Azahara Palomeque
«El dolor es consustancial a nosotros mismos: o lo asumes, o te destroza»
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
‘Pueblo blanco azul’ (Cabaret Voltaire) es una novela con hechura lírica que habla de la contienda civil española desde un ángulo que teje un mallazo entre lo ocurrido y nuestro ahora, a partir de unos personajes (de origen familiar, los abuelos de la autora), una muerte concreta, las muertes pendientes y un proceso de escritura que se piensa en su proceso. De todo ello hablamos con su autora, Azahara Palomeque (El Sur, Córdoba, 1986)
El pórtico de la novela está presidido por una cita de Simone Weil sobre la importancia de echar raíces. ¿En un mundo hiperconectado, donde lo virtual va desplazando a lo presencial, ese arraigar (se) perderá importancia o será vital?
Creo que las raíces constituyen un aspecto fundamental de nuestras sociedades, precisamente por el sentimiento de pérdida y desarraigo que genera la Modernidad desde sus inicios. De hecho, de ahí parten, con matices, los nacionalismos, o algunos movimientos artísticos como el romanticismo. Mientras más se nos expulsa hacia la globalización, más se uniformizan los paisajes y el lenguaje, más aumenta la reacción contra pensarnos parte de una tendencia sin alma. Eso Simone Weil lo vio clarísimo durante la época que le tocó vivir, entre dos guerras mundiales. Hace poco, y en su marco contemporáneo, expliqué en El País cómo se daba este fenómeno de manera transversal a todas las ideologías. Para la ultraderecha, las raíces adquieren un tinte xenófobo que no comparto. Desde otros puntos del espectro político, se contemplan como salvaguarda de la vida, del patrimonio, e incluso como una oportunidad de labrar comunidades ancladas a una tierra que debe ser protegida. Así lo ven algunos sectores ecologistas. En definitiva, no nos vamos a olvidar de las raíces, enfangados como estamos en sociedades con tendencia a la destrucción de los vínculos afectivos y la automatización del pensamiento. Al contrario, estas alcanzarán, creo, incluso más relevancia. Lo considero un fenómeno inevitable, y muy positivo según cómo se oriente.
¿Qué disposición de ánimo se requiere para enfrentarse a una muerte, para que esa muerte no se nos enquiste?
Es una pregunta difícil, porque creo que nadie está preparado para lidiar con la muerte de un ser querido. Dicho esto, si tú asumes tu propia mortalidad, ese paréntesis entre el antes de haber nacido y el momento de desaparecer –que decía Séneca–, puedes convertir una tragedia en un proceso de aprendizaje, incluso de reparación creativa del cual, si practicas algún tipo de espiritualidad (y puede ser laica), participan las personas que te faltan. Pienso en cómo Pilar del Río o Luis García Montero han elevado universos simbólicos bellísimos a partir de una condición de viudedad; a mí me parece admirable cómo defienden las figuras de José Saramago y Almudena Grandes respectivamente, cómo se ha aclimatado su dolor al agradecimiento de haber amado a sus parejas y compartido una vida con ellas. Claro que requiere adaptación, sopesar lo ocurrido, pero es precioso cuando las lágrimas se transforman en materia para la memoria. A mí me ha sucedido con mis abuelos maternos, a quienes quería con locura (desgraciadamente, no contamos con una palabra para definir la orfandad de abuelos). Ha sido reconfortante centrarme en ese núcleo de amor infinito que representaban Luciana y Antonio. Quise imaginar sus vidas, pues no las viví, y ese ejercicio me sirvió para asumir mi propia fugacidad, pero también para dignificar un espíritu de tribu que no se esfuma cuando el cuerpo deja de latir.
«El duelo elabora comunidades»
La novela nos adentra en el duelo de la protagonista, pero ¿qué función cumplía o cumple mostrar externamente ese duelo (pienso en Maruja La Palanca, que no se quitó su bata negra desde la muerte de su hijo)?
El duelo elabora comunidades; nos incluye en una cadena familiar –en un mundo tan individualista, sentirse la tesela de un mosaico alivia el corazón y crea memoria–; el duelo te conecta con tu propia vulnerabilidad y añade dosis de humildad a la existencia. El duelo también es atención; significa salir del narcisismo para concentrarse en el ser perdido, la tierra, sus ciclos ecológicos y rituales. Si me preguntas por la función «social» del duelo en la novela, te diría que se ancla a la dignificación de las biografías pequeñas que suceden en un pueblo cualquiera y, aun así, merecen tanto respeto como las voces más aclamadas. Aquí hay un intento de salvar del anonimato a gentes que, por su condición, deberían estar sepultadas doblemente: en la tumba y en el desdén colectivo. Yo he encontrado en el duelo una manera de decir que los nadie importan; que estamos hechos de sus esfuerzos y dedicaciones; y que sus historias, además, desde un punto de vista literario, son fascinantes.
