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Elsa Arnaiz

«La precariedad es el virus de la mayor enfermedad de la democracia moderna»

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18
agosto
2026

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¿Está la democracia en crisis? Es una de esas preguntas que sobrevuelan la agenda desde hace ya unos cuantos años. Las respuestas varían, pero los análisis de síntomas acaban coincidiendo en ciertas cuestiones. La ciudadanía se ha vuelto un tanto apática, está fatigada y saturada. Sin embargo, ¿es realmente apatía lo que nos aqueja? Eso es lo que matiza en ‘Suturar la democracia’ (Rosita y Amparo) Elsa Arnaiz. La politóloga defiende que, detrás de todos los problemas del presente, está la reacción social ante «un contrato social deshilachado». Las bases se han vuelto porosas y se han ido debilitando. Eso sí, advierte, solventarlo es posible. Hay que ponerse a ello.


Mientras leía tu libro me acordaba de un reel que vi en Instagram, que decía que es más fácil imaginarse el apocalipsis zombi que el fin del capitalismo.

La situación actual no llama a la utopía, sino a la distopía. Es mucho más fácil pensar que todo va a salir mal, no solo desde la perspectiva del delirio colectivo sino también desde la de los datos. Obviamente hay datos esperanzadores, como los de mortalidad infantil o de mujeres al dar a luz, pero luego miras otros, como los indicadores de las sociedades occidentales modernas, y [parece] que con todos los recursos disponibles nos estuviésemos yendo a pique. Pero es importante mantener la esperanza y mostrar que hay soluciones, porque, si no, llegamos a la idea de la indefensión aprendida o de que «esto es caos, para qué voy a participar».

En cierto modo, ¿es falta de imaginación, o son los árboles que no dejan ver el bosque?

Más que falta de imaginación, ya que los datos y las propuestas para resolver muchos problemas están ahí, es falta de unos políticos que quieran implementar las medidas. Zohran Mandani se ha hecho ahora muy famoso no solo por su campaña a la alcaldía de Nueva York sino porque, de repente, está cumpliendo lo que propuso. Es como «wow, puedes cumplir tu programa electoral». Estamos como acostumbrados a que los grandes problemas sean imposibles de resolver por esas élites, no solo las políticas, sino también económicas y sobre todo tecnológicas. No es que nos falte imaginación, sino que, aunque la tuviéramos, nos cuesta mucho ver que haya personas que lo lleven a cabo.

«Las redes sociales llevan a la individualización tanto del fracaso como del éxito»

Vayamos justo a uno de esos problemas que hacen que todo sea tan difícil de ver, el de la precariedad. En el libro cuentas que ahí se asienta parte de la crisis democrática.

La precariedad es el virus, la bacteria, de la mayor enfermedad de la democracia moderna, porque si tú tienes una sociedad que supuestamente tiene unas libertades y unos derechos, pero que no llega a fin de mes, pues no se sostiene a medida que van pasando los ciclos electorales. Hay gente que cambia de opinión, vota a otro partido y sigue sin ver que lleguen soluciones. Otras propuestas políticas les dicen «todos te están vacilando, la democracia no funciona». Tenemos un problema gordo.

Para mí, antes de repensar la democracia participativa (que totalmente de acuerdo en que hay que hacerlo), es fundamental centrarnos en la precariedad. Si te pones a ser creativo y haces 4.000 cosas, pero no te centras en resolver los problemas del comer, es dar palos de ciego. Un presupuesto participativo no me resuelve que mi alquiler sea decente y justo y que tenga una casa habitable.

¿Y crees que banalizamos un tanto cuando hablamos de la precariedad? Estaba pensando, como millennial vieja, en cuando nos decían que todos nuestros problemas eran por comer tostas de aguacate. 

Ahí tiene mucho que ver las redes sociales. Es muy difícil romantizar algo si no tienes una plataforma donde hacerlo. Además, llevan a la individualización tanto del fracaso como del éxito. Sobre todo, el problema de la precariedad es que se ha convertido en algo crónico. A mí me hace mucha gracia cuando proponen medidas sobre vivienda para jóvenes y los jóvenes son menores de 40. Quieres llamar a tu electorado llamando a los jóvenes, pero los menores de 40 ya no lo son. ¿Cómo puede ser que esté tan metido en el sistema esta precariedad que ahora ya utilizamos etiquetas como ser joven?

