Siglo XXI

La utopía desconectada

A medida que nuestra dependencia de la tecnología aumenta, también lo hace nuestro conocimiento sobre sus efectos negativos. Pero la desconexión digital no está al alcance de todos y podría convertirse en un nuevo privilegio de clase.

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25
junio
2024

Pasamos demasiadas horas en internet. La afirmación se ha convertido en ya casi una perogrullada, algo que reportajes, investigaciones y pánicos colectivos han estado señalando una y otra vez. La popularización de los smartphones y el abaratamiento y mejora de las conexiones móviles a la red han hecho casi imposible no estar online. Incluso si la tecnología y sus ramificaciones nos preocupan, hacer el apagón se nos hace cuesta arriba. Un 80% de la población española, según datos de NordVPN, se lleva el móvil incluso al cuarto de baño.

Pero a medida que los conocimientos sobre los potenciales efectos nocivos de estar siempre online se van haciendo más conocidos, también aumenta el interés por reducir la dependencia de esa eterna conexión. Esos mismos reportajes, investigaciones y pánicos colectivos que hablan de todo el tiempo que pasamos ante las pantallas advierten además de sus problemas en salud mental, física, soledad potencial, invasión de la privacidad o ciberseguridad.

El hecho de que esta conectividad constante se haya asentado igualmente como la vía para cambiar cómo se trabaja abre posibilidades –no se puede negar que el teletrabajo tiene sus ventajas– y riesgos potenciales. Separar trabajo y vida privada se vuelve más complicado y entrar en un bucle de trabajo constante y eterno más factible.

Los estudios insisten en que tenemos que ser capaces de desconectar, de no dejarnos arrollar por la red

Es en ese contexto –y sin necesidad de abrazar un ludismo moderno– en el que emerge la utopía desconectada. Esto es, el tomar el control del tiempo que se pasa online, reducir las horas y establecer una relación más saludable con internet y su avalancha de estímulos. Los estudios insisten en que tenemos que ser capaces de desconectar, de no dejarnos arrollar por la red. Pero, más que cómo hacerlo, la gran pregunta es quién puede permitírselo. ¿Es la desconexión digital el próximo privilegio de clase?

La pregunta ni siquiera es nueva, por mucho que las experiencias pandémicas y la hiperconectividad a la que nos abocó hayan hecho que las cuestiones de conectividad se hayan convertido ahora en omnipresentes. Ya en 2019 The New York Times hablaba del contacto humano como «un bien de lujo». La caída de los precios de los dispositivos había llevado a que lo hiciesen también los de los servicios asociados: el mundo hiperconectado estaba tomando las vidas de las personas de ingresos más bajos. Mientras eso ocurría, advertía ya el Times, los más ricos estaban empezando a temer las pantallas. Estaban ya mandando a sus hijos a colegios analógicos y convirtiendo no tener móvil en un símbolo de estatus.

Pero si estaban haciendo todo eso era porque podían permitírselo. El caso de la educación es uno de los más paradigmáticos: no solo hay ya una brecha de clase en el abuso de las pantallas, sino que además eliminar la tecnología de la educación pondría a los escolares de hogares de menos recursos en una situación más precaria. Los hijos de la élite de Silicon Valley pueden crecer sin pantallas en sus colegios porque serán educados luego en lo que suponen e implican. Los otros puede que no tengan otra oportunidad para acceder con calidad a esos conocimientos.

Otro ejemplo está en el revival de los llamados teléfonos tontos, los móviles como los de finales de los 90 que solo permiten llamadas y mensajes de texto. En un reciente análisis sobre el fenómeno que publica The Guardian, la profesora Zeena Feldman, del King’s College, identifica los grupos clave que están comprando esos terminales. Por supuesto, están las personas de más edad que no se ven capaces de entender cómo funciona un smartphone. Sin embargo, la lista incluye al mismo tiempo a la gente de mediana edad a la que le preocupa la privacidad y a una parte de la Generación Z que ha tenido un despertar ante la «toxicidad de la dependencia» tech. Y ahí entran personas bastante privilegiadas. Los ejemplos virales de estrellas de Hollywood que han hecho desconexión con un móvil básico, recuerda Feldman, se lo pueden permitir porque tienen a sus asistentes para estar hiperconectados por ellos.

Al fin y al cabo, hasta hacer un solo día de apagón implica poderse permitir estar una jornada entera sin ser localizable. Desde un punto de vista social puede ser complicado, cierto es, pero mucho más lo es desde el punto de vista laboral cuando se tienen existencias precarias y se depende de todo lo que llega a ese terminal. Incluso, las ofertas de digital detox –packs como los de los balnearios de antaño, pero para los problemas del siglo XXI– suelen tener precios elevados. Y no menos importante: estas desconexiones abren grandes preguntas en términos de cuidados. Por cada progenitor que no tiene WhatsApp y no está en el grupo del cole, hay otra persona que sí debe estar y asumir toda esa carga mental.

Por cada progenitor que no tiene WhatsApp y no está en el grupo del cole, hay otra persona que sí debe estar y asumir toda esa carga mental

En una sociedad en la que todo empieza a pasar cada vez más por la tecnología –desde pedir vez en el centro de salud hasta acceder al saldo de la cuenta bancaria– la desconexión implica en no pocas ocasiones que ese trabajo lo tendrá que hacer otra persona.

Por tanto, acceder a esa utopía desconectada en la que las horas que pasamos frente al smartphone son menos y nuestra relación con las pantallas es más saludable se convierte en algo que potencialmente podrán hacer menos personas. Una investigación recientemente publicada en Journal of Communication llega a conclusiones en esa línea viendo qué ocurrió durante la pandemia. Quienes era más probable que hiciesen desconexión digital durante esos años eran «gente joven, hombres, gente con muy buenas habilidades digitales».

«Descubrimos que las desigualdades sociales y digitales se extienden a las prácticas de desconexión de la gente y sugieren que la desconexión digital emerge tanto de un lugar de privilegio socio-digital como de desventaja», concluye. Esto es, si no es la brecha digital y la falta de acceso a la tecnología la que te obliga a hacer el apagón digital, si lo estás haciendo porque quieres y buscas esa desconexión, lo harás porque, de una manera o de otra, puedes permitírtelo.

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