¿De qué modo condiciona vivir en un pueblo o en una ciudad en el hecho de encararse con la muerte?
Quizá las ciudades mantengan un ritmo más acelerado que favorece las carencias afectivas. Aunque los pueblos se están contaminando de algunas dinámicas urbanas, todavía se conservan ciertos rituales; todo el mundo se conoce, así que las personas suelen volcarse con el sufrimiento ajeno… La política, en sentido partidista, tiende a diluirse para dar paso al respeto de quien cada día se toma un café en el mismo bar contigo. Pensemos en cómo ha evolucionado la violencia bélica: matar a alguien cuerpo a cuerpo resultaba difícil, pero ya no lo era tanto con los aviones bombarderos; ahora vamos por los drones… En otras palabras: hay algo del cara a cara, de ver los ojos de la otra persona, que impide la destrucción total. Si eso lo trasladamos a las vivencias rurales, encuentro una responsabilidad para con el otro que se materializa asimismo en cómo afrontamos la muerte. Yo he intentado no romantizar Villasueño de las flores secas, el pueblo blanco azul; me parece que no lo he hecho. Por supuesto, existe una gran diferencia entre las muertes de la Guerra Civil, despiadadas, y, por ejemplo, el primer capítulo, que narra el funeral de la abuela, en el siglo XXI. Cada época histórica requiere sus matices.
«Hay algo del cara a cara, de ver los ojos de la otra persona, que impide la destrucción total»
Que los pequeños pueblos vayan drenándose de vecinos, ¿es irremediable?
No creo que sea irremediable, simplemente tenemos que pensar en qué tipo de sociedades queremos construir. Si la gente se va de los pueblos es porque no hay trabajo, cierran centros de salud, necesitas el coche para todo. Yo, por ejemplo, viviría feliz en mi pueblo, pero no sé conducir. Si me mudo: ¿podría acceder a algunos productos básicos?, ¿podría acudir al hospital si fuese necesario?, ¿sería capaz de realizar esta gira inmensa con Pueblo blanco azul? Es que faltan servicios, ni siquiera hay librerías… Pero eso puede cambiar con una política de fomento del teletrabajo, la recuperación de vías ferroviarias hoy en desuso, la promoción de una sanidad y educación rurales… Si estamos frente a un reto demográfico, quizá tengamos el deber de adoptar medidas para superarlo.
Elaia macera el propósito de escribir una novela sobre su familia. ¿Cómo saber qué es materia literaria y qué no?
Me hice muchas preguntas de ese tipo antes de escribir esta novela: por qué una memoria familiar, por qué otra vez la Guerra Civil, qué aportaba yo al panorama literario actual más allá de esa intimidad… Y, al final, primó una suerte de sentido común que tiene que ver con lo literario y lo filosófico: iba a contar historias cotidianas, pero iba a hacerlo de otra manera. Con tiempos entreverados; a partir de una concepción viva de la memoria, conectada con el presente y el futuro; dotando a la narración de un coro de voces con autonomía propia; rescatando un lenguaje popular (andaluz) que a menudo es el hazmerreír de España y aquí actúa como fuente de poesía y saberes ancestrales; transformando lo más nimio –una boda, la lactancia– en prodigio humano. Hay escritores que llenan sus páginas de aventuras loquísimas, y otros que asumen el poder magnético de lo más sencillo a la hora de producir belleza. Yo no leo a Proust, a Sebald, o a Clarice Lispector buscando intriga, simplemente me sumerjo en un lenguaje de ensueño, aunque la trama también me conmueva. En general, me identifico más con ese tipo de literatura, donde no se narran frenéticamente un montón de acontecimientos, pero sí hay una mirada muy atenta y, a ser posible, una cadencia lírica.
¿Cuándo uno «gasta su cuota de dolor»?
