Henri Bergson o la intuición como vía de acceso a lo real
El pensador francés, conocido como el filósofo de la intuición, defendió que la realidad es un proceso creador y dinámico que solo es posible conocer entrando empíricamente en el flujo de conciencia.
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El 6 de abril de 1922 tuvo lugar en la Société Française de Philosophie de París, un debate que el poeta Paul Valéry denominaría posteriormente la grande affaire del siglo XX y que culminaría el divorcio entre dos culturas: las ciencias y las humanidades. El físico Albert Einstein, que acababa de ganar fama mundial por su teoría de la relatividad, fue invitado a explicarla ante unos 200 intelectuales, científicos y filósofos. Tras su coloquio, en el que defendió un tiempo físico y objetivo, determinado por fenómenos como la simultaneidad relativa o la dilatación, el filósofo Henri Bergson, que presidía la sesión, fue presionado para intervenir. Admitió la validez técnica de la relatividad, pero criticó su interpretación como metafísica disfrazada de ciencia, confundiendo el tiempo medible con el tiempo experimentado subjetivamente (al que denominó «duración»), que es fluido, heterogéneo e intuitivo. Argumentó que no existe un tiempo físico «puro» sin conciencia: el reloj presupone la experiencia de duración como una abstracción, pero el tiempo real es el que sentimos cuando vivimos.
Einstein, por su parte, replicó en tan solo un minuto que no existía un tiempo de los filósofos, solo el psicológico, distinto del físico. Y calificó la duración como irrelevante para la ciencia. Para la mayor parte del público, esta respuesta lo dio como vencedor de la controversia, mostrando además la superioridad de la física sobre la metafísica.
Por supuesto, Henri Bergson no estaba de acuerdo con ello, y sus argumentaciones se pueden leer en su obra Durée et simultanéité, publicada ese mismo año. Su objetivo era comprobar si su idea de duración era compatible con la teoría de la relatividad. Bergson acepta que hay múltiples tiempos, pero insiste en su noción de duración, que es un flujo continuo de conciencia y no una serie de instantes separados. El tiempo de la física, para el filósofo, es una representación intelectual, útil, pero incapaz de captar el transcurrir del tiempo en la conciencia, que es una corriente que reconvierte el pasado en presente y se orienta hacia el futuro. En cualquier caso, su objetivo no era negar la teoría de la relatividad, sino complementarla.
Bergson era ya un referente intelectual, con un gran prestigio en los círculos filosóficos cuando este encuentro –fantásticamente narrado en el libro El físico y el filósofo, de Jimena Canales– tuvo lugar. Profesor en el Collège de France, sus clases congregaban hasta a 2.000 alumnos. Formaba parte de la Academia Francesa, y en 1919 había presidido la Comisión de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones. Además, sus libros vendían miles de copias y eran traducidos a múltiples idiomas. Poco después (en 1927), obtuvo el Premio Nobel de Literatura por «la fuerza de sus ideas filosóficas y la calidad literaria de su prosa».
Construyó su teoría filosófica alrededor del concepto de intuición, que planteaba como antídoto al análisis fragmentario de la ciencia moderna. Para Bergson, la intuición no es una simple corazonada, sino el método para captar la vida en su flujo continuo. En sus propias palabras, «la intuición es la simpatía por la que se transporta uno al interior del objeto». La definía como atención, precisamente, a la duración, ese tiempo subjetivo, heterogéneo y cualitativo, y que estaría estrechamente relacionado con la conciencia y la memoria.
El filósofo planteaba la intuición como antídoto al análisis fragmentario de la ciencia moderna
Así, la intuición bergsoniana sería la que capta lo singular, la que registra el cambio continuo y accede a lo inexpresable. Mientras el intelecto petrifica la realidad, la intuición la disuelve en movimiento haciéndola así aprehensible de forma más directa.
Como explica el doctor en Filosofía José Ezcurdia, la intuición para Bergson sería, además, el núcleo del acto libre, permitiendo acceder al yo profundo más allá de determinismos. No es una noción pasiva o sensible, como en Kant, sino que es una acción que revela la libertad como creación imprevisible del yo: un yo mixto conformado por un flujo interior profundo y libre y el personaje social.
Esto tiene implicaciones metafísicas y éticas: porque defiende una ontología del yo dinámico, donde la vida es una fuerza creativa que se despliega en duración y la realidad un proceso heterogéneo, y porque propone un empirismo radical: pretende captar la realidad absoluta en su flujo vivido más allá de abstracciones o representaciones esquemáticas. Presenta además una moral abierta (dinámica y creativa), opuesta a la cerrada (heterónoma y estática). El acto libre surge de una tensión intuitiva que produce singularidades éticas imprevisibles, no reglas predeterminadas, por lo que la intuición remonta la inercia social, reconfigurando la voluntad a partir de la emoción creadora.
Las ideas de Bergson tuvieron una influencia indudable en la filosofía posterior, sobre todo en pensadores como Gilles Deleuze, quien reformula varias de sus propuestas clave para construir su propia filosofía del devenir, la diferencia y el tiempo. Además, su planteamiento de que la realidad no es algo fijo sino un proceso continuo de transformación abrió una vía para pensar la vida como impulso creador y no como mera suma de partes. Y también para cuestionar si es posible conocer la realidad solo por análisis, medición y representación o si es precisa una inmersión en la experiencia.
Su intuición, al fin y al cabo, nos recuerda que la vivencia humana tiene una profundidad que los modelos abstractos no terminan de captar. Por eso para el profesor de Filosofía Evan Thompson las ideas de Einstein o Bergson podrían estar más alineadas de lo que ellos creían: mediante sus intentos de mostrar un mundo oculto de duración que subyace a la relatividad, Bergson nos estaría recordando que la experiencia es la fuente ineludible de la física.
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