Siglo XXI

Nueva (y vieja) historia de las dos Españas

Aunque la democracia implica la existencia de posiciones enfrentadas, también pasa por el respeto a unos valores comunes en torno a los que poder articularse: si en septiembre la falta de acuerdos y capacidad de colaboración de las fuerzas políticas preocupaba a un 7,7% de los ciudadanos, hoy la cifra supera el 15%.

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19
Ene
2021
polarización

En cada sesión, bajo los techos del Congreso de los Diputados flotan las injurias y descalificaciones disparadas por los representantes de la clase política española. Es habitual asistir al tiroteo de improperios entre ambos lados de la bancada, un vulgar espectáculo que resume las formas con que la democracia se ha ido rebajando, forzosamente, durante los últimos meses y años: el tan manoseado fenómeno de la polarización es, en resumen, la apertura de una brecha entre esas dos Españas… si es que alguna vez estuvo cerrada.

Tal y como sostienen algunos, la raíz más actual del problema reside en un calendario que ha obligado, desde el año 2014, a la celebración más de doce comicios electorales, entre ellos, a cuatro elecciones generales. Según Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación política, esto «ha provocado un exceso competitivo en los candidatos y en las formaciones políticas», lo que causa que la competitividad entre ellos se sitúe por encima de cualquier otra consideración. Esta lucha, a su vez, favorece la polarización e incluso la crispación social, especialmente cuando los resultados ofrecen complejos escenarios de gobernabilidad.

Afirmaba Raymond Aron que la democracia se define como «la organización de la competencia pacífica para el ejercicio del poder», pero su comprimida concentración también puede llegar a erosionarla. Al fin y al cabo, el filósofo francés también destacaba la importancia que residía en la propia conciencia del compromiso. La impresión de debilidad del gobierno actual es, también, una de las claves de los continuados enfrentamientos a los que asistimos hoy: si la coalición se percibe como sujeta mediante flojos lazos, el resto de fuerzas políticas puede pensar fácilmente en su derribo y, según Gutiérrez-Rubí, «en que el resultado electoral es provisional y no puede durar». Pau Alarcón, investigador de ciencias políticas, no duda en afirmar algo similar. «La deliberación implica considerar todos los puntos de vista, adoptar empatía. Sin embargo, la lógica política actual es competitiva. Basta hacer un poco de memoria histórica para comprobar el gran peligro que supone esta falta de compromiso democrático», señala.

Antoni Gutiérrez-Rubí: «El presente se ha vuelto el único espacio, y eso es un problema para la política democrática»

Parte de esta polarización y del afán por competir sin piedad se observa en los actos, pero también en las airadas palabras de los diputados, que surgen ya no exclusivamente en el ámbito parlamentario –donde hiperbólicas acusaciones de golpismo, deslealtad y criminalidad son habituales– sino también en redes sociales, donde la batalla parece darse en una infinita guerra de trincheras. «Las redes sociales aceleran los tiempos porque la competición se da por conseguir la atención de la gente. Estas plataformas son espacios ultracompetitivos donde los electores pasan muchas horas y toman muchas decisiones en base a la información que consumen. Está claro que son lugares que agitan y excitan. Al final, las cámaras de eco que se crean están basadas en aquello que el algoritmo cree que es lo más adecuado a tu patrón para retenerte, no para informarte», explica Gutiérrez-Rubí. Como bien ha demostrado Donald Trump, los torrentes de información de las redes sociales, a veces envenenados mediante bulos o mentiras, son una parte fundamental de la pugna constante por la atención del electorado.

Esta fractura democrática, de hecho, muestra su potencial gravedad en los acontecimientos que tuvieron lugar recientemente en el Capitolio de Estados Unidos, un país que pocas veces, hasta este momento, había estado tan dividido. Raymond Aron afirmaba que el régimen parlamentario funcionará con mayor fuerza cuanto más fuerte fuese el sentimiento de solidaridad entre los políticos y, aunque pueda sonar paradójico, no lo es: la democracia implica, efectivamente, la existencia de posiciones enfrentadas, pero también el respeto a unos valores comunes en torno a los que poder articularse.

Entre dos aguas turbulentas

La polarización no es un fenómeno absolutamente nuevo, ya que la división se hizo aún mayor tras la derrota del bipartidismo, cuando los dos grandes partidos pasaron de poseer más del 80% de los votos a no alcanzar el 50%. Sin embargo, como los sarpullidos, ya antes del descenso se dejaban ver sus primeros síntomas. «Con el bipartidismo tampoco había deliberación alguna, con las mayorías absolutas ni siquiera era necesario llegar a acuerdos para legislar», recuerda Alarcón. Su hito principal llegó hace pocos años con la ruptura del consenso político acerca de la Transición y la propia Constitución de 1978, que dejó claro que nada iba ya a ser unánime: lo que antaño había sido expuesto como un ejercicio de compromiso y pacto político es, ahora, un símbolo del que no todos se muestran especialmente orgullosos; y algunos, de hecho, lo rechazan ahora con inusitada y constante vehemencia. Fue la politóloga belga Chantal Mouffe quien primero adivinó, antes del estallido de la crisis económica de 2008, que una bomba estaba a punto de estallar en los países occidentales y que las difusas diferencias ideológicas de los partidos podían resultar en la emergencia de numerosos demagogos, populistas y nacionalistas.

