Immanuel Kant
Las tres grandes preguntas de la ética kantiana
Immanuel Kant condensó su ética en tres preguntas esenciales que siguen orientando el pensamiento moral contemporáneo y ayudan a reflexionar sobre el conocimiento, la acción responsable y la esperanza humana.
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A finales del siglo XVIII, Immanuel Kant formuló una de las síntesis más influyentes de la filosofía moderna al reducir sus preocupaciones fundamentales a tres preguntas. No eran interrogantes abstractos, sino cuestiones que apuntaban directamente a la experiencia humana y a la vida en sociedad. Qué puedo saber, qué puedo hacer y qué puedo esperar, las tres grandes preguntas en cuestión, condensan el núcleo de su pensamiento y articulan su reflexión sobre el conocimiento, la moral y el sentido de la existencia.
Para Kant, dichas preguntas forman un sistema coherente que permite pensar los límites de la razón, la responsabilidad moral y las expectativas humanas sin recurrir a dogmas ni a certezas. En resumidas cuentas, su propuesta buscaba ofrecer un marco racional que orientara la acción individual y colectiva en un mundo cada vez más secularizado.
Qué puedo saber y qué puedo hacer
La primera pregunta, qué puedo saber, ocupa un lugar central en la obra de Kant. Con ella, el filósofo se refiere a los límites del conocimiento humano. Kant sostiene que la razón tiene una capacidad extraordinaria para comprender el mundo, aunque también encuentra fronteras que no puede cruzar. Dicho de otra forma, no todo lo que puede pensarse puede conocerse. Conceptos como Dios, el alma o la libertad no pueden demostrarse empíricamente, aunque desempeñan un papel relevante en la forma en que los seres humanos se orientan en la realidad.
Kant propone que una acción solo puede considerarse moral si puede convertirse en una norma válida para todos
Esta delimitación del conocimiento tiene una consecuencia ética importante. Al reconocer los límites de lo que se puede saber, Kant evita que la moral se base en certezas metafísicas indemostrables. La ética no debe depender de supuestos sobre el más allá ni de verdades reveladas, al contrario, debe partir de principios que puedan sostenerse desde la razón práctica. En este punto, Kant separa claramente el ámbito del conocimiento científico del ámbito de la acción moral.
La segunda pregunta, qué puedo hacer, introduce de lleno la ética kantiana. Aquí aparece su concepto más conocido, el imperativo categórico. Kant propone que una acción solo puede considerarse moral si puede convertirse en una norma válida para todos. Es decir, más allá de evaluar las consecuencias de los actos, debemos tratar de examinar la intención y la coherencia de la norma que guía dichos actos. Actuar moralmente implica tratar a las personas como fines en sí mismas y no como medios para otros objetivos.
Este enfoque supone una ruptura con las éticas basadas en la utilidad o en el cálculo de beneficios. Para Kant, la moral no depende de los resultados ni de las circunstancias particulares y se apoya en la autonomía de la razón y en la capacidad de cada individuo para darse a sí mismo una ley moral. La libertad, dentro de este marco, consiste en actuar conforme a principios que puedan ser compartidos por todos.
La pregunta por lo que se puede hacer tiene también una dimensión política y social. Kant defiende que una sociedad justa debe organizarse de acuerdo con leyes que respeten la dignidad de las personas. La ética no queda confinada al ámbito privado, sino que se proyecta en la forma de concebir el derecho, la justicia y la convivencia. En este sentido, su pensamiento influyó de manera decisiva en la formulación moderna de los derechos humanos y en la idea de ciudadanía basada en la igualdad moral.
Qué puedo esperar y el sentido de la ética
La tercera pregunta, qué puedo esperar, conecta la ética con la experiencia vital. Kant es consciente de que actuar moralmente no garantiza felicidad ni éxito. La historia —a nivel macro— y la vida cotidiana —a nivel micro— muestran con frecuencia que quienes obran conforme al deber no siempre obtienen recompensas. Esta constatación plantea un problema para la razón práctica: por qué actuar moralmente si no hay garantías de bienestar.
La esperanza, lejos de basarse en hechos comprobables, se basa en la necesidad de pensar que el esfuerzo moral no es absurdo
Así pues, la respuesta de Kant introduce la idea de una esperanza racional ligada a la coherencia entre virtud y felicidad. La razón práctica postula que debe ser posible un mundo en el que el bien tenga sentido, aunque no pueda demostrarse ni asegurarse en la experiencia cotidiana. Esta esperanza cumple una función reguladora, no descriptiva.
En este punto, Kant vincula la ética con una concepción del progreso moral. Considera que la humanidad avanza lentamente hacia formas más justas de organización social, aunque ese avance no sea lineal ni esté asegurado. La esperanza, lejos de basarse en hechos comprobables, se basa en la necesidad de pensar que el esfuerzo moral no es absurdo. Actuar correctamente adquiere sentido porque se inscribe en una historia colectiva orientada hacia la mejora.
Esta tercera pregunta también permite entender la relación de Kant con la religión. Aunque reconoce la importancia cultural y moral de las creencias religiosas, Kant las sitúa bajo la primacía de la razón práctica. La religión, en su planteamiento, debe estar al servicio de la moral y no al revés.
En definitiva, las tres preguntas forman, en conjunto, una propuesta sumamente ambiciosa. Delimitan lo que la razón puede conocer, establecen cómo debe actuar el ser humano y ofrecen un marco para pensar el sentido de esa acción. El propósito de Kant, sin embargo, no es ofrecer recetas simples ni respuestas cerradas. Lejos de eso, su ética exige reflexión, autonomía y responsabilidad individual.
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