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«Hemos normalizado que antes o después nos tengamos que ir de nuestro barrio»

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Irene Signorelli
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21
abril
2026

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Irene Signorelli

«Empecé escribiendo este libro, en parte, porque quería saber qué queda de nosotros en los lugares que habitamos», explica la periodista y escritora Llucia Ramis, quien, tras ganar el IV Premio de No Ficción Libros del Asteroide, presenta ‘Un metro cuadrado’.  Se trata de una crónica y, al mismo tiempo, de una especie de autobiografía: la escritora, originaria de Mallorca, recorre los diferentes pisos en los que ha vivido desde que llegó hace veinte años a Barcelona. Visitando cada uno de esos apartamentos compartidos, traza un mapa temporal y geográfico de la progresiva gentrificación urbana y construye el relato de una ciudad convertida en producto de mercado, en espacio de inversión, en un lugar sin habitantes, pero lleno de consumidores.


Sostiene que no hay nada más humano que una vivienda y nada más inhumano que ser expulsado de la propia vivienda.

El mundo está cada vez más deshumanizado y en gran medida es porque hemos convertido todos los aspectos de la vida en productos de mercado. Es como si todo tuviera que ser rentable, pero para convertir ciertas cosas en productos rentables hay que ir en contra de las personas. Una casa, para ser un hogar, tiene que ser estable, sin embargo, una casa solo genera dinero cuando se mueve. En las últimas décadas y de forma paulatina hemos ido construyendo un mundo deshumanizado donde todo se puede comprar y vender y, por tanto, donde todo se puede perder si no se siguen las imposiciones del mercado. Cuando una persona pierde su casa lo pierde todo, pero hemos llegado al punto de que las reglas del juego justifican que alguien pierda una casa cuando es para que otro gane más dinero. Por tanto, la pregunta que tenemos que hacernos es quién decide dónde podemos vivir, porque ya no depende de nosotros.

«Hemos llegado al punto de que las reglas del juego justifican que alguien pierda una casa cuando es para que otro gane más dinero»

Usted subraya la contradicción en la que entra la Constitución cuando afirma que todos tenemos derecho a una vivienda y, al mismo tiempo, garantiza la propiedad privada.

Son dos leyes que entran en conflicto. El problema es que, desde el franquismo hasta la actualidad, siempre se ha puesto en el centro la propiedad y no la vivienda. Afirmar que todos tenemos derecho a una vivienda no implica tener derecho a comprar o a tener una vivienda en propiedad. Significa solo tener derecho a tener una vivienda digna donde vivir, aunque no sea de propiedad. El problema es que, actualmente, no se están cumpliendo dos de las cosas fundamentales que dice la ley: no se está asegurando una vivienda digna y tampoco se está impidiendo que se especule con la vivienda. Pienso en Ibiza o en Mallorca, donde hay gente –trabajadores de hostelería, maestros que suplen una plaza…– que vive en caravanas porque los sueldos no le permiten pagar 800€ ya no por un apartamento, sino por una habitación, a veces incluso por una habitación compartida. En esta situación, ¿dónde está la dignidad? Se habla muy a menudo de la dificultad de los más jóvenes para acceder a la vivienda, pero no se habla lo suficiente de que las que tenemos ahora 50 años corremos el riesgo de perder nuestra casa si no conseguimos hacer frente a los alquileres. Y cuando te echan de casa y no hay alternativas, porque el mercado ha hecho que no las haya, no solo pierdes la casa, sino también el barrio, los vecinos e, incluso, en ocasiones, tu ciudad o tu isla. Hace un tiempo conocí a un hombre que, con 43 años, tuvo que irse de Ibiza y trasladarse a Mallorca, donde viven sus padres, porque no podía permitirse un apartamento en Ibiza, la isla donde había vivido siempre y donde tenía trabajo.

«No se habla lo suficiente de que las que tenemos ahora 50 años corremos el riesgo de perder nuestra casa si no conseguimos hacer frente a los alquileres»

La situación se vuelve todavía más complicada en el caso de jubilados con pensiones mínimas y que no poseen casa en propiedad.

Exacto. Se habla a veces de los propietarios vulnerables, pero son una minoría. Lo que sucede es que dan argumentos a los grandes propietarios que son los que realmente hacen negocio. Si existieran políticas sociales eficaces la gente no necesitaría tener un apartamento para alquilar y así asegurarse una pensión digna o pagarse su propio piso. En el libro, hablo de una mujer de 50 años escasos que se va a vivir con su madre para así poner en alquiler el apartamento que se ha comprado. Con el alquiler, puede pagar la hipoteca y asegurarse una pensión decente. Esto es perverso. Son casos minoritarios en el sentido en que cuando hablamos de especulación nos referimos a propietarios que tienen centenares de viviendas en propiedad. El otro día, se publicó el nombre de 13 propietarios que tienen en total 100.000 viviendas. ¿Sabes qué significa que 100.000 viviendas estén en tan pocas manos? Significa que hay una acumulación de riqueza que, como dice Javier Rubio, crea un nuevo feudalismo: tú terminas trabajando para otro y lo que ganas con tu trabajo está destinado casi exclusivamente a pagar al otro para asegurarte un techo. Se crean así relaciones ya no solo desequilibradas, sino de sumisión.

«Se crea un nuevo feudalismo: tú terminas trabajando para otro y lo que ganas con tu trabajo está destinado casi exclusivamente a pagar al otro para asegurarte un techo»

En el libro, señala que desde el franquismo se ha construido una sociedad de propietarios y que con la democracia este sistema se ha ratificado.

El franquismo se encuentra con ciudades – yo me centro en Barcelona, pero no es una excepción– en las que hay muchas chabolas, en las que vivía gente proveniente mayoritariamente de los pueblos en busca de un trabajo. Son personas bastante politizadas y lo que se busca es neutralizarlas, hacer que no salgan a la calle a reivindicar unas condiciones más dignas. Ten en cuenta que, al inicio del franquismo, Barcelona tenía alrededor de 30.000 chabolas. Ante el miedo de protestas, Franco comienza a hacer macroconstrucciones cerca de las fábricas en las que alojar al máximo de gente trabajadora posible. Como se decía entonces, España tenía que ser un país de propietarios y no de proletarios. Cuando llega el socialismo, el gobierno de González debe hacer frente a una deuda, fruto de la crisis del petróleo del 73, que el franquismo no había resuelto. Se necesitan ayudas de Europa, que, desde el inicio, le dice a España que para recibir estas ayudas la propiedad pública debe dejar de hacerle competencia a la propiedad privada.

Y a partir de entonces…

La propiedad privada se vuelve algo central hasta el punto de que todas las ayudas para la vivienda van dirigidas a la compra, no al alquiler. Además, con el paso del tiempo, aquellas propiedades dejaron de ser públicas y pasaron a manos privadas. El Estado se quedó así sin suelo público y se empezó a hacer cada vez más negocio con estas viviendas. Después de la crisis de 2008, sobre todo a partir de 2010, puesto que mucha gente no pudo hacer frente a las hipotecas, las viviendas acabaron en manos de los bancos y muchas acabaron siendo vendidas a los fondos buitre, que pusieron –y ponen– alquileres desmedidos.

Hablaba de las chabolas. En Barcelona, en ocasión de las exposiciones internacionales, tanto la de 1888 como la de 1929, se derribaron muchas para construir casas más caras. Es decir, ya entonces se especulaba con el suelo.

Claro. Porque siempre se ha pensado Barcelona como un lugar para invertir. Lo que comentas volvió a pasar con las Olimpiadas. Se buscó, una vez más, inversores extranjeros, convirtiendo la ciudad en una especie de influencer atractiva para quien viene de fuera y tiene dinero, mientras que no se cuida al de aquí, al residente de siempre. Es angustioso vivir endeudado con un banco durante 40 años y es igual o más de angustioso saber que a los 3 o 5 años tu contrato de alquiler puede aumentar de tal manera que no lo puedas pagar. En estas circunstancias, es imposible pensar en el futuro y crear vínculos con tu entorno, porque la sensación que tienes es que todo lo que te rodea tiene fecha de caducidad.

«¿Cómo puedes tener la estabilidad necesaria para construir algo si no sabes si podrás seguir pagando tu casa?»

De ahí la idea de precariedad que recorre toda su narrativa y que afecta a todo: la vivienda, el trabajo, las relaciones….

Todos mis libros hablan de la crisis, pero de una crisis sistémica y, por tanto, también de una precariedad asimilada. Hemos normalizado que antes o después nos tengamos que ir de nuestro barrio, hemos normalizado no llegar siempre bien a final de mes o tener problemas para conseguir una vivienda. ¿Cómo puedes tener la estabilidad necesaria para construir algo si no sabes si podrás continuar viviendo en el lugar en el que resides o si no sabes si podrás seguir pagando tu casa? Se habla del derecho a una vivienda digna y adecuada, pero ¿qué significa realmente? Porque ¿dónde está la dignidad en una situación de este tipo? Si nosotros somos memoria de la ciudad, si nosotros somos memoria de los lugares habitados, el hecho de que nos expulsen de nuestras casas y de nuestros lugares por un tema económico conlleva una pérdida de memoria de la ciudad.

Una ciudad, Barcelona, a la que se ha definido como la mejor tienda del mundo, a la que se ha animado a ponerse guapa, a la que se ha retratado falsamente en películas como Vicky Cristina Barcelona…

Porque, volvemos a lo de antes, se ha vendido Barcelona a la inversión extranjera y así todos nosotros hemos sido también vendidos. Barcelona es una ciudad que está constantemente en venta. Como dice José Mancilla, el turismo consiste en vender lo que no es tuyo: el buen tiempo, la arquitectura, la sanidad… Es convertir en producto todo lo que es más humano, empezando por la propia casa y la ciudad. Y para hacer de todo ello un producto rentable, hay que aumentar los precios perjudicando a quienes viven aquí, a los barceloneses que asisten a como se está vendiendo su ciudad y todo lo que a ella pertenece.

«Se ha vendido Barcelona a la inversión extranjera y así todos nosotros hemos sido también vendidos»

«En la calle han abierto un estudio de posproducción, una tienda de ropa hecha a mano, otra infantil de diseño, una coctelería donde estaba el bar de copas, una cafetería gluten free y ha cerrado la lavandería. El Quimet y Casa Anita siguen ahí», escribe.

Esta es otra forma de expulsión. Las tiendas, los productos y los precios ya no son para ti. Ya no son para los vecinos. Y tú te das cuenta de que los precios de lo que se vende no están a tu alcance y que lo que se vende no es para ti. Esto lleva a que algunos cambien su tipo de negocio para interpelar a los nuevos clientes. El problema es que los pequeños negocios, aun adaptándose a los nuevos clientes, tampoco pueden asumir el aumento de los alquileres por lo que muchas tiendas de siempre terminan convirtiéndose en franquicias, que son las únicas que pueden costear los alquileres cada vez más altos de los locales. De esta manera, hay zonas de la ciudad que quedan en manos de franquicias y de gente con dinero.

Sobre todo en el centro de las ciudades.

Se nos recrimina por querer vivir en el centro, pero ¿por qué no podríamos? Yo antes vivía en el centro de Barcelona, pero ahora me sería imposible. El Eixample se ha encarecido muchísimo por los pisos turísticos y los alquileres temporales. Gràcia también se ha encarecido mucho, porque se ha puesto de moda. El centro ya lo ocupa todo. ¿Dónde termina? Se dice que el problema es que todos quieren vivir en Barcelona, en Madrid, en Mallorca… ¡Claro! Si somos de estos lugares… Es cierto, la Constitución no reconoce el derecho de vivir en el lugar donde has nacido y/o crecido, pero quizá sí debería reconocer el derecho a vivir en el lugar en el que se trabaja, por ejemplo, o en el lugar donde tienes a la familia…

«Esta es otra forma de expulsión: las tiendas, los productos y los precios ya no son para ti»

¿Alquilar a turistas o temporalmente es más rentable?

Se ha elaborado, de manera muy interesada, todo un lenguaje que tiene como objetivo despertar el miedo hacia el otro, pensar en el otro como amenaza. Se construyen bloques de viviendas que miran hacia adentro, de espaldas a la calle; se habla continuamente de la okupación, se promocionan alarmas…En lugar de preguntarnos por qué alguien no puede pagar el alquiler, se le criminaliza. Los alquileres turísticos o temporales son dinero rápido, es cierto, pero sobre todo son estrategias para poder poner alquileres altos con tranquilidad porque al cabo de poco tiempo los inquilinos se irán y tendrás otros. Es una forma de criminalizar aún más a quien puede tener problemas para pagar: se le excluye de la posibilidad de alquilar.

Y aquí juegan un papel clave los expats: con sueldos muy elevados y sin pagar impuestos en España, pueden acceder a alquileres inasequibles para los de aquí.

Los expats pueden pagar precios dos, tres y cuatro veces más elevados que el resto. Nosotros tenemos unos salarios mucho más bajos que el resto de Europa o de Estados Unidos. No hay ningún tipo de protección hacia los que aquí vivimos y los expats mueven dinero. Convertimos así la ciudad en un lugar de consumo, no de personas: vienen aquí con dinero, vienen a una ciudad con buen tiempo, donde todo les resulta relativamente barato y, por tanto, donde pueden gastar sin problemas… No les interesa nada más. No sienten la necesidad de integrarse en la sociedad ni tampoco de aprender la lengua. Viven principalmente en inglés y la ciudad se adapta a ellos.

«Los ‘expats’ viven principalmente en inglés y la ciudad se adapta a ellos»

Y al resto se nos dice que este es el único modelo económico viable.

Exacto. Se nos dice que vivimos del turismo y que sin turismo seríamos pobres. Y, al final, terminamos por creérnoslo. La profecía se cumple. Todos los negocios terminan inscribiéndose en la hostelería y apelando a los turistas, asumiendo que no hay más alternativa. Y, en parte, hemos conseguido que así sea: hemos creado un monocultivo que impide que otra actividad económica funcione a largo término, por lo que nos vemos abocados a mantener este monocultivo. Y, ¿cómo se mantiene? Haciendo que cada vez venga más gente con dinero de fuera favoreciendo que la desigualdad aumente. El que tenga más dinero, comprará más, explotará sus riquezas…

Y se afianzará ese feudalismo del que hablábamos al inicio.

Hemos creado un sistema muy difícil de revocar. Tendrías que arrasar con todo, pero hay mucha gente que se dedica al turismo, mucha gente que ha invertido en vivienda… ¿Cómo les dices que, a partir de ahora, todo se ha acabado? Esta es la gran pregunta. Llegados a este punto, ¿cómo desandamos el camino ya trazado?

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