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Pere Estupinyà

«Cuidarse a partir de los 50 años es decisivo»

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14
septiembre
2026

Aunque aún se asocia envejecimiento con deterioro vital, la realidad muestra que los últimos años de nuestra vida ya no tienen por qué ser una cuestión de decrepitud. Para luchar contra los mitos del edadismo, el bioquímico Pere Estupinyà publica ‘¿Qué quieres ser de mayor?’ (Debate, 2026), un libro en el que aborda las claves para vivir este proceso desde todas las perspectivas, tanto biológicas como sociales.


El aumento de la esperanza de vida y la mejora en la calidad de la vejez son logros indiscutibles de la medicina moderna. Sin embargo, se suele argumentar que esta longevidad genera un tapón social que retrasa la emancipación y la maduración de las generaciones más jóvenes. ¿Hasta qué punto estirar la madurez está retrasando el inicio de la vida adulta?

Atribuir el retraso en la emancipación juvenil al envejecimiento de la población es un diagnóstico erróneo. Los obstáculos laborales y de vivienda responden a factores socioeconómicos ajenos a la longevidad. El supuesto conflicto generacional es una construcción mediática; cotidianamente prevalece la cohesión familiar. El verdadero desafío es macroeconómico: la falta de audacia política para gestionar la jubilación del baby boom. Demógrafos y economistas coinciden en que será inevitable retrasar la jubilación y ajustar las pensiones para asegurar el sistema. La narrativa del enfrentamiento distorsiona la realidad.

«El verdadero desafío es macroeconómico: la falta de audacia política para gestionar la jubilación del ‘baby boom’»

La sociología clásica postulaba la «teoría de la desvinculación», según la cual el envejecimiento conllevaba un distanciamiento natural y progresivo del individuo respecto a la sociedad. ¿Por qué ha perdido vigencia este postulado?

Esta teoría ha perdido vigencia ante un cambio cultural en la autopercepción y la reducción del autoedadismo. Antaño, la norma implícita empujaba a retirarse silenciosamente a los 65 o 70 años, asumiendo un papel pasivo de desvinculación para no ser una carga y mostrando apatía hacia los asuntos colectivos. Hoy, las personas de 70 o 75 años gozan de excelentes condiciones físicas, cognitivas y vitales. Al sentirse capaces, rechazan ese rol inactivo. Se interesan por debates globales (como el cambio climático o la política) y exigen continuar siendo agentes de cambio. Este rechazo al autoedadismo demuestra que el envejecimiento activo se ha integrado en la mentalidad contemporánea, reconfigurando la relación entre el individuo y su entorno.

Para responder a la heterogeneidad de esta etapa vital, se propone estructurar la madurez introduciendo el concepto de una «cuarta edad». ¿Qué implicaciones psicológicas tiene esta distinción respecto a la tradicional tercera edad?

La «tercera edad» es excesivamente heterogénea. Carece de sentido englobar bajo una misma etiqueta a un individuo autónomo de 68 años y a otro de 93 años con dependencia severa. Como la pediatría segmenta la infancia porque las necesidades de un lactante y de un adolescente son opuestas, el envejecimiento exige la misma precisión. Se propone dividir este periodo en una tercera edad activa, y una cuarta edad delimitada por la pérdida de independencia, marcada por la fragilidad. Este concepto redefine la perspectiva psicológica: el ciudadano de 70 años comprende que se halla en la penúltima etapa de su vida, no en la última. Esta reconfiguración altera el diseño de metas y la actitud hacia el futuro. Además, la geriatría demuestra que la fragilidad es altamente modulable mediante el ejercicio, la estimulación cognitiva y la socialización activa, dilatando este tramo vital.

«La tercera edad es excesivamente heterogénea»

Se defiende la necesidad de diseñar un «plan de vida» de cara a la tercera edad que aborde áreas como la salud, las finanzas, la vivienda, el ocio y las relaciones afectivas. ¿Por qué resulta tan difícil planificar esta etapa y por qué es equiparable a la de la juventud o la carrera profesional?

Planificar la tercera edad con el mismo rigor que se aplica a los estudios o al trabajo en la juventud es fundamental. Aunque el futuro está expuesto a contingencias, la probabilidad de disfrutar de una longevidad saludable es inmensa hoy. Los perfiles que rondan los 60 años poseen altos niveles educativos, competencia digital y seguridad, lo que les exige diseñar activamente su convivencia, finanzas y salud a largo plazo. No planificar incrementa el riesgo de experimentar arrepentimiento tardío. Muchos nonagenarios lamentan no haber organizado sus recursos bajo la premisa de una vida prolongada. La frase que me dijo Juan José Millás, «a mí nadie me avisó que estaría tan bien a los 80», resume la sorpresa de una generación que ha recibido el regalo de una vejez vigorosa para la cual nadie la había mentalizado. Diseñar este plan es el único recurso eficaz contra la improvisación.

¿Cuál es la ventana temporal idónea para comenzar a estructurar este plan de vida preventivo?

La franja de los 45 a los 50 años constituye el momento óptimo para sentar estas bases. No conviene anticiparse en exceso, pero es el periodo clave para tomar decisiones financieras a largo plazo, evaluar la accesibilidad futura del hogar y reorientar los hábitos de salud con disciplina consciente. Ciertas prácticas, como el ejercicio físico, ejercen su efecto protector directamente mientras se realizan. Por ello, mantener la actividad es significativamente más crucial a los 55 años que a los 35 años. Una juventud deportista no compensa el sedentarismo posterior; los perjuicios del desuso se manifiestan de inmediato. Igualmente, el cuidado de la nutrición adquiere su dimensión preventiva en torno a los 50 años, cuando el organismo emite señales de desgaste.

«Una juventud deportista no compensa el sedentarismo posterior»

Mientras que la sociedad está plenamente concienciada sobre la importancia de la salud física, el cuidado de la salud mental y emocional parece hallarse en un vacío normativo, carente de pautas claras. ¿Cómo debe abordarse el cuidado activo de la mente en esta etapa?

A diferencia del cuerpo, la mente no dispone de un entrenamiento directo; no existe un equivalente a levantar pesas para el cerebro. Su preservación se beneficia de un enfoque indirecto sustentado en la reducción del estrés y la socialización activa. La socialización constituye el ejercicio cognitivo más exigente que existe para el cerebro. Conversar, escuchar, empatizar y responder activa una red neuronal mucho más compleja que actividades pasivas como la lectura. Asimismo, un tejido social sólido funciona como un amortiguador emocional indispensable ante las crisis de la existencia. Es crucial cultivar tanto las conexiones estrechas como las débiles, constituidas por los intercambios cotidianos. Estas interacciones superficiales estructuran un sentimiento de pertenencia que mitiga el impacto de las vulnerabilidades psicológicas.

El autoconocimiento psicológico es una de las grandes asignaturas pendientes. Si un análisis médico detecta niveles elevados de colesterol, se adoptan de inmediato medidas preventivas. ¿Por qué no aplicamos este mismo modelo preventivo a la salud mental para anticipar crisis existenciales asociadas a transiciones como la jubilación?

Se trata de una carencia cultural muy profunda. En el ámbito de la salud mental, se suele posponer la intervención hasta el colapso emocional, en lugar de emplear la neuroergonomía para adaptar actividades y entornos a la estructura de personalidad de cada individuo. Es habitual observar la jubilación exitosa de un tercero y deducir que replicar ese estilo de vida conducirá a la felicidad. No obstante, las necesidades psicológicas son individuales: algunas personas requieren mantener un sentido de logro para sentirse plenas, mientras que otras prosperan en el ocio creativo. Carecer de autoconocimiento eleva el riesgo de sufrir depresión tras el retiro. Conocer preventivamente las propias tendencias emocionales (como la vulnerabilidad ante la emancipación de los hijos o la pérdida de estatus) permite diseñar estrategias cognitivas que eviten que la transición desencadene un declive mental.

«La socialización constituye el ejercicio cognitivo más exigente que existe para el cerebro»

Para democratizar este autoconocimiento sin sobrecargar los sistemas de salud mental, ¿es viable el uso de la tecnología? ¿Qué papel puede desempeñar la inteligencia artificial?

