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Elvira Lindo

«Hay que aprender a callarse, sobre todo cuando no se controla bien un tema»

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01
julio
2026

Asegura la escritora Elvira Lindo (Cádiz, 1962) que no hay humor sin melancolía, que la sonrisa atenúa la gravedad y la hondura se alivia con ironía. En su nuevo libro ‘Don de gentes’ (Seix Barral), en el que recopila una serie de columnas que escribió para ‘El País’ entre 2006 y 2011, a caballo entre Madrid y Nueva York, queda claro que aplica eso en su escritura y contagia a los lectores una suerte de cercanía, una vitalidad y un interés por lo cotidiano. En las más de 400 páginas que pueblan esta obra, queda patente el retrato de una época frenética que apuntaba ya muchas de las características del mundo que estaba por llegar.


Afirma que sin inocencia no se puede disfrutar de los libros, ni de la vida. Estas columnas las escribió hace más de 15 años. ¿Sigue manteniendo la misma curiosidad de entonces?

Sin duda, forma parte de mi carácter y algunas personas tenemos esa cualidad toda la vida. La diferencia es que en esas columnas se refleja mi mirada de asombro por vivir en otro país, me fui con 40 años y sentía que tenía una oportunidad única que no esperaba y me hacía tener los ojos siempre abiertos y una mirada estupefacta. Recuerdo vivir una mezcla de añoranza por mi país y a la vez una necesidad de aprovechar al máximo el tiempo fuera. No soy una persona nostálgica, y aunque mantengo la misma inocencia, sí echo de menos algunas cosas.

¿Qué cosas recuerda de aquellos años y echa de menos?

Bueno, he perdido espacio en el periódico y ahora estoy colocada en la sección de Opinión…Tengo un papel diferente, y más con la presión que hay en la actualidad sobre lo que se opina. No puedo ser tan narrativa como era entonces, y te reconozco que me encantaría volver con el mismo espacio de antes, volver a ser la reportera que fui, pero antepongo mi libertad. Cuando trabajo mucho, siento que pierdo parte de mi vida, y cuando cumples años, tienes más urgencia por disfrutar de tu mundo interior. Además, en aquellos años se vivieron cosas frenéticas como el 11-M, el fin del terrorismo o los atentados de Atocha, pero no percibía el mundo
como tan caótico como el actual.

«Cuando trabajo mucho, siento que pierdo parte de mi vida»

En su forma de concebir el mundo veo un arraigo profundo a España y a la vez una necesidad de distanciarse a menudo.

Tengo un amor incondicional por España, aunque haya muchas cosas que no me gusten. Ocurre lo mismo con algunos amores, el tiempo y la distancia hacen que tomes perspectiva de la importancia que tiene y lo que significa. Cuando volvía a España, me daba cuenta de lo fácil que era entablar cualquier conversación superficial, y de eso va la vida, o al menos la vida que a mí me interesa, de disfrutar de las pequeñas cosas. La vida de barrio, por ejemplo. Vivir en Nueva York me dio muchísimas cosas buenas, pero también me hizo darme cuenta de las otras muchas que me faltaban en mi día a día.

Una de las cosas que menciona en su obra es el sentimiento de soledad, con el que tiene una relación ambigua.

Sí, es cierto, el primer año escribí en bastante soledad y me centré en una novela que habla sobre las barrenderas de Madrid. Estar conectada a una historia de ficción me ayudó muchísimo, igual que escribir crónicas. También creo que vengo entrenada de una infancia muy nómada a la que nos sometió mi padre, entonces tengo una capacidad para adaptarme y entablar relaciones desde el primer momento. Solía pensar: con que haya unas diez personas en esta ciudad a las que pueda recurrir, me sentiré menos sola. Me sentía relativamente segura, y, aunque también desarrollé cierto tipo de neurosis, fue la primera vez que disfruté realmente de mi soledad. Anteriormente, en esas épocas de soledad, lo vivía como una desgracia, y allí no lo viví así.

Suele defender el humor como una forma de estar en la vida. ¿Diría que es una herramienta clave para haber sobrellevado los baches?

