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Siglo XXI

Las 7 causas de la polarización

La polarización política atraviesa democracias de todo el mundo y responde a una combinación de factores biológicos, tecnológicos, culturales, económicos e institucionales que se alimentan entre sí.

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26
agosto
2026

La sensación, seguramente, nos suena a todos. Basta abrir una red social, encender la tele, escuchar a nuestros compañeros de trabajo o leer los comentarios de cualquier noticia para comprobar que cada vez cuesta más mantener una conversación pública sin que aparezcan bloques enfrentados entre sí. Las posiciones —políticas y, por ende, humanas, al ser todos, de manera inevitable, seres políticos— parecen endurecerse con rapidez y los matices encuentran poco espacio. Todo, en resumen, se interpreta como una elección entre dos bandos. 

Por norma general, ese clima suele atribuirse a la crispación política del momento, aunque la explicación, como cualquier otra, es bastante más amplia. Y es que las investigaciones en psicología, ciencia política, sociología y neurociencia llevan años mostrando que la polarización nace de la interacción entre rasgos humanos muy antiguos y transformaciones recientes. Hay elementos biológicos, incentivos electorales, cambios tecnológicos y dinámicas económicas que, al combinarse, crean un terreno especialmente fértil para la confrontación. Ninguno basta por sí solo. Juntos ayudan a entender por qué la división parece haberse convertido en una característica permanente de muchas sociedades, entre ellas la nuestra.

La biología, la identidad y los incentivos del conflicto

Hablar de predisposición genética para la polarización exige mucha cautela. No existe un «gen de la polarización» ni una condena biológica a pensar de una determinada manera. Sin embargo, diversos estudios con gemelos y familias sugieren que ciertos rasgos de personalidad relacionados con la apertura a la experiencia, la percepción del riesgo, la necesidad de orden e, incluso, la inteligencia, presentan un componente hereditario. Esos rasgos influyen, de forma indirecta, en las preferencias políticas.

La psicología evolutiva añade otra pieza al puzle. Durante miles de años, pertenecer a un grupo aumentó las posibilidades de sobrevivir. Detectar quién formaba parte del propio colectivo y quién representaba una amenaza era una ventaja adaptativa. Aquella lógica permanece, aunque hoy los grupos ya no sean tribus, sino partidos políticos, fandoms, comunidades de internet o identidades culturales. El cerebro sigue clasificando con rapidez el mundo entre «nosotros» y «ellos».

A partir de ahí entra en juego la identidad social. Las personas rara vez defienden únicamente un conjunto de ideas y, sin embargo, cuando una posición política pasa a formar parte de la identidad personal, cualquier crítica deja de percibirse como una discrepancia intelectual y comienza a sentirse como un ataque directo. El debate pierde contenido y gana carga emocional.

El miedo, el sentido de pertenencia y la sensación de amenaza captan la atención mucho mejor que la moderación

Este es sin duda un punto clave, ya que las emociones, cómo no, desempeñan un papel decisivo. El miedo, la indignación, el sentido de pertenencia y la sensación de amenaza captan la atención mucho mejor que la moderación. Los mensajes que despiertan esas emociones circulan con más facilidad, se recuerdan durante más tiempo y movilizan las personas afines a ellos con mayor eficacia. La política, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones, conoce bien ese mecanismo desde hace siglos.

También los partidos han aprendido que la confrontación puede resultar rentable. En sistemas donde la competición electoral es muy intensa, diferenciarse del adversario ofrece más beneficios que buscar puntos de encuentro. Es entonces cuando el antagonismo, la vieja lucha del bien contra el mal —la historia más antigua de todas— moviliza votantes a la vez que fortalece la fidelidad de los simpatizantes y simplifica los mensajes de campaña. La política se convierte de esta manera en una competición permanente por definir quién representa el verdadero «nosotros» frente a un «ellos» cada vez más amenazante.

