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«Pararse es una manera casi subversiva de interpretar el mundo»

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Noemí del Val
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15
Feb
2021
José María Lassalle

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Noemí del Val

El paso por la política ha marcado la trayectoria vital de José María Lassalle (Santander, 1966), un intelectual experto en John Locke y en los principios modernos de la propiedad que hoy, como director del Foro de Humanismo Tecnológico de Esade, defiende reformular los principios de una democracia liberal que ve amenazada por la eclosión populista y la revolución de los algoritmos.


¿Cómo y por qué la revolución digital pone en jaque a la democracia liberal?

Porque la democracia liberal es, en primer lugar, una estructura de intermediación institucional donde no hay un ejercicio del poder por parte del pueblo de manera directa, sino a través de todo un entramado institucional representativo. En segundo lugar, porque la propia configuración de la modernidad política interpreta que el hombre es dueño de su propio destino, con una estructura de derechos detrás que le capacita para decidir sobre su vida y ejercer su libertad sin condicionantes que le aboquen a una minoría de edad. La revolución digital está rompiendo primero el soporte de la intermediación, porque el tsunami desintermediador es evidente y es uno de los factores que está detrás de una parte muy importante del colapso de la modernidad al que nos enfrentamos. La propia idea de libertad y de estructura de derechos asociada a la persona se ve condicionada, porque la estructura algorítmica del mundo aboca a que el hombre no sea del todo libre, sino que sea conducido de una manera sutil en el ejercicio de su libertad.

¿Los algoritmos están subvirtiendo ese principio en el que se asienta el liberalismo y que declara que el individuo es dueño de su conciencia?

La autoconciencia y la capacidad de gestionar la propia identidad en términos de propiedad personal se ve despatrimonializada en términos emocionales y cognitivos por unos algoritmos que nos ayudan a ser más eficientemente nosotros y nos liberan de la exposición al terror, al ensayo, a la equivocación y, por tanto, a la experiencia, que ha sido el soporte del comportamiento humano.

En tus reflexiones adviertes que las disrupciones tecnológicas provocarán profundas mutaciones de orden antropológico y de la conciencia humana. Estos cambios, que son una constante histórica ante las grandes disrupciones, no tiene que ser necesariamente negativos.

No, pero si somos capaces de que esa mutación que experimenta el ser humano garantice la libertad y la capacidad de control sobre ese proceso de cambio. La situación actual compromete ese escenario en el que el hombre viaja de un mundo a otro controlando el proceso. Creo que todos estamos de acuerdo en que el ser humano no está controlando el proceso que le está llevando a su transformación digital. Del homo habilis –que utiliza las manos y la inteligencia como instrumentos de afirmación de su identidad– al homo digitalis –que tiene la pantalla como mediador de la realidad y proyección de una nueva identidad– hay una diferencia: la de controlar una realidad y ser controlada por otra. 

«Los algoritmos abocan a que el hombre no sea del todo libre; somos conducidos manera sutilmente en el ejercicio de nuestra libertad»

Byung Chul-Han dice que la hipercomunicación digital destruye el silencio que necesita el alma para reflexionar y ser ella misma. «Se percibe solo ruido, sin sentido, sin coherencia. Y se impide así la formación de un contrapoder que pudiera cuestionar el orden establecido, que adquiere así rasgos totalitarios».