Incluso te diría que es de nacimiento, como un don natural. La gente que quiere ser graciosa generalmente no lo es, así que creo que puede ser un refugio o una condena. Mi padre solía recurrir al humor para justificar sus errores, y trataba de justificarlos así, intentaba que le quisieras pese a las torpezas, y eso se quedó en mí como una costumbre. En toda familia se reparten roles, y a mí me tocó el de ser la persona alegre y vivaz, y creo que ha sido el único rol impuesto en mi vida que no he discutido y he sido obediente, lo he aceptado.

«Con una profesión pública en la que te dedicas a escribir, tienes que liberarte de la presión de la mirada ajena familiar»

En su obra y sus columnas aparece a menudo el tema de la familia. ¿Qué opinión tiene al respecto?

Para mí la sangre no es lo más importante, la familia es importante porque condiciona tu carácter, tu físico, toda tu vida realmente, pero creo que hay que vivir en lucha contra las herencias que te deja, que pueden ser muy envenenadas. Me siento muy unida a mi familia, pero siempre he tratado de ser independiente y no hacer lo que se esperaba de mí. Necesito sentirme libre, y más con una profesión pública en la que te dedicas a escribir, tienes que liberarte de la presión de la mirada ajena familiar. Cuando trabajaba en Radio3 hacía un humor muy atrevido, y mi padre me seguía y no me decía nada, pero era una presión muy fuerte. He tenido relaciones sentimentales contra esa presión moral, me he educado contra esa presión moral. Los demás tienen que saber que no tengo que responder a lo que ellos esperan de mí.

Es curioso porque no trata especialmente del amor en sus columnas, y llevan más de treinta años juntos.

Quizás aquí no está tan presente, pero en otras como Noches sin dormir, sí lo está. Aunque sea sutilmente, la presencia de la persona a la que quieres está ahí siempre. Firmo en singular porque son experiencias mías, pero el nosotros está incluido en muchísimas de las experiencias que cuento. Me fui porque íbamos los dos; no me hubiera ido sola. Hemos pasado por todo tipo de momentos, algunos han sido muy buenos y otros dificilísimos y de enfermedad, pero hemos logrado ser un equipo fuerte y discreto. Empezamos viviendo en distintas ciudades, con hijos pequeños, con profesiones públicas… Para sortear tantas dificultades, tiene que haber mucho amor, no hay otra fórmula.

¿Cómo fue la primera vez que se vieron?

Fue amor a primera vista, un reconocimiento mutuo al estilo del teatro clásico. Lo conocí en una universidad de verano, en El Escorial, cuando iba a comer con mi amigo Bernardo Atxaga. Recuerdo pensar que tenía un gran sentido del humor y era profundamente inteligente. En esa época, yo trabajaba en la radio pública y Antonio [Muñoz Molina] era de los pocos escritores a los que no había entrevistado aún. Fue un encuentro fulminante, hubo una conexión evidente que cuesta definir con palabras. Me gustó mucho el lazo rural que nos unía, porque él también venía de un pueblo. Intento no hacer afirmaciones idílicas, porque nuestra vida no es perfecta, pero sí veo que tenemos una gran suerte. Veo que hoy en día a los jóvenes les cuesta más mantener relaciones duraderas.

«Hoy en día a los jóvenes les cuesta más mantener relaciones duraderas»

¿Diría que hay una brecha generacional en la forma de concebir las relaciones?

Tengo amigos de todas las edades, no me gustan las separaciones generacionales, y lo que veo es a mucha gente joven con dificultades económicas. Observo que tienen mayor dificultad para cuadrar una relación, o hay más desencuentros que dificultan que esa relación no se rompa. Supongo que hoy en día hay una mayor exigencia y una mayor desconfianza, una mayor precariedad… A mí me ayudó mucho independizarme antes, que es algo que actualmente se pospone. Hay una energía para disfrutar de ciertas cosas que se pierden con los años, o se gastan. La maternidad se puede alargar, pero realmente si la sociedad fuera más justa, adelantarla sería mejor.

Hablando de maternidad, en el libro cuenta cómo la despidieron de la radio por estar embarazada. Tenía 22 años.