La tecnología ofrece posibilidades sin precedentes en la prevención psicológica. Cuestionarios psicométricos de precisión como el NEO-PI-R, diseñados para evaluar los factores de la personalidad, revelan rasgos de comportamiento de utilidad preventiva, pero su aplicación clínica masiva resulta inviable por costes. La inteligencia artificial puede revolucionar esta dinámica. Una herramienta supervisada por expertos podría interactuar con el usuario para analizar sus patrones de conducta y proporcionarle evaluaciones preventivas. Aunque plantea interrogantes éticos sobre la privacidad, la IA se perfila como un recurso de autoconocimiento eficaz para la prevención a escala colectiva.

La sexualidad en la madurez protagoniza una revolución silenciosa, con las mujeres liderando una notable pérdida de tabúes históricos. ¿Cómo se articula esta transformación en la tercera edad?

Las mujeres que hoy transitan por la madurez pertenecen a generaciones que ya lideraron la revolución sexual. Por tanto, no asisten a una transformación provocada por la edad, sino que proyectan esa conquista de libertad y autonomía, negándose a renunciar a su bienestar. Antaño existía un «autoapagón sexual» social, donde se asumía que el deseo femenino debía extinguirse, induciendo vergüenza y silencio. Hoy, la reducción del autoedadismo y la divulgación sexológica permiten a las mujeres maduras reivindicar su deseo. Muchas, tras divorcios o separaciones, exploran una sexualidad plena y libre. Científicamente, la función sexual depende de la salud y no de la edad. En los hombres, las dificultades de erección se vinculan al estado cardiovascular; un varón sano físicamente conservará una óptima función eréctil. El desafío actual reside en las normas sociales que asocian vejez con asexualidad. Desafiar este postulado es un acto profundamente transgresor. Normalizar la sexualidad activa en cuerpos maduros constituye el verdadero tabú contemporáneo.

A menudo se ha considerado la menopausia como el punto de finalización de la sexualidad femenina, pero la realidad actual muestra que las mujeres maduras suelen manifestar mayor seguridad en su intimidad que los hombres. ¿Qué factores explican esta dinámica?

Se trata de una paradoja en la que confluyen factores fisiológicos y psicológicos de interés clínico. Tradicionalmente se asociaba menopausia con fin de la sexualidad, lo cual es un error. En la madurez, los hombres experimentan con frecuencia una disminución natural en la respuesta eréctil, lo que genera ansiedad de ejecución y erosiona su seguridad. Por el contrario, las mujeres, aunque experimenten sequedad vaginal por la menopausia, cuentan con soluciones sencillas. Su capacidad orgásmica y receptividad permanecen intactas toda la vida. Esto otorga a la mujer madura un nivel de seguridad que contrasta con las inseguridades masculinas tradicionales, subvirtiendo los viejos mitos de género.

En el plano laboral, se plantea el modelo de «optimización selectiva por compensación» para revalorizar el talento de los trabajadores mayores frente al vertiginoso avance tecnológico. ¿Cómo debe articularse esta estrategia en las organizaciones para evitar que la veteranía dejen de ser un valor?

El modelo de optimización selectiva por compensación aboga por adaptar el puesto de trabajo a la evolución de las capacidades del senior. Una analogía deportiva aclara esto: un deportista de élite en su madurez pierde velocidad explosiva, pero su valor estratégico, lectura de juego y templanza son inigualables. En lugar de apartarlo, se reestructura su posición en el campo para potenciar sus fortalezas cognitivas y de liderazgo, donde su experiencia sea determinante. Las empresas avanzadas aplican este criterio promoviendo la mentoría inversa y equipos intergeneracionales donde los jóvenes aportan destreza tecnológica y los seniors contribuyen con experiencia estratégica y resolución de conflictos. El objetivo es alinear las funciones con las capacidades consolidadas de la persona mayor, no forzarla a competir en velocidad. Prescindir de profesionales a partir de los 55 años basándose en la edad constituye edadismo y un desperdicio de capital humano. La experiencia es un activo indispensable en campos de alta complejidad, donde la agudeza analítica se acrecienta con los años. El desafío radica en adaptar el entorno laboral, transformando la longevidad activa en un motor de valor organizativo y social.

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