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No queremos ser adultos

Para Aristóteles, la madurez consistía en educar el carácter hasta alcanzar una vida virtuosa. El ser humano no nacía plenamente formado: debía trabajarse a sí mismo mediante hábitos, disciplina y reflexión.

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12
junio
2026

Existe una sensación silenciosa que atraviesa buena parte de la sociedad española contemporánea: el miedo creciente a asumir plenamente la adultez. No se trata únicamente de una cuestión económica o generacional, sino de una transformación cultural mucho más profunda. Nunca habíamos vivido tantos años y, sin embargo, nunca había parecido tan difícil aceptar las responsabilidades emocionales, morales y existenciales de hacerse adulto. Durante siglos, madurar significaba algo muy concreto: aceptar límites. Comprender que la vida implicaba renuncias, frustraciones y obligaciones inevitables. Existía una cierta pedagogía del esfuerzo y también una comprensión trágica de la existencia. Desde los estoicos hasta Nietzsche, pasando por Aristóteles o Séneca, la filosofía entendió siempre que vivir consistía, en gran parte, en aprender a soportar el peso de la realidad sin derrumbarse.

Hoy, sin embargo, parece haberse instalado una cultura de la adolescencia permanente. Y no solo entre los jóvenes. La sociedad entera comienza a organizarse alrededor de la satisfacción inmediata. Queremos entretenimiento constante, estímulos rápidos y validación continua. La espera se vive como agresión; el aburrimiento, como fracaso; el silencio, como amenaza. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han explica que vivimos en una «sociedad del rendimiento», donde cada individuo debe vender constantemente una imagen optimizada de sí mismo. Ya no basta con existir: hay que parecer feliz, interesante, exitoso y emocionalmente estable en todo momento. Las redes sociales han acelerado enormemente esta transformación. Vivimos expuestos de forma continua a versiones idealizadas de la vida de los demás. Pero el problema no es tecnológico, sino filosófico: hemos empezado a construir identidades dependientes de la aprobación externa. El individuo ya no se define desde la introspección, sino desde la mirada ajena. Y ahí aparece uno de los síntomas más preocupantes de esta infantilización colectiva: la incapacidad creciente para tolerar la frustración. Cada vez cuesta más sostener relaciones largas, proyectos lentos o ideas complejas. Todo debe producir resultados inmediatos. El amor debe ser perfecto; el trabajo, estimulante; la vida, emocionante. En cuanto aparece el sufrimiento o la incomodidad, surge el impulso automático de abandonar.

El individuo ya no se define desde la introspección, sino desde la mirada ajena

Sin embargo, toda la filosofía clásica entendía exactamente lo contrario. Para Aristóteles, la madurez consistía en educar el carácter hasta alcanzar una vida virtuosa. El ser humano no nacía plenamente formado: debía trabajarse a sí mismo mediante hábitos, disciplina y reflexión. La felicidad, entendida como eudaimonía, no era una emoción pasajera ni un estado permanente de placer, sino la consecuencia de una vida construida con equilibrio, responsabilidad y sentido. Para Séneca, la verdadera libertad no dependía de las circunstancias externas, sino de la capacidad interior para soportarlas. El sabio no era quien evitaba el sufrimiento, sino quien aprendía a atravesarlo sin perder la serenidad. El dolor, la pérdida o la incertidumbre no eran anomalías de la vida, sino parte inevitable de ella. Precisamente por eso el estoicismo insistía tanto en fortalecer el espíritu: porque una persona incapaz de tolerar la adversidad termina convirtiéndose en esclava de cualquier emoción momentánea. Y para Friedrich Nietzsche, quizá el más radical de todos, una sociedad incapaz de soportar el dolor estaba condenada a debilitarse moralmente. Nietzsche observó ya en el siglo XIX cómo las sociedades modernas comenzaban a obsesionarse con la comodidad y la seguridad emocional. Según él, el exceso de protección podía terminar generando individuos frágiles, temerosos e incapaces de enfrentarse a la realidad. «Lo que no me mata me hace más fuerte», escribió, no como una frase motivacional, sino como una reflexión profunda sobre la necesidad humana de atravesar dificultades para crecer.

Ninguno de estos filósofos concebía la felicidad como ausencia de sufrimiento. Más bien entendían exactamente lo contrario: la dignidad humana aparecía en la manera de resistir el dolor, no en la fantasía de eliminarlo completamente. Madurar significaba aceptar que vivir implica frustración, límites y contradicciones inevitables. Resulta significativo que el lenguaje público contemporáneo esté lleno de expresiones como «sentirse bien», «fluir», «vibrar alto», «sanar» o «evitar sufrir». Conceptos legítimos, sin duda, pero que a veces esconden una idea peligrosa: creer que cualquier incomodidad debe desaparecer inmediatamente. Como si la misión última de la existencia consistiera únicamente en evitar el malestar.

Nietzsche observó ya en el siglo XIX cómo las sociedades modernas comenzaban a obsesionarse con la comodidad y la seguridad emocional

La consecuencia cultural de esta mentalidad es profunda. Hemos empezado a interpretar cualquier dificultad como una injusticia personal. El aburrimiento debe eliminarse. La tristeza debe corregirse rápidamente. La espera debe reducirse al mínimo. Incluso las relaciones humanas parecen haberse vuelto incompatibles con el conflicto o el sacrificio. Todo aquello que exige paciencia comienza a percibirse como una carga excesiva. Pero quizá una sociedad que no soporta la incomodidad tampoco pueda soportar la verdad. Porque pensar de verdad incomoda. Amar de verdad exige renuncias. Y crecer, inevitablemente, implica atravesar dolor.

No obstante, crecer siempre fue otra cosa. Madurar significaba aprender a convivir con el límite, con la contradicción y con la incertidumbre. Significaba entender que las cosas importantes requieren tiempo. Amar exige paciencia. Pensar exige lentitud. Construir una comunidad democrática exige aceptar desacuerdos y frustraciones. El adulto no es quien nunca cae, sino quien desarrolla una estructura interior capaz de levantarse. Y quizá esa sea la gran cuestión de nuestro tiempo. Porque una sociedad que pierde la capacidad de hacerse adulta corre también el riesgo de perder su capacidad de pensar críticamente, de sostener proyectos colectivos y de asumir responsabilidades históricas. Una sociedad formada por individuos emocionalmente frágiles termina siendo también políticamente vulnerable.

Esa es la clave de todo: la fortaleza interior. La pregunta ya no es únicamente qué tipo de economía o tecnología tendremos en el futuro, sino qué tipo de seres humanos estamos formando. Porque si todos permanecemos eternamente atrapados en la lógica emocional de la infancia, quizá acabemos construyendo sociedades incapaces de soportar la realidad.

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