Sergio C. Fanjul
«La nostalgia tiene que ver con el placer morboso de saber que has estado vivo»
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Cronofobia. Proveniente del griego ‘cronos’, que significa tiempo, y ‘fobos‘, que significa miedo. Es decir, miedo al paso del tiempo. O, como dice en el libro con ese mismo título el periodista Sergio C. Fanjul, «miedo al tiempo, porque el tiempo lo único que hace es pasar». Nos agobia la certeza del ‘tempus fugit’. Nuestra sociedad asimila mal la fugacidad del tiempo (y de la vida). De allí la nostalgia, la ansiedad, el ajetreo. O quizás tan solo el miedo a que la vida se acabe. A nuestra finitud.
En tiempos de expectativas imposibles, de insatisfacción y constante comparación con las vidas de otros, reina el pánico al envejecimiento y a la muerte. Si nuestra sociedad es, por naturaleza, cronófoba, ¿el miedo al paso del tiempo es en el fondo un miedo a nuestra propia finitud?
Lo que se esconde detrás de la cronofobia es una necrofobia. A mí me da miedo el paso del tiempo en sí mismo, porque me parece que todo va muy rápido. Pero, en el fondo, está el miedo a la muerte. En cambio, el miedo al envejecimiento no creo que tenga que estar tan relacionado. Yo conozco personas que dicen «yo no tengo mucho miedo a morirme, pero sí tengo miedo a envejecer, y sobre todo a envejecer mal». El miedo al envejecimiento puede tener más que ver con el miedo a no cumplir ciertas condiciones que la sociedad impone, desde el aspecto físico fundamentalmente. Y, hoy que la vida está tan laboralizada, cuando dejas de trabajar, mucha gente en vez de tomarlo como una oportunidad para dedicarse al descanso o a la lectura o a sí mismos, lo toman como haber sido expulsados a patadas del mundo productivo y pasar a ser un estorbo.
Eso tiene mucho que ver con el miedo a los tiempos muertos. Se le rehúye al descanso, al ocio improductivo, al aburrimiento en general, simplemente para evitar los hiatos.
Claro, miedo a perder el tiempo. Pero ¿qué es? Para algunas personas y culturas estar mirando el atardecer no es perder el tiempo. Aquí no sabemos usar el espacio urbano de otra manera que no sea yendo a comprar, al trabajo o a una terraza a tomar una cerveza. El mero paseo se considera perder el tiempo. Entonces, claro, en el envejecimiento hay algo de esto también. Por eso se ha inventado la silver economy, donde se generan un montón de bienes y servicios dedicados a las personas mayores, que solían ser pobres antes pero ahora tienen mayor poder adquisitivo que los jóvenes. Están los miedos comprensibles, a la muerte, a la decrepitud física. El miedo a la finitud, que está también detrás de la cronofobia, es muy connatural al ser humano.
«Parece que los años pasan más rápido por el continuo ‘scroll’»
Vivimos en lo que Larry Dossey llama la «enfermedad del tiempo». Esa continua sensación de que el tiempo nunca alcanza. Lo cual también es paradójico porque trabajamos menos horas que hace unas décadas. Pero abunda la sensación de ansiedad, de que estamos llegando tarde a todo.
Yo creo que hay una crisis de oferta. Es el dilema de la elección. Hay una sobreoferta de opciones vitales y siempre parece que te estás perdiendo algo. La tecnología nos bombardea constantemente con notificaciones y reclama nuestra atención, lo que hace que el tiempo se cuartee. El otro día leía un artículo que decía que el scroll infinito hace que nada se acabe nunca, que todo en la vida esté traspasado de un continuo, que nada se cierre ni empiece. Y eso hace que a nuestro cerebro le cueste organizar el tiempo según pasa en nuestra memoria, y que parece que los años y los meses pasan más rápido por este continuo scroll y esta continua conexión.
Porque no hay nada que corte. En ese presente eterno –que además le sirve mucho al consumo porque siempre se está viviendo para lo siguiente–, no hay hitos que marquen. Lo que está relacionado con la pérdida de los rituales, que marcaban el año, las estaciones…
La palabra que has utilizado es muy buena: unos hitos que marquen, ritos de paso que antes separaban una edad de otra. Eso va desapareciendo. Y luego otra pata del asunto es la paradoja del tiempo en el trabajo. Un labriego de otro siglo quizá trabajara de sol a sol, pero probablemente no tendría esta sensación de falta de tiempo ni de agobio. El trabajo sería muy duro, pero no creo que tuviera esta urgencia vital. Y creo que es porque era un trabajo que permitía una soberanía mayor sobre el propio tiempo. Ahora, en cambio, aunque la jornada laboral es más corta, estamos completamente en manos de otros, al albur de que nos llegue un mensaje, un e-mail, una llamada. Hemos normalizado llevar un aparato encima a través del cual cualquier persona en cualquier momento puede localizarnos y hablarnos.