Bueno, y que esos jóvenes de hace década y media tampoco es que hayan corregido la situación de precariedad. No se evapora cuando cumples 40 años. 

Efectivamente. El discurso se ha centrado en que los jóvenes son precarios. Para empezar, ser joven no debería ser igual a ser precario. No debería haber una etapa vital en la que debas serlo por norma. Deberíamos todos tener una base decente para vivir. No hace falta ser millonario a los 25, pero tampoco que tengas que estar compartiendo piso con 40 o con 60 y 70. Estas cuestiones deberían haberse arreglado hace 15 años o deberían haberse empezado a arreglar, porque lo central es que no hay una solución única. Pero hay un inmovilismo, ni para adelante ni para atrás. Todo lo que hacemos es poner pequeños parches. Los que estaban precarios en 2008 siguen precarios en 2026. No nos lo deberíamos permitir en un país como España, que ahora mismo está liderando los rankings de crecimiento económico.

Ese es el problema. Cuestiones que son totalmente estructurales las hemos tratado como coyunturales, hemos puesto parches y no se han resuelto por esa falta de valentía de decir «vamos a probar esta solución y vamos a ponernos de acuerdo los grandes partidos políticos, las administraciones y los grandes sectores económicos». El problema se cronifica y se hace más profundo.

«Ser joven no debería ser igual a ser precario»

Esto me recuerda que en el libro comentas que el creador del PIB intentó dejar claro que eso no mide la felicidad. ¿Nos cegamos con las cifras?

Exacto, no mide el bienestar. Yo soy muy crítica, pero al mismo tiempo entiendo que necesitamos explicar el mundo de la manera más fácil posible. Ahí siempre es mejor un indicador. Pero una cosa es un titular y otra lo que debes gestionar en un Consejo de Ministros o a nivel técnico dentro de cualquier administración. Nos hemos dado al PIB porque es muy fácil medir cómo va creciendo y porque, si ciertos sectores van bien, la economía va a ir fenomenal y, por tanto, [se percibe que] la ciudadanía va a estar bien. Hemos confundido muchas veces que, si una economía va bien, el resto tiene que funcionar. Sí, ha habido una rendición a este indicador único, pero iría más allá. No es el indicador, es que es una rendición al hipercapitalismo. Detrás hay una ideología hipercapitalista que te está diciendo que tienes que crecer a toda costa y que si no lo haces algo va mal.

Comentas también en el libro que hemos confundido democracia con libertad de consumo. ¿Son unos cuidados paliativos que nos damos?

Las democracias modernas han nacido de la mano de un sistema económico. No es que esté bien o mal, simplemente debemos entenderlo y desde ahí analizar el resto de los malestares. Hemos nacido con este sistema capitalista, que funcionaba en un primer momento. Pero hemos ido hacia un hipercapitalismo dopado con la IA y los avances tecnológicos. Para mí [libertad de consumo y democracia] no son lo mismo. Como decías, son unos cuidados paliativos. Voy a votar, hay diferentes opciones. En el supermercado hay de todo. Y ya está, todo fluye. Si no alquilo esta casa, ya conseguiré otra. La oferta y la demanda. Parece que las ruedas siguen rodando, pero llega un momento en el que dejan de hacerlo. En ciertos problemas, las ruedas ya se han parado en seco y no hay manera de arrancar de nuevo. A nivel individual puede que las cosas funcionen más o menos, pero a nivel macro, por mucho que seamos un país super rico y podamos comprar todo lo que queramos, ¿qué planeta estás dejando?

¿Se está haciendo política clickbait, en la que lo que importa no es el fondo sino dar el tuit que se hará viral?

Sí, pero no creo que sea solo culpa de los políticos, sino que lo es de cierta inercia. Dile a un político que se ponga a trabajar sin hacer ruido por el bien de la democracia. En el próximo ciclo electoral no va en listas. Hay que encontrar un equilibrio entre tener el momento de estrella en redes sociales y luchar contra el algoritmo de la polarización, que no sean solo discursos de zasca. Al final, tú estás votando para que, sean de donde sean, trabajen para que España vaya mejor dentro de sus diferencias ideológicas, no para que hagan virales.

