Alice Guy
La mujer que puso los cimientos del cine
Mientras el cinematógrafo fascinaba como un prodigio técnico, Alice Guy comprendió que también podía convertirse en un lenguaje capaz de narrar lo imaginable.
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El 22 de marzo de 1895, en París, los hermanos Louis y Auguste Lumière hicieron historia al proyectar para un selecto grupo de miembros de la Société d’Encouragement pour l’Industrie Nationale la primera película de la historia: La Sortie de l’usine Lumière à Lyon (La salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon). De un día para otro, era posible capturar la realidad tal y como es y mostrársela tantas veces como se quisiera a quien fuera. Pero en la sala había una mujer, Alice Guy, que vio el nuevo invento no como lo que era, sino por lo que podía ser.
Alice Guy tenía entonces veintidós años y trabajaba como secretaria para Léon Gaumont, propietario de una empresa dedicada a fabricar cámaras e instrumentos ópticos que, pocos años después, se convertiría en uno de los primeros grandes estudios cinematográficos de Europa. Había nacido en 1873 en Saint-Mandé, a las afueras de París, aunque pasó parte de su infancia en Chile por el trabajo de sus padres. La muerte de su progenitor y las dificultades económicas de la familia la llevaron a aprender taquigrafía y mecanografía para incorporarse cuanto antes al mundo laboral. Nadie podía imaginar entonces que aquella joven secretaria acabaría desempeñando un papel decisivo en el nacimiento del cine.
Fascinada por las posibilidades del cinematógrafo, no tardó en pedir permiso a Gaumont para rodar una pequeña historia de ficción. Él aceptó, aunque con reservas. Décadas después, en una entrevista para la televisión francesa, Alice Guy recordaría aquella conversación: «Me dijo: ‘Es una idea propia de una jovencita. Puede intentarlo, siempre que eso no perjudique su trabajo como secretaria’».
Una miríada de posibilidades
Así, en 1896, Guy dirigió La Fée aux Choux (El hada de las coles). Apenas duraba un minuto, pero en ese breve metraje ya estaba contenido mucho de lo que el cine llegaría a ser. Frente a la cámara no aparecía la realidad, sino un hada que sacaba bebés de enormes repollos para entregárselos a las familias. Hoy puede parecer un cuento ingenuo, pero entonces suponía un cambio de perspectiva radical: por primera vez, el cinematógrafo dejaba de limitarse a registrar lo que ocurría delante del objetivo para construir una historia nacida de la imaginación.
‘La Fée aux Choux’ suele figurar entre las primeras obras de ficción del cine y durante años se discutió si precedía o no a las primeras películas de Georges Méliès
La Fée aux Choux suele figurar entre las primeras obras de ficción del cine y durante años se discutió si precedía o no a las primeras películas de Georges Méliès. Para la historiadora del cine Alison McMahan, una de las mayores especialistas en Alice Guy, esa discusión «resulta, en realidad, irrelevante». Lo importante no es quién llegó unas semanas antes, sino que Guy comprendió desde el nacimiento mismo del cinematógrafo que aquella máquina podía utilizarse para contar historias.
Alice Guy también exploró, en sus primeros años, el cine como una herramienta para cuestionar los usos sociales. En 1906 estrenó The Consequences of Feminism, un cortometraje en el que hombres y mujeres intercambian sus papeles tradicionales: ellas fuman, cortejan y ocupan el espacio público; ellos cosen, cuidan de los niños y soportan las exigencias de sus parejas. La inversión de roles no pretendía ofrecer una propuesta política cerrada, sino poner en evidencia, a través de la ironía, hasta qué punto muchas convenciones sociales dependían únicamente de la costumbre.
En sus siguientes trabajos, Alice Guy exploró prácticamente todos los géneros posibles. En Madame a des envies (1906) llevó el humor visual a una historia sobre los disparatados antojos de una mujer embarazada; en A Fool and His Money (1912) realizó una de las primeras películas con un reparto íntegramente afroamericano; y en Falling Leaves (1912) recurrió a la emoción y al simbolismo para contar la historia de una niña convencida de que podía salvar la vida de su hermana volviendo a colgar las hojas que caían de un árbol. Mucho antes de que existieran manuales sobre el lenguaje cinematográfico, Guy ya estaba experimentando con todo aquello que una cámara podía llegar a contar.
En 1907 contrajo matrimonio con Herbert Blaché, operador de cámara de Gaumont, y poco después ambos se trasladaron a Estados Unidos, donde la compañía francesa buscaba reforzar su presencia. El viaje coincidió con un momento de enorme efervescencia para el cine, que comenzaba a consolidarse como una industria. Lejos de limitarse a acompañar a su marido, Guy encontró al otro lado del Atlántico el espacio para desarrollar plenamente una carrera que en Francia ya había apuntado maneras.
Martin Scorsese la define como «una cineasta de extraordinaria sensibilidad y con una mirada extraordinariamente poética»
En 1910 fundó Solax Company, un estudio con sede en Fort Lee (Nueva Jersey) que llegó a convertirse en una de las productoras independientes más importantes de Estados Unidos antes de la consolidación de Hollywood. Desde allí escribió, dirigió y produjo centenares de películas, además de supervisar todos los aspectos de los rodajes. A la entrada de los estudios colgó un cartel con una sencilla instrucción para sus intérpretes: Be Natural. Aquellas dos palabras resumían una forma de entender el cine que se alejaba de la gestualidad exagerada heredada del teatro y apostaba por interpretaciones más contenidas y creíbles, décadas antes de que ese estilo se convirtiera en la norma.
Más que una pionera
Más de un siglo después, la obra de Alice Guy sigue llamando la atención no tanto por su valor histórico como por su sorprendente modernidad. En el documental Be Natural: The Untold Story of Alice Guy-Blaché (2018), Martin Scorsese la define como «una cineasta de extraordinaria sensibilidad y con una mirada extraordinariamente poética», mientras que el historiador del cine Alan Williams la considera «una directora de comedia de primer nivel», capaz de lograr un ritmo cómico que todavía hoy resulta eficaz. Son apreciaciones que apuntan en una misma dirección: sus películas no interesan únicamente porque fueran pioneras, sino porque siguen funcionando como cine.
En ese mismo documental, el historiador Anthony Slide recuerda que, cuando las primeras películas apenas mostraban trenes llegando a una estación o escenas cotidianas, «hacían falta personas como Alice Guy para demostrar que el cine podía ser mucho más». Una reflexión parecida plantea el director Mark Romanek al preguntarse: «¿Cómo puede alguien tener sentido del cine cuando el cine todavía no existía?». La respuesta está en la propia filmografía de Guy. No se limitó a participar en el nacimiento del cine: contribuyó a definir sus posibilidades.
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