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Sergio Leone

El hombre que desconfiaba de los héroes

Mientras Hollywood seguía levantando héroes, Sergio Leone se dedicó a desmontarlos. Desde Italia reinventó el ‘western’, convirtió a Clint Eastwood en una estrella mundial y creó algunas de las imágenes más influyentes del siglo XX. Detrás de sus películas había una mirada escéptica sobre el poder, los ideales y la condición humana.

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08
julio
2026

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Sergio Leone no terminaba de creer en los héroes. Durante años, filmó pistoleros y buscadores de fortuna que recorrían paisajes inmensos persiguiendo dinero, venganza o una oportunidad que casi siempre llegaba demasiado tarde. Sus películas están habitadas por personajes que conocen bien la derrota.

«Cuando era joven, creía en tres cosas: el marxismo, el poder redentor del cine y la dinamita. Ahora solo creo en la dinamita», decía el creador del spaghetti western, y hay algo de todos sus personajes en esa frase.

Nació en Roma en 1929, en una casa donde el cine era una presencia constante. Su padre, Vincenzo Leone, conocido en la industria como Roberto Roberti, había dirigido películas durante la época muda. Su madre, Bice Waleran, era actriz. Antes de pensar en convertirse en cineasta, Leone ya había pasado años observando cómo se levantaban decorados, cómo se preparaban los rodajes y cómo una historia podía tomar forma frente a una cámara.

Aquella infancia transcurrió además en una Italia marcada por el fascismo y, poco después, por las heridas de la guerra. Perteneció a una generación que vio derrumbarse certezas políticas y promesas de futuro. Décadas más tarde, sus películas seguirían habitadas por hombres poco dispuestos a confiar en las grandes causas. Así, creció viendo cómo el cine fabricaba leyendas, pero también cómo algunas desaparecían más deprisa de lo esperado.

Su verdadera escuela fue Cinecittà. Durante años, trabajó entre estudios de rodaje, ayudó en distintas producciones y observó cómo funcionaba la maquinaria del cine desde dentro. Roma se había convertido en uno de los centros neurálgicos de la industria internacional y por allí pasaban actores, técnicos y directores llegados de medio mundo.

Sergio Leone y Ennio Morricone formarían una de las alianzas creativas más célebres de la historia del cine con películas como ‘El bueno, el feo y el malo’

Entre los muchachos con los que había compartido pupitre años antes se encontraba Ennio Morricone. Todavía faltaba mucho para que ambos trabajaran juntos, pero el destino acabaría reuniéndolos de nuevo. Con el tiempo formarían una de las alianzas creativas más célebres de la historia del cine y hoy resulta difícil pensar en uno sin acordarse del otro. Basta escuchar unas pocas notas de El bueno, el feo y el malo para comprobar hasta qué punto sus nombres quedaron unidos para siempre.

Cuando Leone empezó a dirigir, Hollywood llevaba décadas filmando desiertos y pistoleros. Los espectadores sabían quién era el héroe antes de que pronunciara la primera palabra. También intuían quién acabaría derrotado cuando llegara el desenlace. Leone conservó los sombreros, los revólveres y los caballos, pero cambió casi todo lo demás. Los silencios empezaron a pesar más que los diálogos y un simple movimiento de ojos podía sostener una escena entera. Y los personajes estaban mucho más interesados en el dinero que en la justicia.

Aquellos westerns se rodaban en gran parte en España mientras millones de espectadores contemplaban los paisajes de Almería creyendo estar viendo Arizona o Nuevo México. Había algo casi paradójico en todo aquello: uno de los géneros más estadounidenses de la historia estaba siendo reinventado desde Europa.

La llamada Trilogía del Dólar convirtió a Leone en una figura internacional y también transformó la carrera de Clint Eastwood. Cuando se conocieron, el actor era sobre todo un rostro televisivo. Leone vio algo en él que otros no habían visto todavía y le ofreció un personaje de pocas palabras, mirada impenetrable y moral incierta.

El éxito comercial fue solo una parte de su impacto. También pusieron en cuestión una determinada idea del héroe. En sus historias, el bien y el mal rara vez aparecen separados por una frontera clara. Los personajes negocian, engañan, sobreviven y toman decisiones discutibles. Es fácil comprenderlos, aunque no siempre resulte sencillo justificarlos, al igual que ocurre fuera de la pantalla.

Esa manera de retratar la vida alcanzó una de sus cimas en Hasta que llegó su hora. La película suele recordarse por sus duelos y por la música de Morricone, pero también contiene una reflexión melancólica sobre el final de una época. El ferrocarril avanza, el progreso transforma el paisaje y los viejos pistoleros empiezan a comprender que el mundo para el que fueron creados está desapareciendo.

Como cineasta, Leone se sentía atraído por esos momentos en los que una era termina y otra comienza

Leone se sentía atraído por esos momentos en los que una era termina y otra comienza. Por eso no sorprende que dedicara tantos años a sacar adelante Érase una vez en América, la que fue su última obra. Fue un proyecto largo, complejo y profundamente personal. La película narra la historia de varios amigos vinculados al crimen organizado en Nueva York, pero las bandas y los negocios ilegales son solo el punto de partida. En realidad, el relato gira alrededor del paso del tiempo. Los personajes envejecen y cargan con decisiones tomadas décadas atrás. En una de las secuencias más conmovedoras de la película, Robert De Niro observa un pasado que ya no puede recuperar. No hay disparos ni persecuciones, pero tampoco hacen falta, pues pocas cosas son tan devastadoras como la nostalgia.

Para muchos críticos, Érase una vez en América fue también su película más personal. Más que una historia sobre el crimen organizado, es una reflexión sobre los recuerdos y las oportunidades que ya no vuelven.

Sergio Leone murió en 1989. Tenía 60 años y todavía hablaba de proyectos futuros. Para entonces, ya había dejado una huella profunda en el cine contemporáneo y directores de distintas generaciones han reconocido su influencia. Sus encuadres, sus silencios y su forma de construir la tensión cambiaron la forma de entender el western.

Pero lo verdaderamente difícil de imitar nunca fueron los encuadres ni los silencios. Leone pasó buena parte de su carrera filmando hombres que perseguían algo que nunca terminaban de alcanzar: dinero, poder, venganza, reconocimiento o una segunda oportunidad. Tal vez por eso sus películas siguen encontrando hoy en día espectadores, y es que los personajes que dudan, se equivocan y llegan tarde a casi todo no parecen tan distintos de nosotros.

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