Hay dolores que no enseñan nada
Intentar forzar el sentido del dolor demasiado pronto, cuando la herida aún está abierta, no ayuda a mejorar. Al contrario. Puede agravar el trauma. Porque no se trata de encontrar un porqué a toda costa, sino de acompañar sin juicios. De validar el dolor, aunque no tenga moraleja.
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Hay dolores que no enseñan nada. Solo duelen. Y punto.
Pero parece que a algunos esto les cuesta entenderlo. Como si el sufrimiento necesitara tener siempre una moraleja. Como si cada hostia que te da la vida tuviera que convertirse en una lección bonita con música épica de fondo. Pues no. A veces la vida no te da aprendizajes. Te da una patada en la boca.
Y lo más jodido es que muchas veces ese intento de «ver el lado bueno» del dolor no nace de la maldad, sino del miedo. De las ganas de tapar el agujero incómodo que deja el trauma, la pérdida, el abandono. De querer ponerle un lacito a algo que huele a mierda para que no duela tanto.
«Todo pasa por algo», «esto te hará más fuerte», «seguro que hay algo que aprender de esto»… ¿Cuántas veces hemos oído esas frases? Y lo peor: ¿cuántas veces las hemos dicho sin pensar en el efecto real que tienen?
Porque decirle a alguien que lo que ha vivido «le hará más fuerte» mientras todavía está recogiendo los pedazos no es ayudar. Es invalidar. Es ponerle purpurina al trauma. Es forzar un relato de crecimiento donde solo hay dolor crudo y absurdo.
Decirle a alguien que lo que ha vivido «le hará más fuerte» mientras todavía está recogiendo los pedazos no es ayudar
Imagina que alguien se rompe la pierna y tú en vez de ayudarle a levantarse le dices: «tranquilo, esto te va a enseñar a correr mejor». ¿Qué cara pondrías tú si te sueltan eso mientras estás tirado en el suelo con el hueso asomando? Pues eso es lo que pasa con muchos discursos de superación emocional: suenan a burla aunque vengan con buena intención.
Y desde la psicología esto es clave: intentar forzar el sentido del dolor demasiado pronto, cuando la herida aún está abierta, no ayuda a mejorar. Al contrario. Puede agravar el trauma. Porque no se trata de encontrar un porqué a toda costa, sino de acompañar sin juicios. De validar el dolor, aunque no tenga moraleja.
No todo tiene explicación ni propósito. Hay abusos que no sirven para crecer. Hay muertes injustas que no dejan ninguna enseñanza útil. Hay enfermedades que destrozan y ya está. Y pretender que todo eso «tiene sentido» solo sirve para que quien lo sufre se sienta aún más solo. Porque si encima de estar jodido, tienes que justificar por qué te duele, apaga y vámonos.
Vivimos en una cultura de positividad tóxica, donde parece que sentir tristeza, rabia o desesperanza es un fallo del sistema. Como si estar mal fuera una especie de error de programación que hay que corregir rápido. Pues no. Estar mal a veces es lo único coherente que se puede hacer ante según qué situaciones.
Y no, no todos los procesos de sanación pasan por encontrar una enseñanza. A veces, lo más sanador es poder decir: «esto fue una mierda y no tuvo ningún sentido». Poder llorar sin tener que explicar por qué. Poder estar roto sin tener que reconstruirse en el mismo momento.
La trampa está en que romantizar el dolor queda muy bien en Instagram. Historias de superación, frases con fondo de atardecer, influencers que te cuentan cómo «tocaron fondo» pero ahora son «más sabios». Todo muy inspirador. Hasta que te toca vivirlo. Porque una cosa es mirar el sufrimiento ajeno con filtro sepia, y otra muy distinta es tragar el tuyo a pelo, sin anestesia.
Desde la psicología, sabemos que el aprendizaje ocurre cuando hay condiciones para que ocurra. Cuando el sistema nervioso no está colapsado. Cuando hay margen para pensar, reflexionar, integrar. Pero si estás con la cabeza hundida en el barro, no es el momento de sacar conclusiones. Es el momento de respirar. De aguantar. De sobrevivir.
Y por eso es tan importante cambiar el chip: no hace falta que todo tenga sentido. No hace falta que el dolor venga con un «beneficio oculto». A veces, lo único que necesita una persona que sufre es que la mires y le digas: «no sé qué decirte, pero estoy contigo». Sin consejos. Sin frases de autoayuda. Sin buscarle un final bonito al capítulo.
Esto también va para quien acompaña. Si no sabes qué decir, mejor calla. El silencio empático a veces es el mejor consuelo. Quédate. Escucha. No intentes «arreglar» el dolor del otro como si fuera una lavadora rota. No es tu trabajo. Tu trabajo es no desaparecer.
Así que no sueltes el típico «esto te hará mejor persona» a alguien que está roto. No intentes que saque lecciones cuando aún no puede ni levantarse del suelo. Y, sobre todo, no midas el valor del dolor por su utilidad. Porque hay dolores que no enseñan nada. Solo duelen.
Y validarlos como son, sin adornos ni moralejas, es el primer paso para que algún día puedan cicatrizar.
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