Europa
Más allá del poder: humanismo europeo como brújula global
En la actualidad no existe un auténtico modelo social europeo sino varios modelos nacionales en el marco de la UE, con criterios o características heterogéneas. ¿Por qué no armonizarlos sobre la base los principios básicos de solidaridad y justicia social?
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
En un mundo cada vez más caracterizado por la lógica de poder hegemónico, Europa tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de demostrar que otro modo de organizar la sociedad y las relaciones internacionales es posible. No desde la ingenuidad, sino desde la convicción de que la seguridad, la prosperidad y la dignidad humanas son inseparables. Esa es la esencia del proyecto europeo y el verdadero eje de su visión y ambición geopolítica. No pretender la hegemonía mundial, sino un multilateralismo inclusivo.
El contexto geopolítico viene marcado por la fragmentación, la competencia estratégica y la erosión del orden multilateral, y Europa se enfrenta al reto de reafirmar su identidad política desde una perspectiva humanista que dialogue críticamente con Estados Unidos y ofrezca una alternativa coherente y reconocible a escala global.
Si nos ceñimos a la relación atlantista, el modelo estadounidense ha demostrado una enorme capacidad de dinamismo económico, innovación tecnológica y proyección de poder. Sin embargo, se apoya en una concepción de la sociedad profundamente individualista, que relega los mecanismos colectivos de cohesión y de protección social. Las desigualdades estructurales, la fragilidad del acceso universal a derechos básicos y la polarización interna evidencian sus límites.
El atlantismo continúa siendo una referencia estratégica ineludible. Sin embargo, el desafío para Europa consiste en evitar que esta relación derive en subordinación conceptual o política. Defender la alianza no debe significar diluir la especificidad europea ni renunciar a una voz propia en el mundo.
Defender la alianza no debe significar diluir la especificidad europea ni renunciar a una voz propia en el mundo
Desde esta perspectiva, el multilateralismo adquiere un valor central. Mientras que Estados Unidos ha tendido en distintos momentos a enfoques unilaterales o transaccionales de las relaciones internacionales, Europa ha de insistir en el derecho internacional y las soluciones colectivas a los desafíos globales. Cambio climático, migraciones o regulación de las nuevas tecnologías no admiten respuestas fragmentadas. La visión europea, anclada en su experiencia de integración, posee una legitimidad particular para defender un orden internacional basado en reglas y en la corresponsabilidad.
Europa ha construido históricamente su proyecto político sobre una base diferente, concretada en la primacía de la dignidad humana, la centralidad de los derechos sociales y la convicción de que el progreso económico debe ir acompañado de cohesión social.
El proyecto europeo no debe desnaturalizarse, no debe renunciar a sus valores fundacionales —dignidad humana, libertad, igualdad, Estado de derecho y defensa inquebrantable de los derechos fundamentales—. Son estos principios los que le han dado sentido y los que deben seguir guiando su devenir.
Un principio es el identificable como modelo social que, con sus muchos defectos e insuficiencias, es, sin duda, el mejor antídoto frente a populismos.
No obstante, en la actualidad no existe un auténtico modelo social europeo sino varios modelos nacionales en el marco de la UE, con criterios o características heterogéneas. ¿Por qué no armonizarlos sobre la base los principios básicos de solidaridad y justicia social? Tenemos ya una insuficiente unión económica y monetaria; ¿para cuándo una Europa social que permita vertebrar la sociedad europea?
¿Para cuándo una Europa social que permita vertebrar la sociedad europea?
Este enfoque humanista y multilateral no debería limitarse a la proyección externa de la Unión Europea. Uno de los retos más complejos se encuentra en el interior del propio continente, especialmente en relación con los países del Este que forman parte de la Unión o aspiran a hacerlo. Las diferencias en concepciones del Estado, del papel de lo público, del pluralismo o de los derechos fundamentales ponen de manifiesto una tensión profunda sobre qué modelo de sociedad representa Europa. No se trata solo de cumplir criterios económicos o administrativos de adhesión, sino de compartir un núcleo ético y político común.
En este sentido, la ampliación de la Unión Europea no debe entenderse únicamente como un proceso técnico o geoestratégico frente a otras potencias. Es, sobre todo, un proyecto político que exige pedagogía, compromiso y coherencia interna. Si Europa renuncia a defender activamente su modelo social y sus valores fundacionales —democracia liberal, Estado de derecho, igualdad de género, protección de minorías— corre el riesgo de vaciar de contenido su propia identidad. La integración no puede basarse en mínimos; debe aspirar a una convergencia real en valores y prácticas.
Es cierto que los Estados del Este comparten parcialmente los valores europeos, pero no siempre su interpretación liberal, su jerarquía ni su traducción institucional. No se trata de una fractura civilizatoria, sino de una disputa política e ideológica sobre qué significa Europa en el siglo XXI.
El reto para la UE no es expulsar ni estigmatizar, sino reafirmar sus valores como base no negociable, reforzando su legitimidad democrática, su cohesión social y su dimensión humanista. De lo contrario, la UE corre el riesgo de convertirse en un espacio normativo sin alma compartida, justo lo contrario de lo que pretendía ser.
Iñigo Urkullu Renteria, presidente de Fundación eAtlantic Fundazioa y lehendakari.
COMENTARIOS