En los últimos años, se está hablando de la «pobreza de tiempo», de esa gente que no puede comprar el tiempo de los demás. Esto tiene que ver con la organización social del tiempo: a qué horas entramos a trabajar, a qué horas entran los niños al colegio, hasta qué hora abren los restaurantes…
El tema de los horarios laborales a mí me toca muy de cerca porque tengo una niña de cuatro años. Es una cosa demencial que nadie se ha puesto a pensar cómo podemos organizar los horarios laborales para que sean compatibles con la crianza. Y es fundamental, porque se trata de la reproducción de la especie humana. Luego se quejan de que no hay natalidad, pero ¿cómo? Si la gente, primero, no tiene dinero, y segundo, no tiene tiempo. Lo del tiempo es fácilmente solucionable, se podrían hacer horarios más racionales y favorecer la conciliación, pero no es así. Y tampoco están los horarios muy adaptados a los cronotipos de las personas, del búho y la alondra, el que está activo por la mañana y el que está activo por la tarde. Eso influye mucho en el rendimiento escolar o laboral. Ahora, que hay tecnología suficiente, en general la flexibilidad con el tiempo y la autonomía de la gente que trabaja debería ser mucho mayor. En la pandemia comprobamos que era posible, pero muchas empresas han ido dando marcha atrás al tema del teletrabajo, que se decía que estaba aquí para quedarse.
«El derecho al tiempo es el derecho a la vida, porque la vida está hecha de tiempo»
Es el «derecho al tiempo» (sorprende el concepto mismo, como si se tuviera que hablar del «derecho al aire»). Y se ha comprobado que la gente que tiene tiempo para estar con su familia, con sus amigos, para hacer lo que le gusta, es más feliz (y productiva).
El derecho al tiempo es el derecho a la vida, porque la vida está hecha de tiempo. En la revolución industrial, en el primer capitalismo, los obreros fabriles trabajaban jornadas de 16 horas, 7 días a la semana. Por eso hubo una reacción tan fuerte del movimiento obrero para lograr la emancipación temporal. Y la tecnología ha sido también una continua lucha por ahorrar tiempo, por hacer electrodomésticos y máquinas que libraran de invertir tiempo en las labores. Toda la historia de la tecnología es la historia de cómo podemos hacer las cosas con menos esfuerzo y más rápido.
Además, estamos en medio de la nostalgia por un pasado idealizado (que a veces ni siquiera se vivió, la anemoia) y el miedo ante un futuro abolido, con la muerte de la imaginación, que lleva a que no se puede pensar en una alternativa.
Tiene que ver con lo que decías del presente sostenido. Hoy lo único que parece que puede existir es el presente. Esta situación es la que más caracteriza a esta época y la que hace que el mundo sea como es hoy: el sistema que tenemos está abocado al fracaso estrepitoso, no hay forma de imaginar un futuro apetecible. Cuando era pequeño me apetecía ir al futuro, y no solo porque quisiera ser mayor, sino porque el futuro era una cosa que parecía que iba a ser mejor, reluciente. Ahora yo creo que a nadie le apetece ir al futuro. Por eso aparece esta nostalgia, muchas veces de tipo reaccionario, de querer restituir lo que había antes, como dices, cuando igual lo estamos imaginando de otra manera. Por ejemplo, la juventud de ahora es nostálgica de un gobierno autoritario, dictatorial, se lo imagina de una manera que no lo vivirían si ocurriera de verdad. Los jóvenes no se imaginan lo que sería volver a una dictadura. Eso es un problema que está haciendo que en muchas partes del mundo estén apareciendo estos gobiernos de extrema derecha, como estamos viendo en Estados Unidos, cada vez más delirantes y distópicos.
«Cada rama política tiene su nostalgia, lo que nadie sabe es cómo mirar hacia adelante»
Tiene que ver con la futurofobia de la que habla Héctor García Barnés, que lleva al cinismo, al agotamiento y a la nostalgia. O sea, si no puedes pensar una alternativa, la única es lo que ya se vivió, porque el futuro, de tan negro, no se puede ver.