Una parte muy importante de ese análisis es lo que está colocándonos al borde de un abismo tecnológico por el que podemos deslizarnos de una manera casi inconsciente. Los clásicos hablaban de que la paideia, la educación sobre la que se sostenía una formación humanística, partía de tres pasos: pararse, pensar y vivir. El mundo en el que estamos instalados y que caracteriza a la revolución digital es el de una inmediatez que no permite el detenimiento. Pararse es una manera casi subversiva o disidente de interpretar el mundo y pocos son capaces de normalizarla e interiorizarla como una parte de ellos. Estamos sujetos a una permanente aceleración del tiempo. Incluso se ha roto la linealidad del tiempo, en el sentido casi agustiniano del término, para entrar en un tiempo que no es cronológico, sino intensivo. Como no podemos pararnos, no podemos pensar. Una de las claves de la desapropiación que experimenta el hombre en relación a la tecnología es que no tiene capacidad para entender el mundo. No somos capaces de entender las profundidades de un algoritmo, la caja negra que está detrás, introduciendo los sesgos y analizando los comportamientos que son fenotipados y convertidos en criterios de interpretación de nuestra conducta. Al no ser capaces de entender el mundo, estamos desapropiados con respecto a él: al no ser capaces ni de pararnos y de pensar – porque tampoco tenemos tiempo por esta especie de hiperconectividad que nos somete a multitudes que nos llevan, nos traen y nos arrastran–, hacen que no vivamos y que la sensación real de vida esté permanentemente relativizada. Hay una especie de sensación de neurosis colectiva acelerada –que es una parte muy importante de la experiencia, por ejemplo, de la pandemia y de los efectos asociados a ella– por esa inmersión digital que está acelerando nuestra digitalización.

¿Con qué parte te quedas entonces del discurso del tecno-optimismo?

Soy un tecno-optimista, pero creo que la técnica es un instrumento de liberación del ser humano como parte de la revolución científica y así lo ha ido mostrando desde los inicios de la modernidad. Si uno lee la confianza de Bacon respecto de la revolución científica y analiza los efectos que esta ha tenido desde el siglo XVI hasta nuestros días, comprenderá que la ciencia y su aplicación tecnológica nos han ayudado a ser, no sé si mejores, pero desde luego más libres y a gozar de mayor bienestar en términos materiales. Podríamos analizar si eso también tiene consecuencias morales, pero nos quedamos en la superficie de la materialidad. Eso ha sido así porque la humanidad –institucionalizada a través del poder democrático a partir de la Ilustración y, sobre todo, de la construcción de la democracia de masas– ha sido capaz de controlar esos procesos. La técnica, la ciencia y los avances que han configurado el progreso se han puesto al servicio del ser humano, pero sabemos que el progreso puede ponerse al servicio del totalitarismo. La técnica ha sido un instrumento que, cuando se ha puesto en manos de dictadores o de regímenes totalitarios, ha reforzado su capacidad perversa. Eso es lo que tenemos que ser capaces de asumir. Para eso, debemos despojarnos de la idea de que la técnica es neutra y de que depende de nuestra decisión que los avances técnicos sean buenos o malos. Ahí nos equivocamos: la técnica, como bien vio la Escuela de Frankfurt, es poder; y el poder, si no se controla, puede corromper al ser humano. Eso es lo que me preocupa.

La pandemia nos ha hecho tomar conciencia sobre nuestra fragilidad, cuando las tendencias iban del Homo Deus de Harari al transhumanismo de Silicon Valley.

Curiosamente, nos brinda la oportunidad de humanizar la tecnología. De ser capaces de comprender que la técnica puede ser un instrumento de los cuidados para devolver al ser humano una centralidad que ha perdido, sobre todo en los diseños iniciales de la revolución digital, especialmente durante la primera década del siglo XXI. Si fuéramos capaces de comprender que la técnica es un aliado de lo hospitalario de los cuidados, si fuéramos capaces de evitar la idea de que el cuerpo es un software perjudicial y viéramos que lo que hace es recentrarnos –y no quisiéramos marginarlo, como la pandemia nos ha demostrado que no podemos hacer–, podríamos recuperar esa capacidad para vernos como seres frágiles expuestos al dolor, al error, a la enfermedad y a la muerte. Así podríamos recuperar una fortaleza moral que hemos perdido al confiar en la técnica para ser dioses.

«La del siglo XXI será una democracia en clave populista»

Estábamos aún aturdidos por el tsunami de la crisis financiera cuando estalló esta crisis sanitaria. ¿La hegemonía cultural de la tecnología favorece también la crispación y la división social?

