Miriam González Durántez
«La brecha entre la sociedad y la clase política es enorme»
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Apagamos la grabadora y Miriam González Durántez (Olmedo, Valladolid, 1968) comenta que le gusta mucho el nombre de la revista. «Si la ética de las empresas se aplicase a la política, las cosas serían distintas», añade. Sabe bien de lo que habla. Hace más de dos años formó España Mejor, una lanzadera de propuestas de políticas públicas e iniciativas sociales cuyo objetivo es sanear y fortalecer el país. Hablamos con ella sobre el estado de la política española y los retos a los que se enfrenta la democracia.
El auge de los populismos, la fuerte polarización, la desinformación, la posverdad. Las democracias liberales están en jaque. ¿Cómo podemos fortalecerlas?
El reto más grande que tiene la democracia es un montón de ciudadanos que no encuentran soluciones a sus problemas del día a día. Si no logramos que gente que necesita vivienda o con rentas bajas tenga un sistema democrático que le ponga sobre la mesa soluciones, es cuando la gente cuestiona el sistema.
¿El problema es la gente que gestiona el sistema o el problema es el sistema? ¿Qué papel juega la sociedad civil en esta tarea de robustecimiento democrático?
En España, el papel de la sociedad civil todavía es escaso. Hay organizaciones estupendas, pero casi todas muy pequeñas, fragmentadas y de un nivel demasiado intelectual. La sociedad civil no es una cuestión de élites, sino de la calle. Creo que es esencial hablar, comunicarse, darle volumen a las posturas de la sociedad civil. Es parte de la idea por la cual lanzamos hace dos años y medio España Mejor, para intentar aglutinar muchas de esas voces y hacerlo de manera aterrizada. Uno de los problemas adicionales que tenemos es que casi todo ocurre en Madrid y Barcelona y el país es más que eso. Una de nuestras obsesiones era que las iniciativas tuvieran gente de todos los sitios que no se siente representada.
«Ejercer el poder con límites: de eso se tratan las democracias»
La separación de poderes, uno de los pilares de una democracia sólida, parece en riesgo. Sirvan como ejemplos el Tribunal Constitucional o el Consejo General del Poder Judicial, al que la Comisión Europea ya ha advertido varias veces que no cumple con los estándares de independencia.
Esto lleva en riesgo muchísimos años. Hay que aceptar que no se pueden ligar los problemas de la falta de separación real de poderes a lo que hace el Gobierno que está ahora mismo en el poder, porque en los anteriores también teníamos muchos de esos problemas. Con respecto a la justicia, los problemas datan de 1985. A partir de ahí, ni un solo año el CGPJ ha cumplido con los estándares que nos dicen el Consejo de Europa y la Comisión Europea. Yo soy más crítica con la Unión Europea: la última cosa que ha hecho la Comisión Europea reuniéndose con dos partidos — PP y PSOE— ha sido aceptar que, una vez más, se repartan los cromos de los jueces vocales del CGPJ sin involucrar al resto de los partidos ni al Parlamento, los jueces o la sociedad civil; [los han elegido] a puerta cerrada, sin mostrar las actas —que desde España Mejor hemos pedido—. Es inaceptable. Como también lo es que el CGPJ haya hecho dos propuestas de renovación sobre cómo se eligen sus miembros y ninguna cumpla al 100% los estándares europeos —lo acaba de decir el grupo Greco [Grupo de Estados Contra la Corrupción] del Consejo de Europa—. Nosotros hemos planteado que si hay dos propuestas bloqueadas en el Parlamento y los partidos políticos no se ponen de acuerdo, devuelvan la soberanía al pueblo: que lo sometan a votación popular, decimos nosotros si una u otra y que evolucionen a partir de eso.
Si llevamos tantos años con este problema, ¿es una cuestión de cultura política? ¿Es España la excepción en este incumplimiento o es una dinámica europea?
No lo veo como un problema cultural; la gente está harta. Es un problema de los partidos políticos, que se han hecho con todo el poder. Como no se les puso límites desde el principio —por buenas razones históricas en la Transición— y después no hicieron lo que correspondía —limitarse ellos mismos—, sino que fueron a por todo con una glotonería impresionante, ahora la gente está harta. Ejercer el poder con límites: de eso se tratan las democracias. No conozco ninguna otra democracia moderna en la que los políticos tengan tan pocos límites como aquí.
