Opinión

Vacío y duelo después del coronavirus

Uno de cada cuatro españoles ha sentido miedo a morir por el COVID-19, según la última encuesta del CIS. El vacío es algo que nos lleva inundando de una forma especialmente punzante desde hace más de un año. Reconozcámoslo, el trauma ya está aquí.

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05
Mar
2021
Fotografía: Ruth Drake

A lo largo de nuestras vidas andamos, caminamos y corremos arrastrando y soltando emociones. Con el tiempo, algunos traumas pueden llegar a ser una carga que nos puede lastrar más de lo que podemos llegar a imaginar, o admitir. Aunque un psicólogo o un psiquiatra son los más adecuados para profundizar en esta cuestión, hay algo que está quedando en evidencia en nuestra sociedad: una tendencia a ignorar, a no mirar el trauma y el duelo que está dejando el coronavirus en la población, y es un sentimiento que ya ha calado. Este texto va dirigido a la población general pero, sobre todo a las personas que, tristemente, han experimentado la sensación de perder a un familiar, amigo o conocido a raíz de este virus, un dolor especialmente profundo y muy marcado por la soledad, la impotencia y ese gran abismo al que aún no queremos asomarnos: la incapacidad actual de expresión emocional, individual y generalizada. Además, no hay que olvidar que están sometidas, sí, porque estas personas se enfrentan ahora a un duelo complejo sin una clave para superarlo, el gesto de cariño físico. Todo esto endurece la balanza del dolor interno, incluso de la culpa.

¿Qué está ocurriendo con las mentes en la pandemia? El daño psicológico provocado por la COVID-19 es ya una realidad, pero no es algo que parezca, por el momento, mirarse con la preocupación que merece. Hace meses, vimos cómo los sanitarios eran los que sufrían desde su posición directa de defensa ante el virus graves secuelas psicológicas como ansiedad, depresión o síntomas de estrés postraumático. En definitiva, una violencia psicológica no amparada. ¿Qué está ocurriendo para que, desde entonces, con más de un año a nuestras espaldas, no se atienda a este trauma?

«Recordar puede volverse algo problemático cuando no se escoge voluntariamente lo que se reproduce»

El virus ha provocado dos tipos de daño que la población está arrastrando: el físico y el emocional. Es el desamparo sobre este último lo que conforma una realidad a la que urge mirar en presente, y no imaginarla como algo que sucederá en un futuro. El daño psicológico es ya una realidad. Pero hay algo que nos ocurre con «la realidad», y es que no lo es hasta que no la enfocamos con determinación. No existe hasta que no queremos percatarnos de su presencia y preocuparnos por ella. Por tanto, pongamos todos nuestros sentidos en esto: el trauma ya está aquí, y el duelo es ya un lastre. Existe un vacío que ha calado en el cuerpo a primera línea del cañón, y en quienes han sufrido el golpe de forma directa. Un vacío al que hay que mirar.

Contaré una historia, una de tantas. Sandra no es sanitaria. Es una joven cualquiera que también está atravesando esta clase de duelo, el suyo, como muchas otras personas en su misma situación. Ha perdido a alguien, y ese trauma es ya un fantasma con el que tiene que lidiar. Recuerda a su abuela bailando con ella cuando tenía apenas seis años. Estaban en el pasillo de su casa y ella llevaba aquella camiseta amarilla de lunares negros que tanto le gustaba. También se acuerda de lo orgullosa y decidida que era, emprendedora vital, no había una mujer con un carácter tan fuerte como el que ella tenía, con esa forma de ser que a veces se transformaba en terquedad. Sandra recuerda verla en la playa, nadando y sorteando las olas como una sirena. Después empezó a sentir indiferencia, y finalmente, años más tarde, llegó a sentir cierto rencor. Con el paso del tiempo, se distanció del mar, y hasta el propio océano se apagó para ella. Como si se hubiera generado, poco a poco, un enorme vacío entre ambas profundidades. Ha pasado un mes desde la muerte de su abuela en aquella habitación del hospital y, desde entonces, Sandra no para de recordar.

«Nunca había visto una camisa tan huérfana y tan llena de vacío y de silencio»

Dicen que el recuerdo es selección. Sin embargo, recordar puede volverse algo problemático cuando no se escoge de forma voluntaria lo que se reproduce, y se desencadena un continuo revivir de momentos. Lo que ocurre, entonces, es que una parte concreta del metraje se reproduce, se detiene y vuelve a reproducirse en la cabeza de forma incansable y agotadora, casi ruidosa. Es curioso: Sandra siempre había sido amante del silencio, sobre todo porque era allí, en ese lugar, donde se reunía consigo misma, sin ruidos externos que se entrometieran. Ahora huye de él porque es más ensordecedor que cualquier sonido ajeno, porque su epicentro está dentro. Las noches se disfrazan de vacío y se han convertido en un murmullo constante y profundo.

Y cuando llega el silencio, también lo hace el vacío. Justo en medio de ese abismo, de forma inesperada, las imágenes más dolorosas vienen a su mente y, entre todas, conforman una tormenta emocional. Silencio en la sala y una bolsa de pertenencias. Su primo comienza a sacar una bufanda y unas zapatillas de andar por casa, mientras ella mira desde lejos. Casi el último mes de toda una vida, metido en una bolsa. Saca también una manta amarilla, aquella con la que se tapaba en las tardes de té y turrón de guirlache; y, por último, su camisa de franela. La misma que llevaba puesta semanas antes, sentada en la silla de color rosa palo de su salón, aquel día en el que se despidió sin saber que iba a ser, en efecto, una despedida en mayúsculas. Esa camisa de cuadros en azul y burdeos que en ese instante salía arrugada de una bolsa, muy arrugada. Nunca había visto una camisa tan huérfana y tan llena de vacío y de silencio. Una imagen del recuerdo más áspero de la ausencia, que punza directamente su mirada y su alma.

«Es el motor público quien tiene que arrojar luz para contemplar el problema y paliarlo»

Esta es solo una de las caras del duelo, una de muchas. Un poliedro de ácidas aristas, tantas como emociones sin resolver. Para hacerlo, antes hay que reconocer que están ahí, hablar de ellas, exteriorizarlas, hacernos responsables de su materialidad y de cuánto nos afectan. Tenemos que hablar del duelo en tiempos de pandemia, y es urgente tratarlo. Este no pretende ser un texto que represente a nadie. Lo que sí intenta es revelar una realidad a la que hay que mirar, y es que estamos inundados de un gran vacío: el trauma y el duelo, individual y colectivo. Tratarlo no depende de uno mismo o de un pequeño grupo de personas: es el motor público –y todos sus brazos– quien tiene que, primero, arrojar luz para contemplar el problema con todas sus sombras y, después, paliarlo. ¿Qué ha ocurrido con la salud mental durante este último año? ¿En qué punto estamos ahora? Miremos. ¿Qué va a ocurrir en adelante? Actuemos.

Enfoquemos en el duelo. Ya no es exactamente como lo recordábamos, es un proceso aún más complicado, teñido de un sinfín de ausencias y soledades marcadas por el modus operandi de este virus. Es urgente, ahora y no más tarde, arrojar luz sobre el vacío que nos inunda.

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