Sí, porque, entre otras cosas, como diseccionó la Escuela de Frankfurt y luego analizaron otros teóricos del pensamiento asociado al análisis de la técnica –Ortega, Heidegger, Jacques Ellul y tantos otros–, la técnica es poder y el poder, como vieron los griegos, si no es controlado de una manera natural, no represiva, nos lleva a la corrupción. También a la hibiris y, por tanto, al ensordecimiento y la capacidad para ver en la técnica un instrumento de dominación no solamente sobre nosotros, sino sobre la naturaleza, sobre el medio, sobre los otros. Eso contribuye a la polarización, a neurosis colectivas como pueden ser en estos momentos los fenómenos multitudinarios en el ámbito de las redes sociales que resignifican al fascismo y lo convierten en un vector político extraordinariamente peligroso para la estabilidad de las democracias.

También hay algo en nuestra naturaleza que nos inclina a la polarización, o al menos uno llega a esa conclusión cuando se detiene ante esa versión moderna de la lapidación medieval que son los linchamientos digitales.

Claro, pero asociados a que se desenvuelven en un entorno de identidad virtual. No vemos al otro en una alteridad corporal que podamos percibir en una otredad doliente que exprese que nosotros podemos ser el espejo de ese mismo dolor que estamos percutiendo sobre él al actuar de una manera física. Esa pantalla refuerza la profundidad violenta que alienta la psicología humana: al no ver esa alteridad y convertirla en una especie de concepto plástico en la pantalla, se refuerzan los condicionamientos de violencia psicológica que están muy profundamente arraigados en la psique humana. La tecnología, si no es objeto del acompañamiento de una pedagogía humanística en todo ese viaje a las profundidades de una identidad virtual nueva para nosotros, fortalece y refuerza la violencia. En la medida que no vemos el dolor sino una anulación blanqueada por la pantalla, no sentimos esa violencia con la inmediatez que sí tendríamos si estamos golpeando a alguien físicamente. En la famosa película de Fritz Lang, Furia, ambientada en el medio oeste americano, un pueblo entero decide linchar a un supuesto asesino por el runrún mediático generado en el municipio. Eso se hubiera hecho de forma mucho más acelerada si no se hubiera visto lo que es la expresión de dolor, la inmediatez de la agresión física que puede provocar la furia cuando es corpórea. Cuando es estrictamente mediático y no nos salpica directamente, la capacidad humana para provocar dolor es infinitamente mayor.

Se ha conformado un oligopolio con grandes gigantes tecnológicos a los que el poder soberano se muestra incapaz de controlar. Si el regulador tiene menos capacidad cognitiva que el regulado, ¿cómo solucionamos los desequilibrios que provocan esos operadores que controlan el mercado?

Haciendo lo que está anunciando ya la próxima administración Biden: afrontando la aplicación de una legislación antimonopolios para restringir la fuerza de las grandes corporaciones tecnológicas. Estos gigantes están condicionando los mercados e incidiendo de una manera muy directa en la capacidad de decisión económica y cognitiva de muchos consumidores y usuarios que están abocados a tener que elegir lo que ellos ponen sobre la mesa. Puede dar respeto pensar que nos enfrentamos a esos gigantes, pero la decisión de hacerlo ya es un cambio de registro. Es un cambio positivo, como el que se produjo en la democracia norteamericana a finales del siglo XIX, cuando se enfrentó con grandes oligopolios empresariales que condicionaban los resortes del poder económico en el capitalismo industrial como la gran banca, los ferrocarriles o la industria petrolera. Costó, pero una voluntad política persistente, el respaldo de una sociedad concienciada y el esfuerzo por controlar democráticamente ese poder, puede dar pie al desenlace que puede anunciarse detrás de esas propuestas de cambio normativo para la próxima administración estadounidense.

