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«’Joven’ es la manera guay de decir ‘precario’»

Fotografía

Isabel Sangro
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18
junio
2026

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Isabel Sangro

Tras publicar ‘Política del malestar’ hace dos años, la politóloga y doctora en Humanidades Alicia Valdés (Asturias, 1992) regresa con ‘Auge‘ (Debate, 2026), donde disecciona el crecimiento de la extrema derecha y su supuesta relación con la juventud. Sus conclusiones son claras: cuando se habla de juventud estamos evitando hablar de precariedad laboral y la pobreza y la culpa de todo no puede ser de los adolescentes. 


En el libro sostienes que cuando hablamos de juventud nos referimos a otras cosas. ¿Crees que se utiliza como un eufemismo para camuflar la precariedad y la explotación laboral bajo una etiqueta generacional?

Esta es una idea que ya empecé a esbozar hace unos años en una columna y que en mi libro desarrollo con mucha más profundidad. Para mí, juventud es lo que llamamos un significante ambiguo; una palabra que supuestamente remite a la edad biológica, pero cuyo significado real en nuestra sociedad está incompleto. En la práctica, cuando el sistema habla de juventud, se refiere en realidad a un estado precario a nivel sociolaboral. Lo entendí de forma muy clara durante mi carrera académica. Me invitaban constantemente a mesas redondas y congresos etiquetados como «para jóvenes», pero cuando llegaba allí me encontraba con personas que tenían ya 40 años. Lo que nos unía en ese espacio no era una fecha de nacimiento similar, sino el hecho de que ninguno de nosotros tenía un contrato laboral justo; estábamos todos bajo condiciones de extrema precariedad. Por eso afirmo que joven es la manera guay de decir precario, y a su vez, precario es la manera guay de decir pobre. El lenguaje se utiliza aquí como una herramienta del sistema para no nombrar directamente las condiciones materiales de existencia y la falta de recursos de las personas.

«Preferimos culpar al algoritmo en lugar de analizar el colapso de las expectativas vitales»

Hablando de esas condiciones materiales, señalas la vivienda como un punto de ruptura fundamental. ¿Es el acceso a la vivienda la brecha más determinante que define nuestra desigualdad actual?

Absolutamente. El acceso a la vivienda, y de forma muy específica el acceso a la vivienda en propiedad, constituye hoy una de las marcas más profundas de lo que denomino «rupturas sociales». No es algo que haya descubierto yo, pero es fundamental analizarlo porque es el terreno donde mejor se percibe el efecto de la crisis de contracción del sistema capitalista en el que estamos inmersos. Lo que me parece más interesante de la vivienda es que, al ser una problemática tan extendida, genera una dimensión común de la experiencia. Todos estamos atravesados por este conflicto, y esa base común es la que puede permitirnos generar nuevas alianzas políticas para confrontar al sistema. Sin embargo, hay un sesgo de clase muy claro en cómo se trata este tema. Los problemas de acceso, el maltrato documental y la imposibilidad de alquilar son realidades que llevan décadas asfixiando a personas migrantes, familias monomarentales o trabajadores autónomos. Lo sintomático es que solo se ha convertido en una conversación nacional urgente ahora que la crisis ha empezado a golpear a sectores que se creían a salvo, como los universitarios o los funcionarios.

Existe un discurso muy extendido que señala a internet y las redes sociales como el principal peligro para los adolescentes, vinculándolo directamente con la radicalización hacia la extrema derecha. ¿Crees que este pánico moral es real o es una cortina de humo?

Hay dos dimensiones que debemos abordar aquí. Por un lado, está ese discurso de pánico moral que presenta a internet como un territorio salvaje, un demonio abstracto absolutamente ajeno a la mirada adulta. Se proyecta la idea de que internet, por sí mismo, genera riesgos que deben evitarse a toda costa, centrando ahí toda la responsabilidad del giro fascista o la derechización de muchos hombres jóvenes. Esta narrativa es muy útil para el sistema porque permite ignorar las causas reales y estructurales del auge de la extrema derecha. En lugar de analizar el colapso de las expectativas vitales, preferimos culpar al algoritmo o a ciertos personajes de la red. Por otro lado, está la hipocresía sobre la adicción tecnológica. Se critica ferozmente el enganche de los jóvenes al móvil, pero si entras en Facebook ves a boomers y millennials siendo engañados masivamente por imágenes falsas e informaciones manipuladas por inteligencia artificial. Existe una mirada cargada de superioridad moral y adultocentrismo que sostiene la idea de que «solo yo supe ser un buen joven» y que los jóvenes de ahora no saben habitar su tiempo. Es una forma de desacreditar a las nuevas generaciones para mantener el control sobre el relato social.

«Existe una mirada de superioridad moral que sostiene la idea de que ‘solo yo supe ser un buen joven’»

Propones la necesidad de «habitar internet de otra manera». ¿Es posible realmente romper el monopolio de las grandes plataformas tecnológicas y sus algoritmos?

No solo es posible, es necesario. Debemos entender que lo online y lo offline no son mundos separados, sino dimensiones de una misma realidad. Hay que habitar internet de otra manera, igual que hay que habitar de forma distinta nuestros barrios, nuestras escuelas o nuestros espacios naturales. El monopolio de las grandes empresas existe en lo digital, pero también en lo físico. Como activista que busca el cambio, me niego a dar una respuesta negativa a esa pregunta. No quiero ocupar el lugar de la víctima de «ay, pobrecita yo que quise cambiar el mundo y no pude», porque esa posición no es operativa políticamente. Ya existen proyectos que están abriendo grietas, como la plataforma Pantube, el trabajo de las compañeras de Proyecto Una o las migraciones colectivas hacia espacios como Mastodon o Blue Sky cuando el control en otras redes se vuelve insoportable. El sistema siempre va a penalizar los espacios alternativos diciéndote que allí no tendrás seguidores o éxito, pero se puede habitar el mundo de una forma diferente si dejamos de medirlo todo en términos de rentabilidad algorítmica.

Te refieres a menudo al feminismo y la teoría queer como elementos que han desestabilizado un orden muy concreto. ¿Ese «caos» era la única forma de avanzar hacia la igualdad?

Es fundamental matizar esto: el feminismo no ha generado desorden, ha introducido un cambio estructural. Que ese cambio se perciba como caos es una visión subjetiva de quienes se sentían cómodos en el orden anterior. El sistema capitalista se construyó y se ordenó históricamente en torno a lo que yo llamo «dos animales mitológicos»: la ama de casa y el hombre proveedor que trae el pan a casa. Es importante recordar que estos modelos no surgieron de forma natural; se implantaron mediante procesos políticos extremadamente violentos y sangrientos, como la caza de brujas, que buscaba disciplinar a las mujeres y forzarlas a ocupar un rol económico específico. Si esos arquetipos están estallando hoy, no es por culpa de la teoría queer, sino porque son mentiras mitológicas que ya no reflejan la realidad de la gente. El género es una categoría político-económica que responde a intereses muy claros. Cuando esa mentira se resquebraja, surge una nostalgia peligrosa en sectores que no pueden sostener el cambio, como las llamadas tradwives o los discursos excluyentes, pero la ruptura de esos arquetipos es, en esencia, un proceso emancipatorio y liberador.

«Se puede habitar el mundo de una forma diferente si dejamos de medirlo todo en términos de rentabilidad algorítmica»

Dices que el capitalismo está mutando y que ya no busca al «hombre obrero» tradicional. ¿Qué es ese nuevo «hombre emprendedor» del que hablas?

