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Siglo XXI

Psicología de un votante populista

Desde la perspectiva psicológica, estos votantes pueden mostrar menor inclinación al consenso, mayor neuroticismo, mayor preferencia por estructuras jerárquicas y una tendencia a aceptar explicaciones simplificadas de la realidad, así como mayor susceptibilidad a narrativas conspiranoicas.

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20
abril
2026

Hay personas que antes se inclinaban por un extremo político y ahora se sitúan en el opuesto. Todos conocemos a alguien. A veces, conversar con ellos se vuelve complicado. Se intenta un debate racional, pero uno se encuentra con un intercambio de emociones. Al explorar las ideas del otro, se nota cierta simplicidad en el discurso y escasa profundidad. Los argumentos suelen resumirse en soluciones fáciles para problemas complejos. Escuchar a ese amigo, que de repente se ha convertido en un votante populista, puede decepcionar y, al mismo tiempo, despertar un temor sutil a que uno mismo pueda verse arrastrado en algún momento hacia esa misma lógica.

En una conferencia reciente en la Fundación Juan March, Fernando Vallespín señalaba que estamos ante un cambio de era marcado por la convergencia de crisis globales: el debilitamiento de democracias, la descomposición del orden internacional, los conflictos bélicos, las amenazas nucleares, el cambio climático o los avances tecnológicos de la inteligencia artificial. También destacaba la ruptura de la idea de progreso que durante décadas aportó estabilidad a las sociedades occidentales. La globalización ha dejado ganadores y perdedores, y muchas clases medias experimentan estancamiento y frustración. Este malestar crea un terreno fértil para el populismo, que ofrece respuestas inmediatas ante la sensación de desilusión y la percepción de ineficacia de las democracias tradicionales, en un contexto social cada vez más complejo y lleno de intereses contrapuestos.

Ante este escenario, pueden identificarse tres grandes posturas políticas. Por un lado, los partidos tradicionales, que buscan preservar el sistema democrático y el Estado de derecho. Por otro, la retrotopía, representada por movimientos populistas y nacionalistas que idealizan el pasado. Por último, emerge una visión más disruptiva que plantea reorganizar la política desde criterios de eficiencia, incluso a costa de sustituir mecanismos democráticos por modelos tecnocráticos o apoyados en la tecnología.

Según Luis Miller, si nos fijamos en el votante populista, diversos estudios apuntan a que la emoción predominante no es tanto el miedo, sino el enfado. A ello se suman el malestar, la frustración o la ansiedad, junto con una sensación de amenaza respecto al propio estatus. El enfado actúa como motor que empuja hacia opciones que prometen cambios contundentes o que desafían directamente al sistema. También influye la percepción de exclusión: cuando las personas sienten que no cuentan o no son escuchadas, tienden a desconectarse de la política tradicional y a buscar otras alternativas.

Desde una perspectiva psicológica, algunos estudios señalan que estos votantes pueden mostrar menor inclinación al consenso, mayor neuroticismo, mayor preferencia por estructuras jerárquicas y una tendencia a aceptar explicaciones simplificadas de la realidad, así como mayor susceptibilidad a narrativas conspiranoicas. A ello, se le suma la dificultad para discriminar entre información fiable y desinformación en entornos saturados de estímulos.

El componente emocional del voto populista también puede entenderse desde la salud mental. Vivir en un contexto de incertidumbre prolongada, con sensación de pérdida de control o falta de reconocimiento social, tiene efectos claros, como el aumento del estrés y la ansiedad y la necesidad de encontrar certezas rápidas. En este sentido, los discursos populistas no solo ofrecen respuestas políticas, sino también un alivio emocional. Simplifican la realidad —«nosotros» frente a «ellos»— y devuelven una sensación de pertenencia y control.

Cuando las personas sienten que su grupo o forma de vida está en riesgo, el atractivo del populismo se intensifica

Otro elemento clave hoy en día, según Miller, es la importancia de la subjetividad. Cuando las personas perciben amenazas económicas, culturales o relacionadas con su identidad, los discursos populistas ganan fuerza. No importa tanto la situación objetiva como la forma en que se interpreta. A veces existen razones reales para el desencanto; otras, la percepción amplifica o distorsiona esas condiciones. El factor identitario también resulta determinante. Cuando las personas sienten que su grupo o forma de vida está en riesgo, el atractivo del populismo se intensifica. La psicología social muestra que no solo votamos por intereses individuales, sino también por pertenencia grupal. Estos discursos satisfacen la necesidad de identidad y cohesión.

Los medios y las redes sociales amplifican este fenómeno. Los contenidos más emocionales, especialmente los negativos, son los que más se difunden. Los mensajes polarizantes generan más interacción y refuerzan la percepción de que determinadas ideas son mayoritarias, creando cámaras de eco que consolidan esas creencias y dificultan el contraste con otras perspectivas.

Comprender el papel de las emociones —especialmente el enfado vinculado al estancamiento de las clases medias— permite explicar el auge del populismo, pero también revela los desafíos a los que se enfrentan las democracias actuales. No todos los votantes populistas responden únicamente a impulsos emocionales o a la desinformación. En muchos casos, expresan malestares reales —precariedad, pérdida de estatus, falta de representación— que no han encontrado respuesta en los canales tradicionales. Es comprensible que muchas personas se sientan frustradas o desatendidas; el problema reside más en la naturaleza de las soluciones que se proponen. Además, el rechazo al sistema no implica necesariamente que existan alternativas mejores.

Como señala Vallespín, quizá la respuesta no pase por romper las reglas del juego, sino por replantear cómo se juega: reconstruir una narrativa nueva de progreso que integre las preocupaciones reales de amplias capas de la población, gestionar la frustración colectiva y recuperar valores como la moderación, el debate o el reconocimiento mutuo. Esto implica crear contextos —en lo cotidiano y en lo público— donde el intercambio sea posible sin caer en la descalificación constante. Escuchar más allá de los afines, argumentar en lugar de reaccionar y fomentar espacios de interacción real pueden contribuir a romper la dinámica emocional que alimenta la polarización. Volver a unificar los valores que tradicionalmente estaban ligados a nuestro sistema democrático. Ver lo que tenemos en común y no solo lo que nos diferencia.

En definitiva, el auge del populismo no puede entenderse solo como un fenómeno político, sino también como un reflejo del malestar emocional de nuestras sociedades. Abordarlo exige no solo respuestas institucionales, sino también una comprensión más profunda de las necesidades psicológicas, sociales y simbólicas de los ciudadanos. Cierto es que las emociones pueden llevar a sesgos o a reforzar posiciones previas, pero, otras veces, también empujan a informarse más, a implicarse y a participar mejor en la democracia. Ese es el verdadero desafío. Cómo gestionar esas emociones sin que terminen erosionando la convivencia democrática.

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