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Primavera en Verbier

Ayer susurrabais sobre el silencio de la noche. «Papá, es que nos gusta hablar», respondisteis cuando os dije que ya era hora de dormir. Una respuesta cabal y sencilla. Nada que objetar. Os dejé susurrando y vuestros murmullos se convirtieron en unos hilos de luz que se mecían sobre la estancia.

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Sandra Gallego-Salvà
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08
mayo
2026

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Sandra Gallego-Salvà

Amanece y todo es blanco en Verbier. No hay ninguna nota en el pentagrama de la mañana. Solo silencio. El día acaba de iniciarse, lento y misterioso. Y su mañana es solo un manto blanco, un leve desprendimiento del tiempo. De lejos, se oyen los ladridos de un perro. De cerca, el tintineo de un pájaro, quizá un cascanueces, que desciende grácil hasta el zaguán de la vieja casa en la que nos alojamos.

Ha nevado en Verbier y vosotras aún dormís mientras escribo estas líneas en el cuaderno con un lapicero que os he sisado. Ayer susurrabais sobre el silencio de la noche. «Papá, es que nos gusta hablar», respondisteis cuando os dije que ya era hora de dormir. Una respuesta cabal y sencilla. Nada que objetar. Os dejé susurrando y vuestros murmullos se convirtieron en unos hilos de luz que se mecían sobre la estancia. Encendí la lamparita y me puse a leer ese libro de Patti Smith que me regalaron.

Ha amanecido y todo es blanco. El salón huele a café y, en cuanto os despertéis, olerá también a trenza de pan tostado. El espacio y el tiempo. El tiempo y su gravedad. Unas briznas de luz caen como migas del cielo sobre el alféizar de la ventana. Miro el horizonte blanco del Valais, la partitura muda del alba, y no veo ningún ave de la montaña, ni el cascanueces ni el carbonero ni tampoco el arrendajo. Pero observo en el camino hacia la casa las huellas de ese zorro que yo, tan tomasiano, pensaba que era fruto de imaginaciones vuestras.

Aquí tendréis siempre vuestro refugio, aunque sea el último, y vuestro puerto, cuando naveguéis por alta mar y arrecien las tormentas

Pertenecemos a lo simple. Aún no se adivina la cumbre de la montaña, aunque la bruma empieza a clarear en su ladera, como si el presente quisiera recordarnos que estamos en primavera. Se me ha revelado una misión esencial, no es otro mi destino: acompañaros a vosotras, Lea y Bruna —en la distancia y en un sentido figurado, no os alarméis—, por los caminos y los meandros de vuestras vidas. Y hacerlo junto a esa mujer excepcional y formidable que es vuestra madre. Como le pasaba a Gistau, me descubro y me sostengo en mi papel básico y elemental —primitivo, que dirían los modernos— de proveedor. No solo un proveedor material o pecuniario, aunque también desde luego. Un proveedor de atención y de afectos. También me tuve yo que caer del caballo, entre la furia y el ruido, para saber que el amor incondicional era esto. Vuestros caminos serán solo vuestros, pero sabed, hijas, que aquí tendréis siempre vuestro refugio, aunque sea el último, y vuestro puerto, cuando naveguéis por alta mar y arrecien las tormentas. Y disculpad si me he puesto cursi o sueno grandilocuente. Un hombre necesita a veces sacar la pistola y decir lo que siente. Jugarse al póker su fragilidad y su fuerza.

Llamadme egoísta quienes andáis enfadados o perdidos. Pero ese papel me otorga un sentido esencial y primario. Me resuelve generoso como nunca antes lo había sido, me inclina hacia la virtud, a mí, que tantas veces me perdí y que fui tan descreído. Ser vuestro padre, hijas, dibuja un camino. El mejor de todos. Cerca de vosotras. A distancia. Dándoos abrigo. ¿Qué más le puedo pedir a mi destino?

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