«Hay demasiadas embarazadas, es antiestético», dijo aquel directivo. Eran los años 80 y a aquel señor le parecía que una redacción dinámica no podía permitirse algo así. Cuando lo conté, un compañero de la radio le quitó hierro y me dijo que todo era así, y que no era para tanto. No hay que normalizar el saltarse derechos laborales. Y creo que los hombres de aquella época deben recordar cómo trataban a las mujeres, ser críticos con muchas de las actitudes que se tenían con las mujeres.

Cuando lo leí, pensé que hoy en día ese despido sería viral en redes sociales. ¿Cómo ve el mundo con redes sociales y el mundo anterior, el que vivió sin ellas?

Si te soy sincera, agradezco haber empezado a trabajar sin redes sociales. Me construí una identidad simplemente con las llamadas de los oyentes y las cartas al director. Aunque había opiniones flotantes, y sabías que te leía la gente, no existía la cultura reactiva que existe ahora donde para cualquier cosa hay una reacción pública. Muchas se basan en un solo párrafo, hay poca comprensión lectora y gente en alerta esperando para ofender y atacar. Algo pasa cuando necesitamos descargar la agresividad en desconocidos. No beneficia a la reflexión y a leer textos más largos, y la falta de concentración la sufrimos todos. Además, creo que a veces es bueno callarse y no opinar de todo al segundo.

«Algo pasa cuando necesitamos descargar la agresividad en desconocidos»

¿Diría que fomentan cierto individualismo, o que sirven para conectar más fácil?

Depende mucho de cómo se usen, pero sí creo que favorece una falsa sensación de compañía. Refuerzan ese individualismo y el hecho de que cada uno se siente importante en su propia red. Cualquier persona dispone de esa capacidad de tener un altavoz, y algunos lo gestionan francamente mal. Las redes hacen que alguna gente se apropie de problemas que no tienen para lograr visibilidad. La salud mental es algo muy serio como para tomárselo tan a la ligera y frivolizar con ella. Quizás eso sea lo que más me molesta y más echo de menos de cuando no existían las redes.

Usted ha acompañado a alguien cercano en una depresión.

Sí, y es difícil dar recetas positivas cuando alguien está pasando por una depresión. Los profesionales de la salud mental son importantes, pero creo que hay personas que tienen más cosas a favor que otras para salir de ese pozo negro. Tener un trabajo que aborreces, vivir con el agua al cuello o dedicarte a algo que te supone un esfuerzo ingente, te dificulta salir de ahí. Tener a alguien que te quiere a tu lado, en lugar de estar solo, como está mucha gente, es clave. A veces se reparten recetas a la ligera con frases positivas, como «querer es poder», olvidando que el contexto importa mucho.

«Nuestras vidas están condicionadas por los ‘sí’ que damos, que son más impulsivos que los ‘no’»

Asegura en su obra que no es nostálgica, de hecho es crítica con la nostalgia, pero en muchos de sus planteamientos sobresale una recreación del pasado. ¿No considera que la nostalgia puede ser un motor creativo?

No creo que ningún concepto deba ser borrado, pero se habló mucho de la nostalgia como algo reaccionario y no me gustó esa catalogación. La nostalgia es muy literaria, y es un sentimiento muy evocador, pero supongo que al haber tenido una infancia tan movida y desapegada, quizá me acostumbré al cambio. También reconozco que puede ser un defecto, soy demasiado ansiosa y necesito estar en movimiento continuo. Eso también forma parte de mi forma de escribir y de vivir, soy una mujer muy impulsiva, por tanto claro que recuerdo y evoco cosas del pasado, pero no me aferro a ellas como si el mundo se terminara ahí.

Siendo una persona pública, ha afirmado la necesidad de posicionarse políticamente.

Hay que tener la valentía y la capacidad de defender ciertos temas, pero también hay que saber callarse y apartarse, sobre todo cuando no se controla bien un tema. Nuestras vidas están condicionadas por los ‘sí’ que damos, que son más impulsivos que los ‘no’. Dices que sí porque algo te atrae, porque te embaucan en ello, y cuando tomas perspectiva piensas que quién te mandó meterte en ese berenjenal diciendo que sí. En eso la edad y el paso del tiempo ayudan a tomar perspectiva y a saber decir con más facilidad «no». Hay corrientes de opinión que inundan la prensa y a veces prefiero contenerme, y más si veo que ya hay 500 columnas hablando de lo mismo.

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