«No conozco ninguna otra democracia moderna en la que los políticos tengan tan pocos límites como aquí»
La corrupción ha alcanzado cotas nunca antes vistas en nuestra democracia. ¿Cómo se puede frenar la dinámica corrupta?
En diciembre de 2018, uno de los estudios del grupo de los verdes en el Parlamento Europeo calculaba que lo que nos dejamos en España en corrupción fueron 90.000 millones de euros al año. Eso es 1,3 veces todo el presupuesto de educación. No me parece que la situación de 2017 [con el caso Gürtel] sea muy diferente a la de ahora. De hecho, estamos todavía por ver si efectivamente hay financiación ilegal del Partido Socialista; hay muchos indicios, pero todavía no se ha confirmado. Lo más significativo de lo que ocurre en España —la financiación ilegal ligada a la contratación pública— es que encuentras un caso de corrupción y no depuras responsabilidades, cambias las normas y las refuerzas para que eso no vuelva a ocurrir. Operamos maquillando las normas y dejándolas en el mismo sitio, que es lo que da lugar a este péndulo de corrupción que tenemos. Lo hemos visto con un gobierno y con otro. El primero que recuerdo fue el de Felipe González. Hemos tenido un partido condenado por corrupción y todavía no tenemos la garantía del Tribunal de Cuentas de que han examinado los sistemas de control de ese partido y que no se están produciendo casos similares. Lo mínimo es que la sociedad tenga el confort de saber que hemos visto un agujero por el que se cuela la corrupción y lo hemos tapado.
Entonces, ¿hay que cambiar las leyes?
Por supuesto. No solamente hay que hacer pequeños cambios, hay que meterse a fondo con la ley de contratación pública. Para mí es fundamental revisar la ley de f inanciación de los partidos políticos. No puede ser que hayamos diseñado un sistema de financiación en el que les damos dinero público para que no estén en manos de intereses privados —por eso decidimos hacer este modelo en la Transición— y ahora los políticos cojan la financiación pública y los intereses privados. Si a usted le condenan por corrupción ligado a la financiación ilegal del partido, deje la financiación pública. Y si nosotros tenemos indicios de que se ha producido corrupción dentro del partido, habrá que poner un sistema de suspensión y que el Tribunal de Cuentas investigue. Si tocásemos el dinero que reciben, seguro que cambiaban enseguida la manera en la que actúan.

Desde España Mejor tienen una profunda visión y análisis de la situación del país. Además de lo ya mencionado, ¿considera que hay algún otro reto al que debamos hacer frente con urgencia?
La vivienda es un reto enorme, o que muchísimos jóvenes no pueden tener ni siquiera un plan de vida, o el modelo de rentas bajas que tenemos. Y hay cosas que soliviantan a la población no como tal, sino por cómo están siendo gestionadas, como la inmigración. Todos tenemos claros los asuntos de los que habla la sociedad en el día a día. Para mí, una piedra angular es la limpieza y regeneración, que no nos deja ir poniendo soluciones al resto de los problemas. Llevamos décadas haciendo esto: llegan los partidos políticos, se pasan tres años colocando a los suyos, después les empiezan a surgir los problemas y los siguientes años de gobierno es toda la defensiva. Ahí es donde tenemos ahora mismo al PSOE. Hay que poner límites básicos al poder para que esa energía política se ponga en solucionar problemas, como la vivienda o la educación.
«Hay un inmovilismo que no me extraña que la gente esté desesperanzada y con sensación de impotencia»
¿Por dónde empezamos esa tarea de limpieza y regeneración?
Por todos ellos. Como sociedad civil, les estamos poniendo las medidas, pero es más fácil hacerlo desde una opción política. Desde julio estoy trabajando en paralelo en una opción política, que no sé si va a salir. Les hemos puesto sobre la mesa un código ministerial con 99 medidas que [si sometiéramos] a votación en el país, a lo mejor hay cinco en las que no nos ponemos de acuerdo, pero el resto son de cajón. Esto se hace rutinariamente en otros países. ¿Cómo puede ser que todavía no lo tengamos en España? Esto se firma y en dos semanas lo tienes en marcha con unas estructuras de garantía. ¿No va a haber ni un solo líder de un partido político con representación parlamentaria que se anime a hacer una sola cosa? Es un inmovilismo que no me extraña que la gente esté desesperanzada y con sensación de impotencia. La brecha entre dónde está la sociedad y dónde está la clase política es enorme.
