Iñaki Mendoza y José Luis Domínguez
«Los jóvenes no tienen ni idea de quién era Suárez»
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Han pasado 50 años desde que se iniciara la Transición española, un proceso de gran calado que consolidó la democracia en nuestro país tras casi 40 años de dictadura. Y sin embargo, las generaciones más jóvenes desconocen este capítulo de la Historia de España. Por este motivo se publica ‘Y después de Franco, ¿qué?’ (Aula Magna, 2025), un empeño de Iñaki Mendoza y José Luis Domínguez –dos de sus autores– por explicarles a sus alumnos qué pasó en esos años tan decisivos.
¿Por qué es vital, por no decir urgente –como destacáis– acercar el conocimiento de la Transición al gran público?
Iñaki Mendoza (IM): Primero, porque las jóvenes generaciones no tienen ni idea de quién era Suárez, por poner un caso concreto. Y, además, porque es una buena ocasión para ahondar en el conocimiento de lo que es la política y su vocabulario, cosas muy básicas de ciudadanía que se desconocen. No saben lo que es una constitución; creen que es un código que contiene leyes.
«La Transición española nos sirve para explicar qué es el consenso»
José Luis Domínguez (JLD): Hemos constatado durante muchos años de docencia en Bachillerato y en Educación Secundaria el desconocimiento, pero es que también ocurre en la universidad. Y eso nos parece cada vez más preocupante.
IM: Yo hice una vez un experimento en la facultad con alumnos de cuarto de carrera. Metí una predicción en un sobre cerrado y se la dejé a una alumna, como si fuera la notaria. Entonces les hice una pregunta: «¿Qué es para vosotros la democracia?» No me arriesgaba mucho, pero venía a decir que el 60% como mínimo iban a definirla en términos exclusivamente de participación política. Y se cumplió. Salió alrededor de un 70%. Eran muy pocos los que hablaban de todo un sistema de valores, por ejemplo; lo que suponen los derechos o la libertad. Tienen un concepto muy limitado y creo que la Transición es una ocasión para hablar de muchas más cosas, como qué es el consenso, por ejemplo.
«La mayoría de los alumnos define la democracia en términos exclusivamente de participación política»
¿Cuáles son las consecuencias de ese desconocimiento de la historia de nuestro país?
JLD: Yo estoy en la Facultad de Educación, soy profesor de Historia Contemporánea, y mi tesis doctoral iba sobre cómo los libros de texto habían recogido la Transición y la Constitución de España. En nuestro sistema educativo solamente se da este tema en cuarto de la ESO y en Segundo de bachillerato. No podemos dar las clases como nos gustaría en Segundo bachillerato. Tenemos que preparar al alumno de la A a la Z, desde Atapuerca hasta Zapatero. Y el curso termina en mayo. ¿Qué ocurre? Que este tema, que está de los últimos, lo das a matacaballo. Esa es la clave. No es culpa del profesor; es culpa del sistema.
¿Esas son las causas de tamaño desconocimiento?
IM: Sí. Hay que empezar a sensibilizar un poco más sobre lo que nos hemos jugado en este país. La clave es entender el contexto en el que se produjo, porque era el más difícil. En un momento donde ETA estaba golpeando más que nunca –los muertos de ETA con Franco son cuarenta y tantos, pero hasta los ochocientos vienen después–, la situación económica, la crisis del 73; todo eso estaba ahí. Y esa parte como heroica, de aventura de la Transición engancha mucho al alumnado, [especialmente] después de tantas revoluciones liberales fallidas en España, porque de eso también hay que hablar: ya hubo otras ocasiones de democracia, como la República.
«Hay que sensibilizar más sobre lo que nos hemos jugado en este país»
¿Cuáles fueron entonces las claves del éxito de la Transición?
JLD: El contexto viene dado, en primer lugar, por la muerte del dictador; el franquismo continuó, aunque Franco había fallecido. Es un proceso que llevó su tiempo. Después, el panorama internacional había cambiado. Durante un tiempo sirvió al franquismo, y ahí el dictador supo adaptarse muy bien a las circunstancias internacionales para mantenerse en el poder. Pero había también una generación de jóvenes políticos que ya no estaban tan vinculados a la Guerra Civil y tenían una visión muy diferente de lo que podía ser la política. El propio rey quiere consolidarse como un monarca, desprenderse del franquismo e instaurar la monarquía –él no era el legítimo heredero–. Y luego también una oposición que llevaba mucho tiempo escondida y que cada vez tenía más base social.
IM: Tampoco hay que mitificar demasiado las cosas. La pregunta es, ¿había otra posibilidad? Porque se cambiaba o esto colapsaba. España, a partir del 72-73, vuelve a entrar en una época de aislamiento político; no nos olvidemos de que en el 75, México y Suecia están retirando a embajadores de España por los últimos fusilamientos. El pragmatismo también fue clave. Nosotros en el libro jugamos con las dos C: convicción y conveniencia, dos elementos que intervienen en la transición. Es decir, hay gente que está convencida, porque nos conviene.
JLD: No olvidemos que los movimientos sociales de ese momento también son muy poderosos. Había una base social de movimientos, incluso asociativos a nivel de barrio, que ahora nos parecen impensables. Gente que estaba poniendo su granito de arena para que las cosas cambiasen.
