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El duelo

Vivir tras la muerte de un hijo

Perder un hijo es el duelo más difícil que existe. La ciencia no tiene respuesta para una pena tan honda, pero sí aporta información sobre qué puede ayudar a seguir adelante.

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14
julio
2026

Resulta difícil imaginar algo más trágico que la muerte de un hijo o hija. Existe un consenso generalizado de que esto se debe a que rompe el orden natural de la naturaleza: que los hijos han de enterrar a sus padres, y no a la inversa.

Los datos respaldan esta intuición: entre todos los eventos que producen pérdida, la muerte de un hijo está catalogado como el más devastador. Diversos estudios longitudinales, como Long-term Effects of Child Death on Parents’ Health Related Quality of Life, han comprobado que los padres que pierden a un hijo pueden presentar, años después, peor calidad de vida, hospitalizaciones psiquiátricas más frecuentes, tasas más altas de ciertos tipos de cáncer y mayor mortalidad. Esto queda aún más patente cuando la muerte ha sido violenta, mientras que la cercanía a la pareja funciona como factor protector.

Además, perder a un hijo es un factor de riesgo para desarrollar un Trastorno de Duelo Prolongado (reconocido recientemente como diagnóstico oficial codificable en la CIE-11 de la OMS): una reacción de duelo que se vuelve persistente, intensa e incapacitante con el paso del tiempo, y que dura más de 12 meses.

Dicho esto, es importante recalcar que la mayoría de los padres y madres logran integrar mentalmente lo ocurrido y llevar una vida funcional con el paso de los años. Eso sí, no hay una trayectoria única para lograrlo y las experiencias son tan diversas como las personas que las atraviesan. Muy atrás quedó ya el mito de las etapas del duelo, que implicaba que el tamaño del dolor se reducía a medida que transitábamos la negación, la ira, la negociación y la depresión hasta llegar a la aceptación. La investigación no respalda un duelo universal y lineal en cinco etapas; estudios empíricos muestran trayectorias muy variables, con predominio de respuestas como la aceptación, el anhelo (desear la vuelta del que se ha ido) o la recuperación, pero sin una secuencia fija.

Una investigación sueca concluyó que los mecanismos para sobrellevar el duelo no son unívocos ni lineales

En la actualidad se suele entender que no existen unos tramos obligatorios que recorrer en el proceso de aceptación, sino que cada persona sigue su propio viaje. El psicólogo George Bonanno, de la Universidad de Columbia, identificó cuatro trayectorias principales de respuesta al duelo: resiliencia, recuperación, duelo crónico y depresión crónica, cada una asociada a predictores únicos.

Y es que no hay un solo modo de sufrir ni una única manera de llevar el duelo. Lo más habitual es experimentar un dolor oscilante: días de cierta normalidad seguidos de momentos de tristeza paralizante. Y lo que a algunas personas les ayuda a estar mejor, a otras no tanto. Una investigación sueca con padres en duelo concluyó que los mecanismos que cada persona usa para sobrellevar su pérdida son muy distintos: hay quien necesita hablar y hay quien precisa silencio y naturaleza, otros logran apaciguar su dolor con rituales…

Pero algo que parece repetirse es que encontrar significado en lo ocurrido es una variable muy protectora. Esto no significa justificar la muerte, sino simplemente crear una narrativa que le dé lugar. El psicólogo Robert Neimeyer plantea que, ante el fallecimiento de un hijo, el trabajo central del duelo no es «olvidar» ni cerrar del todo la pérdida, sino reconstruir el significado de lo ocurrido e integrarlo en la historia de vida de la familia. Así se consigue organizar la experiencia, revisar cómo han cambiado las creencias y encontrar una forma de seguir viviendo con esa ausencia. Y, para ello, pueden resultar útiles acciones como conversar con otras personas, escribir unas memorias o crear un libro de recuerdos.

La ciencia ha abandonado la idea de que hay que «dejar ir» al ser querido: a veces, mantener una relación con el fallecido, a través de rituales simbólicos como escribirle cartas, plantar semillas en su nombre, celebrar su cumpleaños, conservar sus objetos personales o cultivar la relación con los que eran sus amigos, contribuye al bienestar de los que se han quedado.

También resultan beneficiosos los grupos de apoyo donde progenitores que han pasado por la misma situación pueden intercambiar sus enseñanzas y ofrecerse consuelo. La evidencia muestra que los programas de mentoría entre padres en duelo mejoran su bienestar emocional.

El voluntariado, los grupos de apoyo o la terapia son algunas de las vías posibles del proceso de recuperación

Muchos padres también canalizan su pérdida en causas relacionadas con la vida o muerte de su hijo, o en obras benéficas. Un estudio de la profesora Meng Huo sobre voluntariado en adultos en duelo mostró que esta puede ser una vía de recuperación: dedicar más de 100 horas al año a esta actividad se asoció con un mayor bienestar, y dedicar entre 1 y 99 horas al año también condujo a un mayor incremento en la satisfacción vital.

Otros mecanismos de afrontamiento muy empleados son hablar con familiares y amigos sobre lo que se está sintiendo, reflexionar en soledad sobre el sentido de la vida o pasar tiempo en la naturaleza. Además, la cercanía conyugal mitiga los efectos negativos del duelo.

La terapia también puede resultar fundamental cuando el duelo así lo requiere. En los casos de aislamiento prolongado, incapacidad para retomar las obligaciones diarias o pensamientos de hacerse daño, es imprescindible consultarlo con un profesional.

En general, la recuperación del duelo se suele asociar con encontrar un nuevo sentido de propósito de la vida, algo que resulta más sencillo para quienes tienen otros hijos vivos. En cualquier caso, las investigaciones plantean que la recuperación no correlaciona con la causa de la muerte ni con el tiempo transcurrido: el tiempo por sí solo no cura, importa lo que se construye durante ese tiempo.

Porque, aunque la muerte de un hijo es una de las experiencias más tristes que existen, muchos padres experimentan posteriormente un cambio psicológico positivo, lo que se conoce como crecimiento postraumático. Este fenómeno, documentado por los psicólogos Richard Tedeschi y Lawrence Calhoun, convive con la tristeza, y no significa, en ningún caso, que la pérdida haya valido la pena o enseñe una lección. Simplemente, implica que a partir de la tragedia los padres pueden desarrollar una mayor apreciación de la vida, construir relaciones más profundas con los demás, ser más conscientes de su propia fortaleza, abrirse a nuevas posibilidades vitales o descubrir una nueva dimensión espiritual o existencial.

Vivir tras la muerte de un hijo, a fin de cuentas, exige una transformación de la identidad: la vieja normalidad ya no es posible, pero sí puede construirse una nueva, integrando la pérdida, con todo lo que eso cuesta y todo lo que, a veces, eso da.

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