Opinión

La resistencia ilustrada

Quizá esta sucesión de colapsos nos pueda servir para explicar los pasos atrás de una democracia liberal que está siendo reemplazada por otra de corte populista, que funciona con la gasolina de la polarización total y parece llamada a marcar el ritmo político de la agenda global.

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Carla Lucena
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16
Feb
2021
populismo resistencia ilustrada democracia

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Carla Lucena

En un vídeo de dos minutos que se hizo viral, el presidente de Francia Emmanuel Macron explicaba a un grupo de periodistas, con un ejemplo claro y directo, cómo se cocina el malestar en una democracia occidental. «Se les dijo: tenéis que encontrar un trabajo. Y encontraron un trabajo. Se les dijo: tenéis que comprar una vivienda, pero una vivienda era demasiado cara en la gran ciudad, así que la compraron a 40, 50 o 60 kilómetros. Se les dijo: el modelo de éxito pasa por tener un coche. Y se compraron dos coches. Se les dijo que los hijos debían ir al conservatorio y a un club deportivo. Y entonces los sábados hacían cuatro viajes para llevar a sus hijos. Y a esta familia le decimos de repente: sois grandes contaminadores, al mundo no le gustáis. La gente se está volviendo loca y piensa: pero si lo hice todo bien e incluso cuando el Gobierno francés me dijo que comprase un coche diésel, ¡lo compré!».

«Estamos ante una suerte de nueva guerra fría que se librará en el campo de batalla de la revolución tecnológica»

El discurso de Macron –que se ha enfrentado en los últimos años a la explosión de violencia de los chalecos amarillos, cuyo detonante último fue, precisamente, un impuesto medioambiental al combustible diésel–, conecta con l’esprit du temps y advierte sobre el impacto social de una globalización que, como los dioses antiguos, a veces exige a su pueblo grandes sacrificios, lo que tiene un efecto metabólico, en clave de testosterona, en ideologías obsoletas y rancios nacionalismos. Esa tormenta de arena que levantan las grandes transformaciones ha sido atravesada, además, por dos tsunamis que han impactado de forma definitiva en el rumbo de la historia: la crisis financiera, fruto de la desregulación anárquica y la especulación salvaje, y la emergencia sanitaria, que dejará al menos dos millones de muertos y un déficit público hasta ahora desconocido sobre el tablero de un orden mundial en el que la hegemonía americana ha entrado en tensión ante el imparable ascenso de la despótica República Popular China, situándonos ante una suerte de nueva guerra fría que, en buena medida, se librará en el campo de batalla de la revolución tecnológica.

En el fondo, los humanos somos primates aseados que, de vez en cuando, necesitamos comprender lo que ocurre en este enrevesado planeta. Quizá esta sucesión de colapsos nos pueda servir para explicar los últimos pasos atrás de una democracia liberal que está siendo reemplazada, como advierte el profesor José María Lassalle en estas páginas de Ethic, por una democracia de corte populista, que funciona con la gasolina de la polarización total y parece llamada a marcar el ritmo político de la agenda global. El problema es que en una democracia de corte populista la tentación totalitaria responde a una lógica orgánica, igual que el secuestro o la devaluación sistemática de las instituciones. Junto con las grandes transformaciones de nuestro tiempo, como la transición ecológica o esa revolución digital cuyos desórdenes algorítmicos aún están pendientes de ser regulados, estamos viviendo el secuestro –sofisticado, posmoderno, a fuego lento– de la democracia ilustrada, que parece llamada a reinventarse para convertirse en un movimiento de resistencia frente al auge del iliberalismo.

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