TENDENCIAS
Pensamiento

Contra la falsedad

Nos encaminamos de forma directa y sin GPS ni brújula a una vida más presa de los simulacros que de las vivencias. Es en esa sofisticación donde convergen sendos tipos de engaño: el identitario y el epistemológico.

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
07
mayo
2026

Una foto sonriendo con una preciosa puesta de sol, una playa solitaria, un plato de sabrosa comida con mucho colorido o un vídeo sudando en el gimnasio mientras levantamos una barra cargada de discos… Este es el contenido que se puede apreciar en millones de cuentas de redes sociales. Momentos únicos que proyectan una imagen de felicidad, exclusividad, sacrificio… aunque nuestra vida sea mucho más compleja. La falsedad como herramienta para la construcción de la identidad. En una época en la que el saber científico ha alcanzado cotas cada vez más amplias y la tecnología nos permite en muchos casos contrastar la veracidad o no de una afirmación, nos encontramos con terraplanistas, escépticos de las vacunas… La falsedad (y la ignorancia) como herramienta epistemológica.

Ya desde los tiempos de Marx sabemos distinguir entre esencia y apariencia, una distinción que en castellano tenemos de origen y que plasmamos bien con el ser o con el estar, a diferencias de otras lenguas que confunden ambos conceptos. Precisamente, en Ser y Tiempo, Heidegger dejaba claro que vivir para la aprobación ajena era la forma más sofisticada e invisible de mentira. Y lejos de hacer caso a su advertencia, nos encaminamos de forma directa y sin GPS ni brújula a una vida más presa de los simulacros que de las vivencias. Es en esa sofisticación donde convergen sendos tipos de engaño: el identitario y el epistemológico. Pues el yo no se construye en solitario sino para integrarse en una comunidad de la que formar parte y con la que compartir creencias. ¿Quiere eso decir que todo aquel que proyecta apariencias en sus post de redes sociales es un ferviente conspiracionista? No, ni mucho menos, pero son las dos caras de la única moneda que circula en nuestra sociedad. La de la falsedad.

El yo no se construye en solitario sino para integrarse en una comunidad de la que formar parte y con la que compartir creencias

No obstante, quizá no debamos ser tan críticos con la insinceridad. Sartre, en El ser y la nada, ya nos descubría que esa mentira con la que nos cubrimos es una táctica social de camuflaje. Como el camaleón que se esconde de sus depredadores, nosotros nos cubrimos de falsedad ontológica para vivir en sociedad y gozar de la aprobación de nuestros congéneres.

Porque quizá en los tiempos del buen salvaje que retrataba Rousseau en el Discurso sobre el origen de la desigualdad fuera posible «vivir en sí mismo» a diferencia del hombre sociable que vive «siempre fuera de sí», porque «solo sabe vivir en la opinión de los demás».

No es necesario entrar en el debate de si el progreso material ha traído decadencia moral, porque la paradoja que tenemos ante nosotros es otra. Pese a que en Occidente gocemos de los mayores niveles de bienestar material y físico imaginables, lo cierto es que la estabilidad mental se resiente. En este sentido, Carl Rogers escribe en El Proceso de convertirse en Persona que «la vida plena no es un estado fijo; es un proceso, la dirección que uno toma cuando se mueve hacia lo que uno realmente es».

Ya decía Erich Fromm en El miedo a la libertad que «la falsedad es el precio del confort» que pagamos para no enfrentarnos a la libertad que tanto terror nos da. Asumir que nuestra existencia no tiene ninguna singularidad y no hemos sido capaces de dotarla de un sentido trascendente se convierte en una carga muy pesada con la que convivir. No solo consumimos relatos, series y películas de ficción para evadirnos de la abrumadora cotidianeidad, sino que también tenemos que generar nuestras propias ilusiones en las que nosotros somos el protagonista. Y cada enero (o septiembre) planeamos una nueva historia que protagonizar en la que nos apuntaremos al gimnasio, retomaremos el inglés, perderemos esos kilos de más y abandonaremos el pestilente hábito de la adicción a la nicotina.

Erich Fromm decía que «la falsedad es el precio del confort»

El uso de la mentira se convierte de esta forma en una herramienta terapéutica que nos ayuda a negociar entre lo que somos y lo que transmitimos a los demás. Y aquí es donde entra Festinger, quien en su Teoría de la disonancia cognitiva aseguraba que el autoengaño es mecanismo ordinario de gestión psicológica para esquivar la contradicción interna que tanto malestar nos genera.

Ante esta disyuntiva, siempre conviene recordar a Kant, que consideraba que ser sincero con uno mismo era un imperativo moral, puesto que la falsedad corrompía todo juicio racional. La falsedad, como nos recuerda Mariam Martínez Bascuñán a través de Hannah Arendt, dinamita el mundo común que habitamos. Por ello, la reivindicación de la sinceridad no es una cuestión moral, sino política y de convivencia. Un trabajo duro por la continuidad que exige y que siempre será imperfecto, pero que nos muestra la importancia de no traicionarse a uno mismo.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Los cínicos de Sloterdijk

Iñaki Domínguez

En su obra, Peter Slotedijk defiende que hemos combatir el cinismo a través de una forma de vida más ilustrada.

El espíritu de la esperanza

Byung-Chul Han

El filósofo coreano se aleja de los escenarios apocalípticos que nos rodean para dirigirse a una visión más alentadora.

El pensamiento en lucha

Santiago Navajas

Santiago Navajas reflexiona sobre asuntos como el pensamiento crítico, la democracia o el poder en el presente.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME