TENDENCIAS

«Una ética humanista en la vida cotidiana es la que permite construir un mundo más justo y solidario»

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
12
marzo
2026

Artículo

La filósofa Adela Cortina (Valencia, 1947) desconfía de lo momentáneo, de lo pasajero, de lo coyuntural. Frente a las emociones, hijas de arrebatos, los sentimientos que se prolongan, se modulan, se cultivan. Ante la empatía, ese entender al otro de manera fugaz, la compasión, que no solo recoge el sufrimiento ajeno, sino que actúa para aliviarlo. De ahí el peso en su pensamiento de las virtudes, que comprometen a quien las esgrime. Su ética se fundamenta en la justicia y la persona, y defiende lo «felicitante» como aquello que genera felicidad auténtica al fomentar las relaciones humanas, la solidaridad y el desarrollo personal.


La filosofía ha analizado, por un lado, la necesidad de preservar al individuo, su identidad, y, por otro, lo imprescindible de forjar y convivir en comunidad. ¿Cómo se conjuga esto, el yo con el nosotros? ¿Cuándo debe prevalecer uno, y cuándo el otro?

La mejor propuesta para conjugar el yo con el nosotros es el personalismo, centrado en la realidad de la persona, que es individuo, pero en necesaria relación con otros. No exis­ten individuos aislados, desvinculados entre sí. Esa es una patraña que lleva a potenciar un individualismo a ultranza con pésimas consecuencias como la apuesta por el egoísmo.

Tampoco existen por naturaleza comunidades pacatas y miopes, incapaces de adop­tar una mirada cosmopolita para comprender el mundo. Somos personas: individuos en relación, en diálogo, que pertenecemos a distintos grupos con los que compartimos identidades diversas, pero podemos elevarnos al nivel de la universalidad.

Es verdad que, según la antropología evolutiva y las neurociencias, nuestro cerebro tiene tendencias tribales porque, a lo largo del proceso evolutivo, vivíamos en grupos ce­rrados, que reforzaban la ayuda intragrupal y el rechazo extragrupal; necesitábamos un sentido de pertenencia al grupo para sobrevivir. Y actualmente se está reforzando esta convicción de que necesitamos vivir nuestro sentido de pertenencia a distintos grupos, recurriendo a símbolos compartidos y a celebraciones rituales que nos llevan a sentirnos parte de un grupo. Pero también de esta necesidad nació la tendencia al tribalismo, que puede degenerar en polarización si hay agentes polarizadores que exacerban los ánimos, sea en el sentido político, ideológico o afectivo. Desgraciadamente, es lo que nos está ocurriendo, porque abundan los agentes polarizadores, algunos de los cuales lo son de oficio, y otros, espontáneos. La buena noticia es que una tendencia no es un destino im­placable, no conduce a construir sin remedio sociedades polarizadas, dotadas de una enorme carga de emotividad. Nuestro cerebro es plástico y cuenta con otras tendencias para construir una sociedad colaborativa.

«Hay que trabajar por una paz justa, que no se construya chantajeando a los débiles para que renuncien a lo que les pertenece en justicia»

¿Qué enseñanzas filosóficas deberíamos aplicar para restaurar una conviven­cia saludable, ajena a la polarización, al continuo enfrentamiento, y trabajar jun­tos para restablecer los lazos sociales?

Deberíamos recordar con Aristóteles que somos seres sociales porque compartimos el lógos, que es razón y palabra, y nos permite construir juntos la «casa», es decir, la vida de la familia, la amistad y la economía. Pero también en esto consiste la pólis, la comu­nidad política, que congrega distintas familias y diversas etnias, y se distingue de unas y otras porque tiende por naturaleza al bien común, y debería, por lo tanto, esforzarse por alcanzarlo. La vida privada y la pública tienen su raíz en la palabra, que no es pura racio­nalidad lógica, libre de emociones y sentimientos, sino que está atravesada por ellos, por esas razones del corazón de las que hablaban Pascal, Ortega y Zubiri.