Nunca. La cuota de dolor siempre está ahí; al menos, si te debes a cierta ética. Te duelen los muertos cercanos, pero también los niños de Gaza, el paciente que falleció en una lista de espera de la sanidad pública o las víctimas de los terremotos de Venezuela. Pero es que el dolor es necesario; es decir, yo no creo que haya que omitirlo de nuestras vidas. Al contrario, quizá deberíamos incorporar más dolor, propio y ajeno, a la formación de nuestras sociedades porque sería una forma de reconocernos en la vulnerabilidad que nos arcilla, en la interdependencia con el otro y la misma naturaleza. En mi literatura hay dolor, pero también cariño, complicidad… Me interesa mucho narrar el caleidoscopio emocional que somos.
¿Cómo evitar que el dolor se regenere, cómo repararlo?
Es que yo vivo bien con mi dolor; quiero decir, duele, pero me he acostumbrado a que esté ahí, a alternarlo con épocas de placer y afectos maravillosos, pero sin expulsarlo de mi organigrama vital. Coexistir con el dolor es parte de la experiencia humana. Además, en buena medida, actúa como una bandera roja frente al peligro. Nos protege, nos acuna. El dolor es consustancial a nosotros mismos: o lo asumes, o te destroza. En mi caso, lidié con él desde que era una niña, y luego se acentuó durante la emigración a Estados Unidos, en forma de racismo y otras formas de discriminación. ¿Qué haces con todo eso? Pues tal vez te vuelves escritora, empatizas con el dolor de los demás –parafraseo a Susan Sontag–, te caes y te levantas mil veces. ¡Y lees a los estoicos clásicos! Así funciona la vida.
«La memoria histórica debe hacerse cargo no solo de los cuerpos, también de los saberes que portaban esos cuerpos»
El modo y manera en que vivieron nuestros abuelos, ¿cómo condiciona nuestra identidad de nietos?
Es algo que he explorado en varios textos. Fíjate, cuando estaba escribiendo Pueblo blanco azul vi la película El Olivo (2016), de Icíar Bollaín, donde se cuenta la afinidad entre un abuelo y su nieta en torno al árbol. Para él, el olivar de ejemplares centenarios daba dinero, pero también configuraba un reino afectivo donde jugar con la niña; ella asume ese cariño y valora, además, el componente ecológico. La nieta al final se enfada con la generación intermedia –los boomers–, que han vendido el olivar porque no ven el entramado amoroso ni el patrimonio natural, solo tienen en consideración el factor monetario. Esa cinta a mí me dio una clave que, por otra parte, ya estaba implícita en mi ensayo Vivir peor que nuestros padres (Anagrama, 2023). Salvando las distancias, los abuelos y nietos de mi generación sabemos lo que significa convivir con la precariedad –o la pobreza–, pasarlas canutas; entendemos la tierra como un ente vivo y no solo como un pedazo de terreno lucrativo; nos hemos criado en la adversidad. Creo que podemos aprender muchísimo de aquella generación olvidada, sus valores, sus penurias, su manera de acercarse al campo. Ahí se sitúa Pueblo blanco azul.
La muerte de Luciana deviene en una gran fosa común. ¿Qué nos jugamos de no hacernos preguntas incómodas sobre nuestro pasado familiar, por un lado, y de acallar la memoria histórica, por otro?
Nos jugamos muchísimo. Es más, sin memoria, nuestra civilización no saldrá adelante. Pero tiene que ser una memoria viva, como te decía. En la novela, se atiende a la fosa común, a los huesos (algunos hasta hablan), a las circunstancias de cada fallecimiento… Pero también se tiene en cuenta esa tierra en su fertilidad o esterilidad, si llueve o no… Era mi forma de poner a dialogar la tierra con el agua, el pasado con el ahora –y no quiero desvelar más, porque ese asunto es crucial para entender la trama–. Por otra parte, pienso que la memoria histórica debe hacerse cargo no solo de los cuerpos, sino también de los saberes que portaban esos cuerpos, ya perdidos. ¿Por qué hemos dejado de hablar de la pluralidad ideológica de la Guerra? En mi caso, recupero algunas enseñanzas del anarquismo, pero se podrían investigar o recrear muchas otras ramas del pensamiento. Parcialmente, ese trabajo lo hice en mi tesis doctoral. Por último, me parece que la memoria es un asunto urgente en tiempos de la IA y las fake news. ¿Quién recordará la verdad cuando todo lo dicte una máquina? En 5 o 10 años, tal vez la IA diga que el Holocausto nunca existió, y ya no quedarán testigos directos o indirectos para negarlo. Entonces, tendremos que recurrir a los libros en papel, todo un tesoro inalterable. No es casualidad que en EE.UU. se estén prohibiendo tantos libros…
Pienso en Bartolomé Granado, un personaje malvado casi canónico. ¿Se puede entender el mal?
Se puede entender el mal sin justificarlo. Hannah Arendt dedicó a eso media vida. Con Bartolomé, yo partía de relatos familiares: me dijeron que era tan autoritario que, si él daba una voz, había que soltar lo que una tuviese entre las manos para acudir a su llamada. Yo recuerdo que a mi abuela le daba miedo hablar mal de su padre, incluso después de muerto, como si se le fuera a aparecer el fantasma para castigarla de algún modo. Ese pavor corresponde a un trauma, pero la labor de la ficción no es decir «la mujer sufre un trauma», sino dejar que hablen los personajes, comprender sus razones, articular unas dinámicas políticas y cotidianas a través de las cuales se pueda deducir la maldad. Tal vez él se consideró un buen padre, porque levantó el negocio del pescado de la nada y dio trabajo a cada hijo, a pesar de la explotación. Si todo en la dictadura le decía que la única masculinidad válida era la autoritaria, pues pudo sentir que cumplía una misión. En el fondo, corresponde a los lectores juzgar; yo solo doy pistas, construyo diálogos, moldeo distintas psicologías.
«Se puede entender el mal sin justificarlo»
Aunque muchas de las mujeres que deambulan por la novela son valientes en su manera de bregar con la vida, tenían poco margen de actuación, siempre tuteladas por una presencia masculina (marido, padre, como Bartolomé, hermano…) Hoy, ¿ese control sobre la mujer se ha enflaquecido o es más sutil?
Tienes razón respecto a que, en la novela, hay personajes femeninos muy de armas tomar. La primera, Luciana, una señora trabajadora, una «emprendedora», diríamos hoy, pese a que nunca cotizó y su autonomía se vio mermada por la presencia de hombres fuertes, como el padre. Ahora ese control sobre las mujeres se ha suavizado; hemos ganado muchos derechos, y hemos recuperado una voz para quejarnos (aun con dificultades) frente a situaciones de clara discriminación. Sin embargo, la reacción a eso es tan potente que, creo, no debemos bajar la guardia, porque estamos retrocediendo. En Estados Unidos se derogó hace poco el derecho federal al aborto, que había estado en vigor desde los años 70, por ejemplo. Vemos a partidos ultra-reaccionarios negar la violencia de género, rompiendo consensos consolidados. Y, por supuesto, hay más hombres en puestos de poder que mujeres, algunos de ellos bastante machistas. Me parece que las mujeres seguimos estando en el punto de mira de la violencia, seguimos siendo consideradas inferiores por buena parte de la población, y no debemos dormirnos en los laureles: nuestras conquistas podrían desaparecer en cualquier momento.
¿Es casual el que el acercamiento a la Guerra Civil realizado desde nuestros días tenga un estilo distinto (de alto vuelo lírico en su caso, asignado al realismo mágico en el caso de Uclés), alejado del tono áspero (Max Aub), brutal (Agustín Gómez Arcos), dramatismo irónico (Gironella)?
No creo que sea casualidad. Los autores que mencionas vivieron la Guerra Civil y/o sufrieron directamente el exilio. Esto es, estaban hablando de circunstancias que condicionaron sus vidas íntegramente. El sufrimiento de Aub es evidente. Nunca pudo despegar su literatura de la contienda; primero, porque los exiliados creían que podrían regresar a España tras la II Guerra Mundial, una vez despuesto Franco con el resto del fascismo –cosa que jamás ocurrió–; y, segundo, porque pudo corroborar el olvido generalizado de tanta violencia, y de su propia obra, como dejó escrito en ese diario amargo y precioso que es La gallina ciega (1971). Gómez Arcos intentó una vida literaria en España y no lo dejaron… Eso debe de ser extenuante, corrosivo para el alma. David [Uclés] y yo, sin embargo, somos de la misma generación –todavía no hemos cumplido 40 años–, hemos crecido en democracia. Aunque la Guerra nos afecte en cuanto que ha condicionado la historia contemporánea de este país, no podemos narrar desde el desgarro anterior; sería extemporáneo, falsario. Nuestros estilos y enfoques son distintos, pero, desde luego, nos une una distancia biográfica con la Guerra, cierto lirismo, el compromiso con la memoria como programa sociopolítico y no como reparación personal, y, por supuesto, la mirada al conflicto desde la ruralidad andaluza. Quizá por eso ambos hayamos recomendado la obra del otro; tenemos algunos puntos en común.
COMENTARIOS