¿Estamos más atrasados que el resto de nuestros colegas europeos?
Europa va a la cola de cosas que están ocurriendo ahora mismo en el mundo. Tenemos de cinco a siete años para engancharnos a la tecnología y, si no, la caída va a ser abrupta. Creo que hay gente que lo entiende, pero no todos en Europa; además, hay algunos países que no se van a enganchar. Eso nos crea unos retos enormes como continente y también como país, porque en España dependemos mucho de esa red de seguridad que es la Unión Europea. Tenemos un gran reto, que es que no se educa a las poblaciones más jóvenes en el factor riesgo; es un área que tenemos que trabajar más. No hay ninguna razón por la que España no pueda ser de esos países europeos que se enganchan a la fase siguiente. Aquí hay buena base, hay un talento enorme.

Menciona que tenemos de cinco a siete años para ponernos al día con la tecnología y que, si no, el batacazo será importante. Para usted, los jóvenes son la clave del cambio. Pero estos se enfrentan a tasas de desempleo juvenil, trabajos precarios, bajos sueldos, emancipación tardía por el elevado coste de la vivienda. ¿Qué propone para involucrarles en esa transformación?
Hicimos una megaencuesta de 11.000 jóvenes y los resultados… Han dado por perdido poder lograr una educación que les prepare para los trabajos que van a tener que hacer o poder irse al extranjero y conseguir experiencia práctica. Más del 80% decía que, si hubiese sistemas que les escuchan cuando hablan y que actúan con lo que dicen, estarían más involucrados en política. Nosotros hemos estado trabajando dos años con jóvenes en algo muy novedoso en España: aplicar las ciencias del comportamiento a las políticas públicas, que es tener en cuenta el comportamiento real de la sociedad cuando se legisla para que no ocurra lo que en nuestro país, que sacan leyes, las publican en el BOE y luego no tienen efecto en la sociedad. Después de esa megaencuesta, trabajamos el emprendimiento juvenil para darles experiencia práctica. Cuarenta y ocho jóvenes han dedicado su tiempo libre a hacer propuestas específicas y eso se ha testeado con seiscientos jóvenes elegidos de manera que representen todos los ámbitos de la sociedad. Vinieron los jóvenes a presentárselo in situ a los políticos en el Congreso; ¿sabes cuántos representantes de partidos políticos había ahí? Ni uno.
«No es que los jóvenes no quieran contribuir, es que los políticos no quieren escuchar»
No es que los jóvenes no quieran contribuir, es que los políticos no quieren escuchar. Los errores que se han cometido, llevados sobre todo de la mano de las instituciones europeas, han sido enormes. Hay países que están mejor posicionados, como Francia, que podría tirar con inteligencia artificial —están haciendo cosas de simulación, por ejemplo, muy interesantes—. Las instituciones europeas se pasaron diez años pensando que todo lo que tenían que hacer era reglamentar, que les iban a dar con un martillo a las tecnológicas estadounidenses y todo se iba a arreglar. Puede que parte de eso esté bien, pero en paralelo tienes que crear las condiciones para tener tecnología propia e ir avanzando. Como eso no se ha hecho y esto avanza a una velocidad increíble, ahora tenemos que hacer mucho en muy poco tiempo. Queda todavía un trecho largo, interesantísimo para Europa y donde España podría estar bien posicionada: las aplicaciones tecnológicas en los sectores en los que somos punteros. Todas las aplicaciones de la tecnología en turismo o en agroalimentario; eso tiene que ser nuestro. Cuando veo a la comisaria española de Competencia y Tecnología [Teresa Ribera] hablando todavía de reglamentar, [pienso] que aún no se han enterado de que la soberanía reglamentaria viene de la fuerza económica.
¿Cuál es el principal potencial de este país que podamos utilizar como palanca de cambio?
En España tenemos cosas magníficas que deberían ayudarnos en esta época. Una de ellas es la diversidad, que se valora mucho en el sector empresarial, pero no lo suficiente en política. Otra es nuestra espontaneidad, esa capacidad de reacción rápida como cultura. Y el talento. Suplimos con el talento individual lo que no nos da el sistema.
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