También sería muy aconsejable recurrir a las tradiciones filosóficas que han hecho de la defensa de la paz su principal preocupación, como es el caso paradigmático de Mar­silio de Padua, el Defensor Pacis, entre tantos otros. Y en este año 2026 recordar con agra­decimiento y orgullo la llegada de Francisco de Vitoria a la Universidad de Salamanca en 1526. Mencionar Sobre la paz perpetua kantiana en este punto es un deber de obligado y de gustoso cumplimiento, con el imperativo de la razón práctica: no debe haber guerra, porque ese no es el modo en que cada uno debe procurar su derecho. Eso sí: hay que trabajar por una paz justa, que no se construya chantajeando a los débiles para que re­nuncien a lo que les pertenece en justicia.

«Deberíamos recordar con Aristóteles que somos seres sociales porque compartimos el lógos, que es razón y palabra»

La cooperación es una de las garantías para que el proyecto común prospere, esa acción conjunta encaminada a un fin compartido. Hoy en día, ¿cuál, a su juicio, sería ese fin por el que debiéramos cooperar?

Hay una gran cantidad de metas que compartimos, al menos verbalmente, y esa es una buena noticia. Pero hay que pasar de las declaraciones a las realizaciones. De todas esas metas querría elegir dos, en la línea de una tradición intercultural, pero trabajadas con mucho ahínco por la filosofía occidental: la construcción de la paz, a la que ya me he referido, y la erradicación de la pobreza, que es el primero de los Objetivos de Desa­rrollo Sostenible. No solo paliarla, sino ponerle fin. En el siglo XXI es inadmisible que no hayamos acabado con la pobreza, cuando hay medios para lograrlo y es un deber de la humanidad hacerlo. En Aporofobia, el rechazo al pobre traté de reconstruir la historia de la actitud hacia la pobreza, que va pasando de considerarse como un mal que debe erradicarse para defender a la sociedad frente a ella, a entender que es una exigencia de justicia incuestionable empoderar a los pobres, de modo que se respete el derecho de todo ser humano a no ser pobre.

«En el siglo XXI es inadmisible que no hayamos acabado con la pobreza, cuando hay medios para lograrlo y es un deber de la humanidad hacerlo»

Valores como la solidaridad, el apoyo mutuo, la escucha, el respeto, implica­dos en la armonía social, ¿se pueden aprender?

Esa es la pregunta por la que nació la ética: ¿se puede aprender la virtud? Si la res­puesta hubiera de ser negativa, entonces tendríamos que formular otra pregunta: «Edu­cación, ¿para qué?». Justamente, la meta de la educación debería consistir en ayudar a forjarse un carácter incorporando las virtudes que conducen a la felicidad. Los clásicos las consideraban «excelencias» que configuran a la persona y benefician a la comunidad. Creo que sigue siendo así, que la tarea de la educación es ayudar a formar personas ex­celentes, que compiten consigo mismas para promocionar sus mejores cualidades y las ponen al servicio de la comunidad para conseguir una convivencia justa y «felicitante».

Usted ha hablado de la razón cordial como fundamento ético. ¿Qué papel jue­gan las emociones morales —como la compasión o la empatía— en la construcción de una comunidad verdaderamente colaborativa?

La verdad es que el fundamento ético, la razón por la que debemos colaborar, es el valor de las personas y de la naturaleza. Pero ese valor se convierte en motor de la acción cuando el agente lo percibe y se siente impulsado a trabajar por él. Por eso, la compasión juega un papel esencial; por eso hablo de una razón cordial, que es una razón compasiva.

La empatía es una emoción por la que tenemos la capacidad de ponernos en el lugar del otro, experimentar con él su sufrimiento y también su alegría, pero en realidad no nos obliga a nada. Siempre recuerdo aquella frase de que el verdugo experimenta una gran empatía con su víctima y por eso sabe dónde puede dañarle más y mejor. La compasión, sin embargo, es también la capacidad de ponerse en el lugar del que sufre, pero a ella se une el compromiso de ayudarle a superar el sufrimiento.

¿Qué papel desempeña la educación, por un lado, y los medios de comunica­ción, por otro, en el bienestar de la comunidad?

La palabra «bienestar» no me entusiasma. Tal vez porque hay un refrán valencia­no muy común que dice el que estiga bé, que no es menege, «el que esté bien, que no se mueva», y es un refrán que me fastidia poderosamente. Por una parte, porque creo que las personas debemos atrevernos a bregar por la felicidad como proyecto vital y no con­formarnos con estar bien y, por otra, porque si queremos sociedades justas, a menudo tendremos que sacrificar parte del bienestar personal y grupal.