«Creo que aún podemos evitar el colapso total, pero estamos muy cerca de ese punto de no retorno»

Vuelvo al libro, donde hablas de cómo las redes sociales y su hiperconectividad, fake news y clickbait, han llevado a un cierto colapso de la esfera pública. ¿En qué nivel de colapso estaríamos? 

Ahora estamos llegando al límite. Creo que aún podemos evitar el colapso total, pero estamos muy cerca de ese punto de no retorno. Es el momento de alzar nuestra voz y decir «oye, arreglemos la situación». No lo conseguiremos de un día para otro, pero no podemos seguir con esta inercia. En el caso de las redes sociales, no puede ser que haya generaciones enteras que estén socializando exclusivamente a través de ellas, con plataformas construidas para atrapar su atención mediante estímulos que suelen ser de todo menos positivos y que este diseño sea así porque hay un accionista en la otra punta del mundo buscando el beneficio. No se trata de decir que hubo un tiempo pasado mejor, pero es que ahora estamos absorbidos por el titular fácil y por el vídeo que te resume una noticia. En vez de leerte 2000 palabras, o ni eso leerte 800, lo quieres en un carrusel rápido. Los que acaban proliferando son los que han ganado al algoritmo explicándolo de la manera más simple posible. Se pierden los matices.

Vas sumando cosas. La generación más joven socializa en redes sociales y la ciudadanía se informa por estímulos cortos. Estas plataformas lo que buscan es venderte algo, que estés atrapado en un scroll infinito. A veces decimos que les prohibimos las redes a los menores, pero yo digo ¿y la señora de 55 años que también se tira el día viendo tonterías en Instagram también se lo prohibimos? Igual no hace falta prohibir totalmente, pero sí habrá que empezar a regular.

En los debates complicados siempre queremos llegar a grandes consensos y debatirlo. El tema de las tecnológicas y la IA se nos acaban escapando, porque hay muchos matices y detalles y el desarrollo va más rápido que lo que una Unión Europea pueda conseguir. No estamos siendo valientes a la hora de hablar sobre este tema, no ya de legislar sino de entender qué está pasando en la esfera digital, que no es una plaza pública. Es un espacio online privado que da la sensación de que es público porque te creas una cuenta gratuita. Pero, como ya sabemos, en todo lo gratuito tú eres el producto.

¿Qué responsabilidad deberíamos exigirles a las big tech? En Suturar la democracia adviertes de que es una soberanía que ni se vota ni se fiscaliza. 

Para empezar, ser conscientes de que las grandes tecnológicas son los nuevos señores feudales. Son los nuevos, entre comillas, dictadores de nuestro tiempo. No nos gusta decirlo así porque no nos gusta ser conscientes del problema ante el que estamos. Carissa Véliz decía el otro día algo así como qué curioso es que, cuando mejor les va a esas tecnológicas, es cuando peor le va a la democracia.

Deberíamos pedirles muchas responsabilidades. Pero esta es una de las cosas en las que tengo menos esperanza, porque ¿quién se las va a pedir? Ha habido intentos de crear redes sociales europeas, pero es muy complicado sustituirlos. Antes de pedirles responsabilidades, deberíamos entender entre todos su poder. Las multas europeas les dan igual, porque son una pequeña pizca de sus beneficios. Debemos dar la batalla desde la ciudadanía. Y hacer que sea consciente de lo engañados que estamos siendo por esas redes sociales, algo que también es complicado. Las redes sociales tienen muchas cosas buenas: yo las uso, pero sé perfectamente los límites que tienen. Creemos esa masa crítica entre la ciudadanía, que se dé cuenta de lo que están haciendo. A estas personas [los dueños de las big tech] les da exactamente igual nuestro bienestar.

Hay que empezar desde abajo, entender los efectos y reivindicar tener espacios de socialización presenciales, espacios en los que no haya un algoritmo de por medio. Si vas al centro de una gran ciudad cualquiera, la mayoría de los espacios son de consumo, no de convivencia pura y dura.

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