En el libro mencionáis que ese «famoso consenso fue algo dotado intrínsecamente de legitimidad, pero no fue suficiente para una estabilidad futura». ¿Dónde se pueden apreciar hoy esas insuficiencias?
JLD: El consenso no dura hasta 1982. El propio Adolfo Suárez, en el 79, ya dice hasta aquí hemos llegado. Pero sirve para la Constitución, que es un elemento referencial. El consenso no es 70-30, no es tener la mayoría absoluta, sino ponernos de acuerdo los dos, independientemente de la ideología que tengamos. Cuando entra la Pasionaria por primera vez en el Congreso, Suárez dice: «Lo estamos haciendo bien».
Había que ser capaces de gestionar el pluralismo. Es lo que decía Julián Marías, la clave va a ser gestionar el pluralismo cuando llegue la democracia.
IM: Porque le estábamos viendo las orejas al lobo. Teníamos un riesgo de involución militar muy grande. Y eso fue la sombra que estuvo presente a lo largo de toda la Transición. Por lo menos hasta el 82, que es donde nosotros cerramos el tema. También hubo una dosis muy grande de humildad. Pero eso vino muy presionado por la necesidad que había de sacar esto adelante. Hoy volvemos a posiciones de barricadas.
Entonces, en estos tiempos que corren de barricadas, ¿es posible llegar a un consenso? Porque visto desde la barrera, hay temas en los que deberíamos alcanzar un pacto de Estado.
IM: Ahora lo veo muy difícil, principalmente, porque hay una ausencia del liderazgo político, en todos los partidos. Los políticos dicen lo que hay que decir. Falta originalidad, que alguien se descuelgue con retos importantes. Por ejemplo, [Juan Carlos Rodríguez] Ibarra, cuando en Extremadura dijo que «nos abstengamos los socialistas para que gobierne el Partido Popular». ¿Es tan disparate eso? ¿Un pacto PSOE-PP? ¿Por qué eso es una entelequia? Si en el País Vasco Patxi López gobernó con los apoyos del PP en su momento.
Otro de los puntos que comentabas antes es la falta de memoria sobre ETA. ¿Lo detectáis también en las aulas?
IM: Muchísimo, aunque es diferente a la Transición, porque el final es más reciente, hay como un eco. También hay interés sobre el tema, porque aquí las víctimas están todavía calientes. Pero hay mucho desconocimiento; la gente no sabe la historia de ETA ni cómo empezó todo.
¿Cuándo acaba la Transición para vosotros?
JLD: Los que son historiadores un poco más juristas dicen que cuando se promulga la Constitución del 78. Es verdad que la Constitución sienta un precedente importantísimo –este va a ser el elemento que nos va a permitir poder gobernar–. [Para nosotros] en el 82, cuando gana el Partido Socialista con mayoría absoluta: 202 diputados y la mayoría eran 176. Pero no pasó nada, no cambió el sistema.
IM: Eso para la historia de España es clave. Con la mayoría de Felipe González, los que pierden, asumen la derrota. Igual en otros países puede ser insignificante, pero para el pasado español era mucho. Lo que pudo ser el 34 en la República, cuando las derechas ganan en el 33. En España tuvimos tres ocasiones de democracia: la primera, con la primera República; después, la segunda República y esta fue la tercera. Eso fue lo que podemos decir que da cierre a la Transición, porque lo que viene después se llama la consolidación de la democracia, el periodo que culmina con la entrada de España en Europa. Otra cosa también muy importante es que al Partido Socialista deja de tener un voto sociológicamente obrero en España; mucha gente había votado al PSOE en el año 82. Fue un voto sabio, en el sentido de que lo que se necesitaba era un gobierno fuerte, porque la parte política ya estaba completa.
«Estamos muy necesitados de autocrítica»
Uno de los objetivos que tenéis con el libro es que el lector se aproxime a él «con un profundo espíritu crítico para alimentar el debate sobre nuestro pasado y presente, algo natural en una democracia». Un espíritu crítico cada vez más exiguo en una sociedad tan polarizada.
JLD: No se puede tener un espíritu crítico si previamente no hay un conocimiento de algo. El libro pretende poner un granito de arena. Es un libro claramente divulgativo, no estamos haciendo ninguna revisión historiográfica del proceso. Queremos llegar a ese público que, posiblemente, no sabe nada de la Transición. El fin, o uno de los fines de la historia, es formar a ciudadanos críticos. Si no conoces algo, estás a un paso de que cualquier persona con un mínimo conocimiento del tema te pueda manipular.
IM: Creo que estamos muy necesitados de autocrítica, de forma complementaria al conocimiento crítico. Es decir, cuestionarnos a nosotros mismos. Hoy falta y eso nos lleva a la posición de barricada.
Entonces, ¿cómo podemos recuperar ese espíritu de la Transición en un momento de pulsión populista, divisora y polarizadora?
JLD: Estoy convencido de que debe ser desde las aulas desde donde demos el empujón. Hay mucho que hacer ahí. Cuando te pones a explicar este tema tienes atención plena, porque tiene un relato muy ameno.
IM: A mi fue un poco lo que me impulsó a escribir el libro: que aquí hay un relato un poco policiaco, de espionaje. Tenemos que recuperar el relato de las cosas, porque si no, no llegamos abajo para concienciar desde la escuela, desde la familia sobre esa cultura democrática.
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