¿No tienes la sensación de que el regulador no es capaz de aglutinar la inteligencia y el talento suficiente como para enfrentarse al que aglutinan los gigantes tecnológicos?

No lo tiene por ahora. Podrá hacerse en la medida en que la democracia utilice también las herramientas tecnológicas y sea capaz de desarrollar una estructura que utilice la inteligencia artificial, que sea capaz de sumar todos los esfuerzos que la regulación viene acumulando en el ámbito de las redes tecnológicas o de la experiencia. Cuando estas se conviertan en un vector que acompañe realmente el esfuerzo de la política ahormada de una manera unitaria alrededor de este objetivo, algo que hasta ahora no se ha hecho.

José María Lassalle

Pero es en esos ‘gaps’ de tiempo cuando se producen los desequilibrios y se fortalece el poder de esos oligopolios.

Europa ha hecho un claro esfuerzo regulatorio en muchos ámbitos, por ejemplo, en el ámbito de la protección de datos, consecuencia de haber regulado tempranamente su tráfico, de haber hecho un esfuerzo por impulsar una distribución regulada de redes de altas capacidades que han permitido que Europa sea el gran generador de datos del planeta. Nuestros datos son los más apreciados porque el perfil del europeo que desarrolla sus habilidades profesionales, su ocio y su consumo de contenidos es un europeo formado, con un alto nivel adquisitivo y con una capacidad de relación con la tecnología intensa. Eso hace que los datos que genera Europa sean los más queridos, como son nuestras redes tecnológicas de alta capacidad las más queridas, por ejemplo, por parte de China para poder ir experimentando contenidos, aplicaciones y utilidades relacionadas con el 5G. El regulador ha sido capaz de hacer bien las cosas cuando ha tenido claro sus objetivos y eso Europa lo ha demostrado. Ahora tiene que ser capaz de alinear correctamente todas sus fuerzas y pensar que tiene que meter en cintura a esas grandes corporaciones tecnológicas y decirles que, si quieren estar operando en Europa, tienen que ajustarse a las reglas de juego europeas, desde la fiscalidad hasta la protección de datos.

¿Y qué papel debe entonces jugar Europa en una batalla liderada por Estados Unidos y China?

Europa debería desempeñar, especialmente ahora que tiene una capacidad de interlocución con los Estados Unidos que había perdido durante la administración Trump, un papel de centralizador humanístico en la reflexión alrededor de la revolución digital. Es verdad que un modelo economicista utilitario, muy apegado a la eficiencia de los modelos de negocio como el norteamericano, puede ser corregido como se deja entrever por las propuestas que están planteando la nueva administración Biden, que hasta cierto punto continúa ciertos avances que ya introdujo Obama cuando empezó a reflexionar sobre las desigualdades que generaban los algoritmos. Europa puede aquí desempeñar un papel mucho más intenso y puede contribuir a que Estados Unidos afronte ese viaje junto a ella. Desde luego que no será posible con China, porque su orientación es claramente muy distinta a la que aquí planteamos: buscan un modelo cada vez más eficiente de gestión del poder, una voluntad claramente represiva y jerarquizadora para evitar disidencias y hacer mucho más imbatible su capacidad para explosionar como una potencia hegemónica. Nosotros tenemos una capacidad para pensar la tecnología que pocos tienen, en la medida en que es la única civilización que lleva más de 2.500 años pensando la relación del hombre con la técnica. Está ya en la antigüedad clásica en Platón y es una constante teórica que ha llegado hasta nuestros días. Pocas civilizaciones, si no solo la europea –y, como heredera de la europea, la norteamericana–, la han incorporado como una parte de su ADN cognitivo teórico.

«Debemos despojarnos de la idea de que la técnica es neutra»

¿Por qué es tan grave o tan peligroso que se conozcan nuestros datos?