Y solo se puede pensar que cualquier pasado fue mejor. La derecha tiene nostalgia de los años 50, del mundo antes de que surgieran la nueva izquierda y las identidades, más jerárquico y con un reparto de roles tradicionales más claros, donde la religión ocupaba un lugar importante. Hay gente en España que quiere volver al franquismo y hay gente que quiere volver al antiguo régimen preilustrado, acabar con la democracia liberal y volver a un mundo muy parecido a la Edad Media, con unos reyes que sean los CEOs de las grandes empresas tecnológicas. Un sistema de feudalismo tecnológico. La izquierda, por su lado, tiene la nostalgia de un estado de bienestar fuerte, de un movimiento obrero organizado, sindicalizado. Cada rama política tiene su nostalgia, pero lo que nadie sabe es cómo mirar hacia adelante.
Porque no hay una «nostalgia reflexiva». Los orígenes de la nostalgia como concepto eran el regreso al país, en el que puede que hayan cambiado las cosas, pero era un espacio al que se podía volver. En cambio, al tiempo no puedes regresar. Entonces, esa añoranza por un tiempo pasado está basada en una falacia, es una promesa que jamás se va a cumplir.
Sí, es curioso, no lo había visto así, de que la dimensión de la nostalgia originalmente era la espacial… Pero, bueno, cualquiera comprueba cuando vuelve a su ciudad natal que se puede volver al mismo bar, pero no es lo mismo porque no está la misma gente, ni es el mismo momento. Entonces, claro, la nostalgia restaurativa, ese pasado que quieres restaurar, es imposible. La nostalgia reflexiva es más propia de los artistas, de los poetas, como Marcel Proust. En busca del tiempo perdido está dedicado a este tipo de nostalgia. Proust no quiere volver a esos momentos, lo que quiere es revivirlos y conectarlos con el presente de una forma emocional. Yo creo que la nostalgia tiene que ver con el placer morboso de saber que has estado vivo.
¿Recordar ayuda a conjurar el miedo al tiempo o lo aumenta?
Buena pregunta. No lo sé. Yo soy muy nostálgico, siempre estoy rememorando. Entonces, no sé si practicar el recuerdo activamente quita el miedo al tiempo o lo aumenta. Lo que sí sé es que ser muy nostálgico y recordar mucho viene de tener miedo al paso del tiempo. Entonces, como buen cronófobo, soy mucho de fabular. Me gusta hacer ejercicios de ponerme a recordar un momento de mi vida que haya sido memorable y a darle vueltas y me sorprende cómo van apareciendo recuerdos que no sabía que tenía. Es muy curioso la cantidad de recuerdos inconscientes que tenemos.
¿Cuáles podrían ser esos «cronorrefugios» donde protegerse del miedo al tiempo?
Un cronorrefugio es la práctica de la nostalgia activa. Hay veces en que me encuentro nostálgico y no rehúyo la nostalgia, sino que la acompaño con las canciones y los discos que escuchaba, o pasando por las calles donde he vivido antes. Otro cronorrefugio es pasártelo bien. Porque cuando estás en una experiencia intensa y gratificante, haciendo una actividad que te gusta mucho, manualidades o jugar fútbol, estar con tus amigos bebiendo o estar con tu pareja o practicando el sexo o lo que sea, en esos momentos se sale del tiempo.
«Una soberanía mayor sobre el tiempo puede quitar la sensación de que este se escapa»
Y, por usar el término del Instituto del Tiempo Suspendido, ¿en qué «cronodelitos» eres reincidente?
No sé… Soy muy exigente con la puntualidad de la gente, pero yo no sé si el «cronodelincuente» soy yo al exigir puntualidad o si son los impuntuales. También meter prisa. O hacer cosas fuera de hora, trabajar cuando no debo en vez de ponerme a ver una película o a leer.
Leyendo el libro pensaba en cuál sería el antídoto contra la cronofobia. Y solo pude llegar a la conclusión de que lo único que realmente ayuda es sentirse dueño del propio tiempo. ¿Tú cuál dirías que es?
Como me decía la jefe del Instituto del Tiempo Suspendido, sentirse dueño del propio tiempo es una ilusión porque solo lo podemos hacer hasta cierto límite. El tiempo no lo vamos a poder frenar: el envejecimiento, el paso de los años y la cercanía de la muerte no se pueden evitar, entonces nuestra soberanía sobre el tiempo siempre va a ser parcial. Pero sí creo que una soberanía mayor sobre el tiempo puede quitar esta sensación cronófoba de ansiedad y de prisa y de ajetreo y de que el tiempo se escapa y que no lo dominamos. Y, bueno, supongo que la solución final a la cronofobia es morirse.
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