Ese proceso ha transformado el desacuerdo ideológico en polarización afectiva. La diferencia entre ambos conceptos es significativa e importante, ya que dos personas pueden discrepar profundamente sobre impuestos o inmigración y mantener una relación cordial. La polarización afectiva, por otro lado, aparece cuando el rechazo se dirige hacia quienes piensan distinto, con independencia de las propuestas concretas. Lo que se deteriora ya no es solo el consenso político, también lo hace la confianza entre ciudadanos.

Redes sociales, incertidumbre y una conversación pública fragmentada

Si la polarización tiene raíces profundas, las tecnologías digitales han acelerado muchos de esos procesos. Y a pesar de que las plataformas no han inventado el conflicto, sí han modificado su velocidad y su alcance.

Una cosa que no debemos pasar por alto es que los algoritmos siempre priorizan aquello que genera interacción. Y pocas cosas producen más comentarios y reacciones que la indignación: un mensaje matizado suele pasar desapercibido, mientras que una frase provocadora e incluso ofensiva obtiene mucha más visibilidad. Con el tiempo, esa lógica altera el tono general de la conversación pública.

A menudo se habla en este contexto de las llamadas cámaras de eco, espacios donde las personas reciben sobre todo información que confirma sus propias creencias. En la realidad política, sin embargo, el asunto funciona de una manera algo más compleja, para empezar porque en internet también estamos expuestos a opiniones contrarias. El problema aparece cuando ese contacto ocurre en un entorno diseñado para premiar el enfrentamiento. Es entonces cuando el adversario deja de ser alguien con quien debatir y se convierte en un contenido que provoca rechazo inmediato.

Las cámaras de eco son espacios donde las personas reciben información que confirma sus propias creencias

Otro de los factores clave que explican la polarización es la economía. En este sentido, los periodos de incertidumbre suelen aumentar la búsqueda de respuestas sencillas y fácilmente. Por ejemplo, tras la crisis financiera de 2008, la pandemia, la inflación o la inestabilidad internacional, muchas sociedades experimentaron una pérdida de confianza en las instituciones. Cuando el futuro parece imprevisible, los discursos que prometen certezas absolutas encuentran un terreno mucho más favorable.

A eso se suma una transformación cultural de largo recorrido. Durante buena parte del siglo XX existían instituciones capaces de reunir a personas con ideas distintas, desde sindicatos y asociaciones vecinales hasta parroquias o partidos con amplias bases sociales. Muchos de estos espacios actuaban como lugares de encuentro y, no obstante, muchas de esas estructuras han perdido influencia de manera progresiva, haciendo que, en su lugar, hayan surgido comunidades más pequeñas, especializadas y homogéneas.

Los medios de comunicación también participan en esta dinámica, aunque de maneras diversas. La competencia por captar atención favorece formatos más rápidos, debates concebidos como espectáculos televisivos y, por supuesto, el famoso clickbait. Esa percepción, como es evidente, acaba influyendo en la opinión pública. Y si la confrontación ocupa todo el espacio mediático, parece que toda la sociedad vive instalada en un enfrentamiento permanente, incluso cuando la mayoría mantiene posiciones bastante más moderadas.

Existe, además, un fenómeno menos evidente: las opiniones extremas suelen expresarse con mayor intensidad que las moderadas. Es justo esa asimetría la que produce una ilusión colectiva. En otras palabras, quien observa el debate desde fuera puede concluir que solo existen posiciones irreconciliables, cuando una parte considerable de la población continúa defendiendo soluciones intermedias.

Pero la cosa no termina aquí. La consecuencia más preocupante aparece cuando todos estos factores que hemos mencionado dejan de actuar por separado y empiezan a reforzarse mutuamente. Es entonces cuando las emociones alimentan los algoritmos, los algoritmos benefician a los discursos más duros, los discursos ofrecen ventajas electorales y, cuando al final las victorias obtenidas mediante la confrontación animan a repetir la estrategia. El ciclo, entonces, vuelve a empezar sin nunca detenerse.

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