Porque una parte muy importante de nuestra cultura democrática y de lo que entendemos por la civilización occidental se ha basado en el hecho de que lo que sucedía fuera de nuestro domicilio definía un interés general o una estructura de derechos que nos protegía como ciudadanos que participaban en la vida pública, pero lo que sucedía puertas adentro era un ámbito de privacidad doméstica hiper protegida, que garantizaba, entre otras cosas, que lo que estaba allá afuera no supiera cuál era la identidad que teníamos dentro. Eso repercutía en nuestra capacidad para pensar, para comunicarnos con otros, en la libertad de expresión, de pensamiento, de reunión y de tantas otras cosas. Todo eso ha explotado porque, aceptémoslo, vivimos un panóptico donde no hay tabiques que separen lo público de lo privado y eso genera beneficios a muchos y perjuicios a otros tantos. Entre otros, a quienes consideramos que no tenemos por qué estar asumiendo la idea de que quien nada tiene que esconder, nada ha de tener. Saber que nos sentimos liberados de esa tensión es un elemento básico de nuestra conformación de la identidad. Es fundamental que en algún momento nos relajemos de esa presión cotidiana de ser observados permanentemente, y eso sucede de una manera sutil a través de ese capitalismo de la vigilancia en el que estamos instalados.

¿Qué papel juega la renta básica dentro de lo que se denomina la ideología Silicon Valley?

Ha sido un instrumento reiteradamente esgrimido por las corporaciones tecnológicas y por varios de sus gurús para tratar de justificar el lapso de desigualdad que se supone que acompañará a los procesos de automatización y, por tanto, el hecho de que muchísima gente quede marginada de un estatus de bienestar como consecuencia de su falta de habilidades frente a la inteligencia artificial. Entonces, para no generar un escenario de marginación desigual que pueda provocar situaciones de colapso o de alteración de la paz social, la renta básica puede ser un instrumento muy útil. Así creo que lo diseñan y lo han pensado muchos de los que lo han propuesto, para acompañar ese viaje sin demasiadas tensiones y al mismo tiempo garantizar que haya alguien que, aunque no tenga aparentemente capacidad para ganarse la vida, sí tiene la capacidad para seguir siendo un consumidor de contenidos y de servicios digitales.

Tú eres un pensador liberal y vivimos un momento de eclosión populista. ¿Cómo ha de reformularse el liberalismo del siglo XXI?

Estamos en un momento en el que es casi inevitable, por desgracia, aceptar que el populismo va a triunfar. La estructura de legitimidad de la democracia va a trasladar su eje del liberalismo al populismo. La complejidad del mundo contemporáneo va a hacer que sea prácticamente imposible que no vivamos modelos de democracia instantánea, conflictiva, polarizada y cesarista. Seguirá siendo democracia en la medida en que se fundamentará en el principio «un hombre, un voto», pero verá alterados todos los condicionantes sobre los que se ha ido desarrollando su manera de organizar lo político. La democracia nunca ha sido un concepto fijo, sino movedizo y fluido. Nos enfrentamos a un nuevo escenario en el que la democracia será populista y el liberalismo tiene que ser capaz de controlar ese proceso: debe preservar, en ese tránsito, los rasgos que permitan seguir identificando la democracia como tal y no admitir que el populismo es inevitable. Es decir, ser capaz de preservar la dignidad humana y la capacidad de disidencia asociada a ella como un test cualitativo que nos permita seguir hablando de una democracia y no de una dictadura de masas. Eso no va a ser fácil y va a requerir, por parte del liberalismo, una capacidad de resignificación y de reconexión con la realidad política muy compleja.

«La economía verde puede ser un tractor de cambio y de progreso»

Los países más prósperos y más humanitarios siguen siendo las democracias liberales, pero eso convive con un gran malestar social.