Sin embargo, aunque el origen de esta brecha lo tenemos que situar años atrás, su fuerza no había alcanzado la virulencia continua de la que hace gala ahora. Los gigantescos casos de corrupción, el bloqueo político, las pretensiones separatistas y las campañas electorales despreciativas pervirtieron la esencia de la política democrática, obligando a apartar la mirada del horizonte y situarla sobre nuestros pies. «El presente se ha vuelto prácticamente el único espacio y eso es un problema para la política democrática y la política transformadora, porque la política administra tiempo. No hay nada que se pueda hacer tan solo en un determinado momento, para todos y al mismo tiempo: todo necesita gradualidad. Si tú pierdes el control del tiempo, si los ciudadanos dejan de entender todo esto y se vuelven inmaduramente exigentes… Entonces la política democrática queda muy arrinconada y con graves problemas», señala Gutiérrez-Rubí.

Pau Alarcón: «La actitud de los líderes políticos tiene una enorme responsabilidad en relación a la crispación de la sociedad»

Es así como suelen surgir políticos de corte populista, ofreciendo soluciones rápidas y sencillas –y, con frecuencia, fallidas– a problemas sumamente complejos. Para él, ese es el momento en que la política como herramienta para el bien común desaparece o, al menos, se corrompe. Por su parte, aunque escéptico frente al concepto de bien común en una sociedad capitalista como la nuestra, Alarcón añade, a este respecto, un ejemplo respecto al cambio climático. «Debería ser evidente que frenar el calentamiento global forma parte del bien común, ya que afectará muy gravemente a todas las nuevas generaciones de seres humanos, pero el interés económico de las grandes empresas pasa por retrasar las medidas necesarias, ya que estas implican la pérdida de beneficios a corto plazo», explica.

Es especialmente significativo que ni siquiera durante la reciente Comisión para la Reconstrucción hayan podido bajarse las espadas, dando lugar a fuertes enfrentamientos que hubieron de ser mediados por el presidente de la misma, Patxi López. Pau Alarcón considera que esto es algo significativo. «La actitud de los líderes políticos tiene una enorme responsabilidad en relación a la crispación de la sociedad. El caso de Vox es especialmente preocupante, convertido en una máquina de divulgar bulos y mensajes de odio acorde a sus intereses políticos. Plantear este tipo de mensajes desde las instituciones legitima posicionamientos antidemocráticos», señala. Y añade: «El sistema democrático se desgasta en la medida en que no cumple las expectativas».

El reflejo de la profunda división social se da, sobre todo, en los ámbitos más identitarios. Según un estudio del CSIC, los partidos políticos españoles se encuentran cada vez más lejos en su posición ideológica y territorial, mientras que los sentimientos de los votantes de un partido hacia el resto están entre los más negativos del mundo. La lógica competitiva, al igual que una cadena, parece haberse roto en dos, y si bien esta es esencial para el funcionamiento del sistema democrático, también puede volverse en contra del mismo, enmarañando cada ruta de acción. Al fin y al cabo, el gobierno y la oposición –que no deja de ejercer como una suerte de contragobierno– representan dos caras de la misma moneda, de la misma comunidad. El CIS ya refleja una preocupación que, desde hace poco, ha ido aumentando exponencialmente: mientras la «falta de acuerdos, unidad y capacidad de colaboración» preocupaba a un 7,7% de los ciudadanos en septiembre, hoy esa cifra se ha doblado hasta superar el umbral del 15%.

Aunque la democracia sea el único sistema que incita a los gobernados a protestar contra los gobernantes, no puede permitirse ser el único sistema que permita destruirse desde dentro. El multipartidismo en el que ahora está envuelta la política española puede, quizás paradójicamente, salvarle: si evita caer en una guerra de bloques, es difícil no llegar a acuerdos que, por necesidad, han de darse. Al no tener la capacidad para llegar a mayorías absolutas para gobernar en solitario, el diálogo entre fuerzas opuestas surge como una necesidad natural. Salvo excepciones, los contrincantes son adversarios, pero no enemigos. «Es muy necesario promover una democratización constante de todo sistema político. Si no se avanza en términos de profundización de la democracia, se crea el riesgo de que se produzcan episodios antidemocráticos», concluye Alarcón. Al igual que el mito de Sísifo, en democracia la conquista nunca termina: consiste en subir la roca, poco a poco y cada día, hasta el punto más alto de la montaña.

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