Estamos en un momento de contracción económica donde el capitalismo está redefiniendo sus necesidades. El modelo del «hombre con H mayúscula», ese proveedor estable, ya no le resulta útil al sistema. Ahora el mercado busca un hombre emprendedor, pero no en el sentido de innovación creativa, sino en un sentido de autoexplotación radical. Ya no se trata de vender tu fuerza de trabajo a cambio de un salario digno; ahora el objetivo es que cada individuo sea el rentista de sí mismo, convirtiendo su propia vida y su propio cuerpo en un capital. Vemos este fenómeno en la manosfera, donde se romantiza levantarse a las cinco de la mañana y someterse a rutinas extenuantes bajo la promesa de un éxito que es puramente engañoso. Es la capitalización absoluta del yo. Y esto es crucial: si el modelo de masculinidad tradicional está en crisis, no es porque las feministas lo estén atacando, es porque al capitalismo ya no le hace falta ese modelo y se lo está cargando para sustituirlo por uno más rentable y precario.

Sobre el auge de la extrema derecha, afirmas que la responsabilidad no está repartida de forma equitativa. ¿A quién debemos señalar realmente?

La conversación política actual está demasiado centrada en la culpa, un ejercicio que suele ser sádico —para castigar al otro— o narcisista —para sentirnos mejores que el culpable—. Pero si hablamos de responsabilidad real, es innegable que figuras políticas que gobiernan de la mano de la extrema derecha o dirigentes que compran sus discursos tienen una carga muchísimo mayor que un adolescente de 15 años. Me resulta indignante que el foco de la opinión pública esté puesto sobre un chaval que no ha hecho los deberes de sociales, mientras tenemos a medios de comunicación sentando a negacionistas en sus platós o programas como el de Iker Jiménez dando alas a discursos de odio. Cuando compramos el marco de que los culpables son los jóvenes o el feminismo, le estamos haciendo el trabajo sucio a la extrema derecha. No podemos seguir tragándonos sus mentiras ni aceptando sus dispositivos de control.

«La conversación política actual está demasiado centrada en la culpa»

¿Consideras que falta una «revolución masculina» o referentes positivos para los hombres que no encajan en el modelo de la manosfera?

Ya existen muchos modelos y mucha conversación sobre nuevas masculinidades, pero el problema es que esas voces están siendo hegemonizadas por el pensamiento liberal y conservador. Los discursos de los «hombres de alto valor» o los red pillers [en alusión a Matrix] son los que están marcando el camino porque ofrecen itinerarios claros, aunque sean tóxicos. Como mujer feminista, yo no puedo decirles a los hombres cómo debe ser su conversación interna, pero sí puedo decir que esa crisis de la masculinidad es una oportunidad para generar itinerarios emancipatorios y anticapitalistas. Tenemos que dejar claro que si un hombre no puede mantener a su familia con un solo sueldo, la culpa no es de la mujer que sale a trabajar, sino del capitalismo que ha destruido la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora. La liberación de los hombres también pasa por romper con esos animales mitológicos que el sistema les impuso.

Eres muy crítica con los partidos de izquierda. ¿Cuál es el error que, a tu juicio, están cometiendo frente a este escenario?

El error fundamental es que el análisis de los problemas sociales no puede hacerse a través de productos culturales de Netflix ni aceptando el diagnóstico de la derecha. El centro es una posición política contingente; si el tablero se mueve a la derecha, el centro también lo hace. Si la izquierda asume posiciones de derecha o compra sus marcos discursivos con la esperanza vacía de conseguir más votos, está condenada al fracaso. La izquierda tiene que izquierdear, así de simple. Tiene que ser capaz de hacer sus propios diagnósticos y proponer sus propias soluciones. A los diagnósticos de la extrema derecha solo les puede dar solución la extrema derecha. Por tanto, si la izquierda quiere ser una alternativa real, debe empezar por criticar a los medios que blanquean el fascismo y por defender con orgullo las condiciones materiales de la clase trabajadora, sin miedo a ser señalada.

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