En cuanto al papel de la educación en la conformación de sociedades justas, que son las que ponen las bases para que cada persona pueda llevar adelante los planes de vida que tenga razones para valorar, por decirlo con Amartya Sen, es crucial. Como bien decía Kant, «la persona (der Mensch) lo es por la educación, es lo que la educación le hace ser». Y entre los agentes de esa tarea educativa tienen un papel esencial los medios de comunicación, que, a mi juicio, están «deseducando», salvo excepciones. Están apostando por la moral del camaleón, que dice «yo me adapto a lo que sea con tal de medrar».

«La meta de la educación debería de consistir en ayudar a forjarse un carácter incorporando las virtudes que conducen a la felicidad»

Las redes sociales prometían comunidad, pero a menudo generan fragmenta­ción. ¿Qué condiciones deberían darse para que la tecnología favorezca una cola­boración auténtica?

La estructura de las plataformas sociales debería cambiar radicalmente. Se han convertido en «máquinas tóxicas adictivas», por decirlo con Deibert, porque no pre­tenden generar comunidad, sino retener en sus redes al mayor número de usuarios y la mayor cantidad de tiempo posible, con el fin de extraer sus datos y traspasarlos a sus clientes, que no son los usuarios, sino empresas privadas o el Estado totalitario.

El procedimiento consiste en crear adicción a las redes para que no se separen de ellas las gentes de todas las edades, y lo están consiguiendo ampliamente. De hecho, asociaciones como Proyecto Hombre han incluido el problema de adicción a las plata­formas como uno de los grandes problemas sociales. Como dice Zuboff, es un nuevo modo de producción que convierte a los usuarios en su materia prima. El imperativo kantiano del fin en sí mismo se sustituye por el imperativo extractivo, porque se trata de extraer el mayor número de datos del mayor número posible de usuarios, y el imperativo predictivo, ya que a partir de los datos se pergeñan futuros conductuales. Los efectos son letales, como es fácil de comprobar.

Por otra parte, en esas plataformas se expresa una opinión pública sometida a lo que Noelle Neumann llama «la espiral del silencio». El poder de la opinión pública para go­bernar una sociedad es inmenso, y quienes desean guiarla tienen muy en cuenta el «descubrimiento» de Tocqueville: «Los hombres temen al aislamiento más que al error». Por eso se unen, tanto en sus opiniones como en sus opciones vitales, a las narrativas que consiguen expresar lo que se tiene por políticamente correcto. Con lo cual, las ofertas valiosas, pero minoritarias, quedan amordazadas y se diluyen en el silencio.

De todo esto me he ocupado ampliamente en ¿Ética o ideología de la inteligencia ar­tificial?, porque creo que imposibilita la democracia y la ilustración, impide que la ciuda­danía tenga el valor de servirse de su propia razón.

Los afanes imperialistas, el deterioro del planeta, una sociedad de consumo llevada a su extremo, una sociedad poblada de yoísmo… Cualquier época (eso de­cía Borges) se considera peor que sus predecesoras. Sin embargo, nunca ha habi­do tanta conciencia sobre los problemas importantes a los que nos enfrentamos, y acaso tanta disposición para resolverlos. ¿Es usted optimista respecto al futuro?

Ni optimista ni pesimista, sino todo lo contrario. Pesimismo y optimismo son emo­ciones pasajeras, que dependen del momento, el lugar, la situación. Son muy fugaces, no permiten construir nada sólido y los problemas de los que hablamos requieren materia­les muy vigorosos, como es el caso de la esperanza. Esa virtud moral que se cultiva con esfuerzo día a día tratando de pergeñar razones que permitan esperar un futuro justo y, a poder ser, «felicitante» para todas las personas, sin exclusión. Que tienen dignidad y no un simple precio.

ARTÍCULOS RELACIONADOS
Ethic

El poder de un equipo

Ramón Oliver

La investigadora del CSIC Margarita del Val y el jugador de baloncesto Daniel Stix conversan sobre trabajo en equipo.

Una filosofía de la risa

Bernat Castany Prado

Somos constitutiva­mente cómicos. No debemos ceder a la nostalgia de la simplicidad, la homogeneidad y la perfección.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME