TENDENCIAS
Sociedad

Formación reactiva

Lo que no nos atrevemos a ser

La mente busca caminos para escapar del dolor. Desde la psicología y el psicoanálisis se han estudiado estos mecanismos y la forma de reaccionar a aquello que nos desborda.

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
22
abril
2026

¿Podemos controlar nuestros deseos? ¿Qué consecuencias tiene reprimir nuestras emociones? ¿Ser capaces de controlar nuestros impulsos no es, precisamente, aquello que nos diferencia como seres humanos? Estas preguntas han ocupado un lugar central en las teorías del psicoanálisis. Sigmund Freud definió los mecanismos de defensa como «las luchas del yo contra ideas y afectos dolorosos e insoportables». Esta formulación, retomada y desarrollada por Anna Freud, subraya que el inconsciente despliega diversas estrategias para protegerse del malestar psíquico. En un primer momento, estas defensas se asociaban principalmente con una especie de represión. Sin embargo, Anna Freud amplió esta perspectiva al considerar la represión como solo uno entre varios mecanismos posibles.

Los mecanismos de defensa pueden entenderse como un conjunto de recursos que utilizamos para hacer frente a conflictos internos que pueden desbordarnos. Todos comparten una función protectora, aunque difieren en su forma de operar y en sus efectos. Uno de ellos es la «formación reactiva», concepto introducido por Sigmund Freud, que consiste en adoptar conductas opuestas a deseos que resultan inaceptables para quien los experimenta. Cuando ciertos impulsos —especialmente los vinculados a la agresividad o la sexualidad— entran en conflicto con las propias normas asumidas como buenas, generan una tensión interna que puede resolverse mediante su inversión en el comportamiento contrario.

Por eso, la «formación reactiva» suele expresarse en actitudes rígidas o exageradas. Por ejemplo, la atracción hacia una persona puede transformarse en moralismo o el odio hacia alguien puede expresarse a través de un cuidado excesivo. A simple vista, estos comportamientos pueden parecer contradictorios o, incluso, hipócritas. Sin embargo, desde esta perspectiva teórica responden a conflictos internos complejos.

La «formación reactiva» consiste en adoptar conductas opuestas a deseos que resultan inaceptables para quien los experimenta

Las presiones sociales también alimentan estos mecanismos. La idea de que los hombres no puedan mostrar su vulnerabilidad, por ejemplo, lleva décadas instalada en nuestra cultura. La represión de emociones como el miedo o la tristeza puede acabar desembocando en conductas violentas, agresivas o dominantes.

Aunque parte de la tradición freudiana, Alfred Adler desarrolla una perspectiva que amplía este marco interpretativo. Su concepto de «sobrecompensación» describe el modo en que las personas responden a sentimientos de inferioridad o carencia mediante la exageración de cualidades opuestas. Frente al énfasis de Freud en el conflicto interno, Adler sitúa el foco en la dimensión social y biográfica de la experiencia. Para él, la percepción de sentirse en desventaja activa estrategias orientadas a compensar esta carencia.

Este mecanismo no tiene necesariamente un carácter patológico e, incluso, puede funcionar como una especie de motivación. Por ejemplo, una niña que se percibe menos competente que la media en matemáticas, puede aumentar su dedicación y, gracias a eso, mejorar su rendimiento. Sin embargo, cuando este esfuerzo y los logros obtenidos no logran resolver ese sentimiento de inferioridad, el malestar puede aumentar y acabar generando conductas autosaboteadoras. A pesar de los logros, el sentimiento de inferioridad seguirá ahí porque los éxitos nunca serán suficientes.

Alfredo Bechini explica que «Adler experimentó en su propia persona una serie de circunstancias desfavorables que marcaron su vida infantil, de manera que puede afirmarse que la teoría de la inferioridad orgánica de sus comienzos científicos fue vivida en su propio cuerpo». Aunque la formación reactiva emerge como respuesta a un deseo reprimido y la sobrecompensación a una vivencia de inferioridad, ambos mecanismos construyen la identidad desde la falta y la oposición.

La herida heredada

Si estos mecanismos operan a nivel individual, algunas corrientes han planteado que dinámicas similares pueden observarse también en el plano intergeneracional. Estas investigaciones sugieren que un mismo trauma puede atravesar varias generaciones. Quien hereda un trauma no elaborado no suele ser consciente de ello, aunque sí perciba sus efectos. Puede aparecer como una ansiedad difusa ante situaciones que objetivamente no la justifican o una tendencia a evitar ciertos temas familiares sin saber muy bien por qué. En algunos casos, aparecen los mismos mecanismos de defensa que describían Freud y Adler, como conductas rígidas, esfuerzo compulsivo por demostrar algo o una identidad construida en oposición a algo que nunca se nombró del todo.

El mecanismo central de esta transmisión suele ser el silencio que envuelve las experiencias que han provocado miedo, culpa o vergüenza. Sin embargo, lo que no se nombra no desaparece, sino que se filtra a través de patrones o dinámicas que se repiten en situaciones cotidianas.

En muchos casos, este trauma no nace de un hecho aislado o de una experiencia individual, sino que puede estar vinculado a momentos históricos violentos.  Por ejemplo, las investigaciones sobre los hijos e hijas de víctimas de la Guerra Civil Española o de las dictaduras latinoamericanas también han ilustrado este fenómeno. El conocimiento que tienen las siguientes generaciones de aquello que sucedió en su familia suele ser vago y abstracto y estos silencios o secretos contribuyen a generar dinámicas que perpetúan el trauma.

La psicoanalista Anna Miñarro afirma que la recuperación de los recuerdos reprimidos y la elaboración de su carga psíquica tienen efectos terapéuticos

«¿Qué es lo que nos permite pensar que es posible no recordar, negar la historia, mantener el olvido y la demanda continuada de mirar hacia otro lado?», pregunta Anna Miñarro, psicoanalista y codirectora del primer proyecto de investigación en España sobre trauma psíquico y transmisión intergeneracional. Uno de los conceptos centrales de su trabajo es el duelo como proceso necesario para metabolizar la pérdida. Como ella explica, el problema es que el aparato psíquico necesita poder distinguir entre presencia y ausencia para iniciar ese trabajo de elaboración, pero en el caso de las personas desaparecidas, «es difícil saber qué es lo que debemos aceptar, porque las generaciones posteriores han sido colocadas en una especie de ausencia interminable sin conocer ningún dato ni de la pérdida concreta, ni cómo ni hacia dónde es preciso caminar para descubrir la verdad». Sin esa información, el duelo no puede cerrarse. Y lo que no se cierra, se transmite.

Miñarro señala que entre los mecanismos con los que las personas procuran sobreponerse a un trauma están «la represión, la negación, la distorsión, el no revivir, el no reconstruir y no elaborar los recuerdos traumáticos», mecanismos que, lejos de resolver el problema, «contribuyen a perturbar la consciencia individual». Basándose en las teorías de Freud, Miñarro afirma que la recuperación de los recuerdos reprimidos y la elaboración de su carga psíquica tienen efectos terapéuticos.

Cuando los mecanismos de defensa se vuelven colectivos

Lo que ocurre en un individuo puede ocurrir también, a mayor escala, en grupos e instituciones enteras. Esta extrapolación no implica una equivalencia directa, pero sí permite pensar en dinámicas compartidas. Cuando un partido político o movimiento ideológico construye su identidad en torno a la negación de una amenaza que en privado reconoce, cuando un líder compensa su inseguridad con demostraciones de fuerza, cuando una sociedad evita nombrar lo incómodo, los mecanismos de defensa se vuelven estructurales.

Una sociedad que no elabora su historia no puede superarla. Los mecanismos de defensa cumplen la función de protegernos ante un dolor muy fuerte. Sin embargo, antes o después hay que procesar y atravesar ese dolor. La verdad, el conocimiento, la recuperación de la memoria se convierten en herramientas fundamentales para construir esa identidad individual y colectiva.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Guía para entender a Lacan

Marina Pinilla

Para comprender las teorías de Jacques Lacan es requisito indispensable conocer su vida académica y sus contactos.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME