Opinión

Contra la literatura como política

Escribir con ánimo militante es vacuo y, sin embargo, ventajoso: tiene prestigio social, es cómodo y libera al autor de enfrentarse a las miserias ocultas en la auténtica política.

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03
Mar
2023

Hay un tipo de escritor, más o menos abundante según los tiempos, que defiende su trabajo como una actitud política, incluso como una forma de militancia. En general, son personas que ven política allá donde miran. Cualquier conducta tiene para ellos un significado ideológico y una intención, desde la ropa que llevan hasta la forma en que saludan y —sobre todo— a quién saludan y a quién dejan de saludar.

Entiendo que la literatura puede ser una forma de hacer política cuando no se puede hacer política. Bajo una dictadura, por ejemplo, cuando no hay mecanismos de representación y cualquier actividad pública sirve para denunciar la ausencia de debate, propiciarlo y hacer que emerjan voces silenciadas. Pero en una democracia con libertad de expresión donde cualquiera es libre de militar y de alentar movimientos políticos, decir que se hace política desde la literatura me parece, simplemente, una forma de escurrir el bulto. El escritor que hace política con su literatura se ahorra el trago de hacer política con la política. Con decir que su literatura transforma la realidad, se evita el esfuerzo de intentar transformarla mediante la acción colectiva y cívica de los partidos y las organizaciones activistas. 

Con esto no niego que la literatura pueda tener un papel político, ni que la política no pueda ser la motivación principal de la literatura —de hecho, lo es muchas veces—, sino que pertenecen a ámbitos distintos. Escribir con la pretensión de cambiar el mundo solo puede obedecer, en el mejor de los casos, a la ingenuidad; en el peor, al cinismo. En medio de esos motivos sitúo la pereza: qué cómodo es militar desde la novela, sin salir de casa y viendo la lluvia en la ventana. 

«El escritor que hace política con su literatura se ahorra el trago de hacer política con la política»

La politización extrema del mundo de hoy ha llevado a un vaciamiento paradójico de la política. Si cada gesto y cada decisión son políticos (ir en coche o en bici, llevar barba o afeitarse, vestir corbata o camiseta, dejarse canas o teñirse, pedir chuletón o agua de chía, escuchar a Shakira o seguir a Piqué) y si nos expresamos políticamente mediante estas marcas, la militancia política pierde todo su sentido y su valor. Si es lo mismo escribir una novela sobre mujeres maltratadas que luchar en unas organizaciones y en las instituciones de poder para cambiar las leyes y proteger a las mujeres maltratadas, ¿por qué se iba a tomar nadie la molestia de presentarse a unas elecciones, elaborar leyes y pelearlas para que se aprueben en los parlamentos? Yo mismo he escrito varios libros de carácter muy político, que han incidido en el debate nacional y que, incluso, han propiciado algún cambio, pero no los escribí por esas razones ni su escritura sustituye la militancia o el activismo de nadie. 

La culpa de todo la tiene una lectura literal y comodona de la tesis XI de Marx sobre Feuerbach, que se puede leer en la tumba del primero en el cementerio de Highgate en Londres: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo; de lo que se trata es de transformarlo». Esto es una llamada fáustica a la acción, a dejar las letras y tomar las armas, a ponerse a currar en asambleas y luchas políticas. El escritor político perezoso, convencido del poder mágico de sus palabras, se ahorra el trago y cree que la literatura es la acción, que basta su voluntad de transformar el mundo, expresada en una ficción bien armada, para que la transformación se haga realidad. Como el ábrete sésamo, que abre la cueva de los ladrones. Este mundo ideologizado hasta en sus pequeños detalles parece aplaudirle y darle la razón.

Cuando alguien interpreta políticamente su vida y la de los demás, tan solo está eludiendo el compromiso. Puede ponerse una bandera de la Alcarria en el coche y leer solo libros escritos por mujeres de la Alcarria editados por editoriales alcarreñas dirigidas por mujeres alcarreñas con papel procedente de bosques alcarreños explotados comunalmente, pero con ese despliegue tan solo expresa los límites de su compromiso, que empiezan y acaban en el acto de consumir. A las reuniones del partido de mujeres de la Alcarria que vaya otro. De hecho, en este mundo de apariencias politizadas, la militancia de carnet clásica en partidos, sindicatos y organizaciones sociales está bajo mínimos y más desprestigiada que nunca. 

«El escritor que entiende su obra en términos políticos necesita convencerse de que su literatura cambia el mundo tanto como las leyes»

Amós Oz, que creció en un mundo de militantes de verdad, los que fundaron el Estado de Israel, retrata muy bien la banalidad de la vida ideologizada en todos sus detalles. Al recordar su infancia en Jerusalén, cuenta, en Una historia de amor y oscuridad: «Teníamos una ley férrea, no comprar nada importado, ningún producto extranjero, mientras se pudiera conseguir otro de producción propia. Pero cuando íbamos a la tienda del señor Auster […] había que elegir entre queso del kibutz, producido por Tnuva, o queso árabe: el queso árabe del pueblo de al lado, de Lifta, ¿debía considerarse un producto de importación o local? Complicado. La verdad era que el queso árabe era un pelín más barato. Pero ¿comprando queso árabe no se traicionaba un poco al sionismo? En algún lugar, en un kibutz o una colonia agrícola […] había una joven pionera desdichada que, tal vez con lágrimas en los ojos, embalaba para nosotros ese queso hebreo, ¿cómo íbamos a darle la espalda y a comprar queso extranjero? ¿No nos temblaría la mano? Por otra parte, si boicoteábamos los productos de nuestros vecinos árabes, con nuestras propias manos estaríamos aumentando y perpetuando el odio entre los dos pueblos, y la sangre que pudiera derramarse también recaería sobre nuestra conciencia. […] ¿Íbamos a ser tan crueles como para darle la espalda a su queso de pueblo? […] No. Esta vez compraríamos queso árabe, que por cierto realmente sabía algo mejor que el de Tnuva y también costaba algo menos».

Terribles dilemas de mercado que, en el mundo de hoy, sustituyen a la militancia. El escritor que entiende su obra en términos políticos se comporta como la familia de Amós Oz en el mercado de Jerusalén. Sus teorías sofisticadas sobre la toma de conciencia, la voz de los personajes y la narración al servicio de una causa no se distinguen en nada de aquellos judíos que, en víspera del sabath, querían comer queso árabe porque estaba más rico que el sosísimo queso hebreo (y, encima, era más barato), pero necesitaban argumentar ideológicamente su capricho. El escritor que entiende su obra en términos políticos necesita convencerse de que su literatura cambia el mundo tanto como las leyes, sin necesidad de sacrificar su reputación y su tiempo en el ara del trabajo parlamentario.  

Cuando reivindico la inutilidad de la literatura me refiero en parte a estas ilusiones y autoengaños. La literatura no es muy distinta del queso: se puede consumir por motivos ideológicos, pero en el fondo solo es leche fermentada cuyo poder se acaba con el proceso de digestión o de lectura. Un libro puede influir mucho, incluso puede cambiar el mundo, pero lo hará siempre de forma imprevisible y descontrolada, no por la voluntad de su autor. Por eso, tan vacuo es escribir con ánimo militante como hacer queso con ánimo militante. Pero ambas cosas son cómodas, tienen prestigio social y liberan a sus hacedores de las miserias y peligros de la militancia real. Todo son ventajas.

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