Opinión

La imagen (permanente) de tu vida

Cuanto más nos exponemos, más fijamos una imagen y más rehenes somos de la realidad que mostramos públicamente.

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20
diciembre
2023

Hace unas semanas se comentó con la ironía propia del lenguaje de las redes sociales el cambio de aspecto de un fiscal al que se había condecorado. En una foto lucía calvo y con el pelo corto, una apariencia muy habitual entre tantos. En cambio, en la imagen de al lado, durante la condecoración, aparecía con un pelo frondoso, casi ingobernable en su caída hacia la frente. Tal era la transformación que podían pasar por personas distintas. Implante, peluquín o la solución que fuera, el caso es que el fiscal se convirtió en carne de meme y chistes, generalmente de tono simpático.

Las redes sociales y la exposición permanente han hecho que lo que antes era llamativo para el entorno inmediato (podemos imaginar la sorpresa de familia, amigos, compañeros de trabajo ante un cambio de apariencia radical), lo sea también para una comunidad digital muy amplia que conoce nuestro aspecto porque nosotros nos hemos encargado de hacerlo público con regularidad. Y no solo el aspecto: también nuestra vida familiar, nuestro trabajo o nuestras aficiones.

Se habla de cómo la revolución de las telecomunicaciones ha hecho la vida y las relaciones más líquidas (Bauman), pero se produce aquí una paradoja. Porque la imagen de tu vida es mucho más monolítica ahora que antes, en la medida en que está fijada en la conciencia digital de mucha gente. Así, para vencer el miedo al cambio (no solo físico), al qué dirán, a la sensación de ridículo, ya no basta con superar la barrera del entorno inmediato, sino la de todos los demás. Un muro potencialmente paralizante.

Para vencer el miedo al cambio ya no basta con superar la barrera del entorno inmediato, sino la de todos los demás

Pienso en alguien que quiere salir del armario tras años de exposición pública digital con pareja hetero, puede que con niños, y con un álbum de fotos nutrido de fotos de apariencia feliz con la familia política, con un extensísimo grupo de amigos en común y con sus compañeros de trabajo. O en una profesional de éxito en un campo puntero que, alcanzada determinada seguridad económica y sin encontrar un sentido profundo a lo que dedica más de diez horas al día, deja su trabajo porque quiere volcar sus fuerzas en alguna vieja vocación que no pudo desarrollar en su día.

Recuerdo que una vez le comenté a un buen amigo que estaba pensando dar un giro radical a mi vida profesional, estudiar otra cosa distinta y buscar nuevos caminos, a lo que me contestó con un desmotivador: «No tienes edad para eso, no encaja en tu biografía, no sería creíble». Y no le faltaba razón, porque su comentario incidía en la fijeza de esa imagen, en la dificultad para conciliar la elección personal con el entorno, que es donde la identidad se despliega y adquiere su sentido. Sin quererlo, uno se encuentra dando explicaciones (o creyendo que debe darlas) ante muchísima gente.

Se me dirá que uno ha de ser libre y que no debe hacer caso a lo que opinen los demás. Pero sabemos que las cosas son más complicadas, y que, nos guste o no, el juicio ajeno influye. Ser inmune a la opinión de terceros no cercanos es una de las utopías íntimas más necesarias de nuestros días. Y, como cualquier utopía, en el pecado de su deseabilidad lleva la penitencia de su imposibilidad.

Ser inmune a la opinión de terceros no cercanos es una de las utopías íntimas más necesarias de nuestros días

La tecnología nos ha dado muchas herramientas para emanciparnos. Su progreso debe ser celebrado. Todos conocemos ejemplos, desde el teletrabajo hasta la medicina, pasando por la logística familiar o el ocio. Pero su mal uso, incentivado por el fascinante atractivo de los nuevos cachivaches, también nos esclaviza. Porque cuanto más nos exponemos, más fijamos una imagen y más rehenes somos de una realidad de la que quizá estemos deseando huir.

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