casos de artistas que utilizan la agresión directa al público y, como dices, en algunos casos pueden optar por reírse; también hay quien se ofende y se marcha. Otros optan por una extraña complicidad con el artista, el espectador se desdobla: por un lado, es el objetivo de las invectivas y de las críticas pero, por otro, se absuelve a sí mismo poniéndose del lado del artista y diciendo «es verdad, cómo somos, estas son nuestras culpas». Se produce un acto de contrición al ponerse del lado del artista que absuelve. Son muchos los mecanismos para recibir esa agresión y para desviarla de nosotros, para no asumirla completamente.
«La risa es una forma de defensa ante la agresión»
La representación de la crueldad, ¿es tan inicua como la acción cruel?, es decir, ¿qué queda entre la literatura cruel y la literatura sobre la crueldad?
La literatura cruel en sí no diría que es inicua, aunque asomarnos a ella nos cambia. Hay un par de autores que se han ocupado de esta cuestión, por ejemplo, Faulkner en Santuario, donde encontramos un personaje que dice «ser aunque solo sea testigos de esa crueldad, de alguna manera nos corrompe». Esta es una reflexión importante: ¿nos corrompe ser testigos del horror? Ser testigos del horror, de manera voluntaria o involuntaria, ¿nos corrompe? Informarnos de obras sobre el Holocausto, ¿qué hace con nosotros? Esto aparece en una obra de Coetzee en la que reflexiona a propósito de qué hace con nosotros ser testigos de esa crueldad. ¿Excita algo en nosotros que se vuelve cruel o inicuo? ¿Dónde está el límite en el interés por la crueldad como forma de conocimiento? ¿Dónde establecemos el posible placer que nos provocar ser testigos de la crueldad? No lo tengo claro. Sé que es necesario asomarnos a ello, pero no sé cuándo deja de ser útil y se convierte en otra cosa.
¿Puede ejercerse el poder al margen de la crueldad? ¿Ser crueles nos reporta cierto tipo de poder?
La crueldad siempre da alguna forma de poder, puesto que la infringes sobre otro que la recibe y la sufre; ejerces un poder en ese momento. De hecho, hay autores crueles que, a veces, le toman demasiado gusto al látigo, le toman demasiado gusto a esa situación de poder en la que eres tú quien decide cuándo y cómo haces sufrir al lector. Respecto de la primera parte de la pregunta, sí, porque el poder siempre ejerce algún tipo de violencia, en el sentido de que impone una limitación a los demás, pero no toda limitación es crueldad. En la crueldad hay algo que va más allá de la violencia, de la limitación, de la disciplina, etc. Puede haber un poder que no sea cruel, por más que ejerza algún tipo de coerción, y la coerción no deja de ser una forma de violencia.
«La crueldad siempre da alguna forma de poder»
¿Hay disfrute siempre en quien ejerce la crueldad?
Puede haberlo o no. Tú puedes ser cruel a tu pesar. Perdona lo autorreferencial pero, por ejemplo, en mi novela Humo, que mezcla lo cruel con la belleza, hay un final que muchos lectores me han reprochado: «¿De verdad tenías que hacer esto?». Y sí, me parecía que la novela lo pedía, pese a que busqué alternativas. Al final, acepté lo que escribí como el más honesto de los finales posibles, aunque a mí me dolió acabar así. La crueldad no siempre te produce placer salvo el de estar siendo honesto, el de reflejar alguna forma de verdad.
Habla del subgénero de la crueldad épica, que confiere un halo estético a la misma. ¿Qué distingue la crueldad refinada respecto de la tosca –disculpe el ejemplo extraliterario–, Putin respecto a Trump?
Ninguno de los dos es muy refinado salvo en las formas, sus acciones son igualmente brutales, pero lo refinado está en cómo se expresa. En cierto sentido, casi prefiero la brutalidad de Trump porque no oculta de ninguna manera lo que es, no lo oculta ni con los buenos modales ni con la inteligencia. En su brutalidad no hay error posible, no hay manera de no verlo. Como sociedad, si alguien acepta a Trump sabe lo que está haciendo y lo que pretende. Putin es más complejo, lo sabes si ves el resultado de sus acciones. A menudo pienso en sociedades como la española en las que siempre se ha mirado con repugnancia la brutalidad del bajo pueblo, de las turbas, de las masas, calificadas de absolutamente violentas y feroces, mientras que la brutalidad de la aristocracia, con sus buenos modales y su buena expresión era más fácil de disculpar. Pero la aristocracia ha causado más violencia, muertos y crueldad que las turbas. La diferencia está en la forma en la que se oculta o no la crueldad.
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