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La belleza de lo efímero

Algo en los acontecimientos fugaces intensifica su belleza. Saber que ciertas cosas tienen un final, que acontecerá en breve, aviva nuestra atención, permite que apuremos su disfrute. Los japoneses lo llaman «aware». Sin embargo, se produce la paradoja de que esos momentos efímeros se conviertan en eternos en nuestra memoria.

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11
septiembre
2026

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Durante el periodo Nara (710-794 d.C.), de enorme influencia china y notable auge del budismo, la floración de los cerezos en Japón servía como oráculo que permitía a los campesinos anticipar cómo serían las cosechas: una florescencia temprana auguraba generosa recolección de arroz; si las flores caían demasiado rápido, se vaticinaban sequías o tiempos convulsos. A día de hoy, la sakura o floración de cerezos es uno de los símbolos nipones por antonomasia. Los amigos, los amantes, las familias acuden a los parques para contemplar cómo los pétalos blancos y rosados cubren, como un manto inaudito, el suelo. Hanami, se llama el ritual.

Este espectáculo de intensa belleza conlleva lo breve de su manifestación. Como la contemplación del arcoíris tras la lluvia, la hechura poderosa de las olas de más de veinte metros, el rocío del alba, el crepúsculo, el amanecer, un eclipse, una flor de nieve cortada por el tallo… pero también un abrazo, una mirada cómplice, un roce que nos sacude con un relámpago de estremecimiento, una idea o una imagen que nos irrumpe (como ese imperativo que se escuchaba en el mítico programa televisivo La bola de cristal: «Tienes quince segundos para imaginar. Si no se te ha ocurrido nada, a lo mejor deberías ver menos la tele»). La belleza de lo efímero.

Los actos cotidianos, por fugaces que sean, pueden adquirir esa misma solemnidad de los espectáculos naturales, como las lágrimas de San Lorenzo o Perseidas. Pensemos en la ceremonia del té. Un té verde que se comparte. Los japoneses tienen un notorio vínculo con la trascendencia de lo pequeño. Preparar el té requiere un respeto para con los invitados, una consideración intensa por cada uno de los utensilios que intervienen en la preparación, la limpieza del espacio en el que se tomará, ofrecer un dulce previo que compense lo amargo de la hierba, la inclinación de cabeza en señal de agradecimiento…

La certeza de que algo concluye de manera inexorable nos incita a experimentarlo de un modo más intenso

¿Quién no recuerda aquel primer beso de la adolescencia, tembloroso, expectante, acaso torpe? Ese momento en el que el templo del amor nos abre sus puertas por vez primera y que nos acompañará durante el resto de nuestros días. Un instante fugaz convertido en eterno.

Walter Benjamin plasmó como nadie esa infinitud de lo momentáneo: «A la restitutio in integrum religiosa que conduce a la inmortalidad le corresponde una restitutio in integrum mundana que a su vez conduce a la eternidad de un ocaso; siendo por su parte la felicidad ritmo de eso mundano eternamente efímero, pero uno efímero en su totalidad, en su totalidad espacial y temporal, a saber, el ritmo de la naturaleza mesiánica. Pues la naturaleza es sin duda mesiánica desde su condición efímera eterna y total».

Algo muy similar a los versos de Robert Frost de su poema «Nada que brille permanece»: «Todo verde, al nacer, siempre es dorado,/arduo matiz que nunca ha perdurado./Es una flor la hoja más reciente,/ pero dura una hora, solamente./Después la hoja se resigna en hoja,/se hunde el paraíso en la congoja,/huye el amanecer, el día crece,/nada que sea dorado permanece». La belleza de lo efímero se intensifica porque es inútil, inútil en el sentido de que no tiene valor de cambio. Lo apuntó hace siglos el filósofo Montaigne: «Es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices».

Aware es un término japonés que describe este maridaje entre belleza y fugacidad, esos momentos que conmueven y reconfortan el ánima. Lo transitorio cuyo fulgor nos traspasa. El último día de un viaje. Por ejemplo. Las pocas páginas que quedan de lectura en ciertos libros. Un concierto. Una sonrisa. Una obra de teatro. Asombro, melancolía, estremecimiento. Aware.

Sin ánimo de ser impertinentes, lo mismo sucede con la vida. Es única, sí, pero es radical porque es finita. Gracias a la muerte (lo más indigno de la persona, en el decir de Javier Gomá) la vida se torna valiosa y urgente. Que vivamos con intensidad cada momento del día (el carpe diem horaciano) lo procura el hecho de que no sabemos cuál de esos momentos será el último. La certeza de que algo concluye de manera inexorable nos incita a prestar la atención (la principal cualidad del alma, según Malebranche), a experimentarlo de un modo más intenso. La belleza de lo efímero.

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