Y ese malestar social va a ir a más. La gestión de los problemas que tenían lugar en el seno de las democracias liberales consolidadas permitía hablar de la complejidad de una sociedad abierta que resolvía los conflictos porque tenían una gobernanza programada para resolverlos. Ahora se ven desbordados porque no tienen capacidad de gobernanza para resolver los conflictos de otros que ya no nos son ajenos, sino que forman parte de nuestra vida y que van a ir in crescendo. Si el cambio climático precipita la subida de unos pocos centímetros de agua y anega el delta del Níger, el del Nilo y el del Ganges y se produce una migración de unos cuantos cientos de millones de personas, podemos enfrentarnos a una especie de apocalipsis demográfico. Si una guerra en Siria ha provocado una parte muy importante de las tensiones populistas que vivimos en Europa como consecuencia del trasvase de unos cuantos millones de sirios –que, con toda la razón del mundo, han querido llamar a la puerta de Europa para que esta les diera esa promesa de esperanza que forma parte de sus cimientos–, y eso ha provocado lo que representa la Hungría de hoy, la Polonia de hoy y una parte muy importante de los populismos neofascistas que desestabilizan Alemania, España, Italia o Francia, imaginémonos si el cambio climático nos golpea con toda la fuerza que supuestamente nos puede llegar a golpear. Imaginémonos que pasará si no encontramos la gobernanza que nos permita también a nosotros contribuir a la solución del problema que ya es de todos. Ese es un dato, como otros muchos, que hace que la capacidad del modelo de gobernanza de la democracia liberal asentada sobre un Estado-nación se haya roto y sea insuficiente. 

¿Crees que los liberales han sido poco entusiastas en la defensa de la agenda climática, o esta idea quedaría desactivada con el Green Deal del impulsado Ursula von der Leyen o por la apuesta verde del Partido Demócrata de Estados Unidos?

La agenda climática es uno de los vectores de nueva interpretación de la realidad del mundo, a partir de la constatación de que, efectivamente, el cambio climático es una verdad científica. Es verdad que para algunos es controvertible por determinados indicadores que parecen no ser del todo fiables si nos ponemos extraordinariamente rigurosos en términos técnicos, pero que, sin embargo no pueden alterar una constatación de evidencias básicas: si no remediamos el calentamiento global, vamos a sufrir una cadena de cambios que van a hacer inviable el bienestar e incluso nuestras democracias. En términos económicamente liberales, apostar además por una economía verde no creo que pueda ser considerado como algo no imbricable dentro del mercado. Haría falta releer con un poquito más de sensatez y menos ortodoxia ideológica –y probablemente más rigor– a Adam Smith y asociar el conjunto de su obra con la actividad de los sentimientos y la riqueza de las naciones integradas en una estructura de análisis más transversal para comprender esa economía verde como un elemento que puede ser un tractor de cambio y de progreso.

España perdió en su momento el tren de la Ilustración. ¿Por qué el liberalismo encuentra en nuestro país un terreno tan árido para abonar sus ideas?

El problema de no haber sido capaces de desarrollar un pensamiento liberal lo suficientemente sólido como para que permeara al conjunto de nuestra sociedad es porque, efectivamente, la modernidad no llegó a cuajar en nuestro país en el momento que tocaba haberlo hecho, que era el siglo XVIII. El empeño de nuestros ilustrados con Jovellanos a la cabeza fue una empresa titánica que acabó llevando a Jovellanos a la cárcel. Por otra parte, creo que el peso que ha tenido la Iglesia –desde el respeto a lo que ha aportado a la cultura y al valor que tiene nuestra tradición intelectual en Europa– ha cristalizado unas estructuras de poder que han ahogado la capacidad para la disidencia, la capacidad para la heterodoxia. Lo vio maravillosamente bien Menéndez Pelayo cuando nos colocó delante dos tomos con pensadores brillantes que, sin embargo, no habían sido capaces de enhebrar una teoría del conocimiento y una capacidad de acción política que enderezara las cosas en el camino que los liberales hubiéramos querido que España tuviese detrás si hubiera querido competir con Francia, Inglaterra o con el resto de Europa entrado el siglo XIX. España ha ido arrastrando un problema de identidad para el que no ha tenido una capacidad de respuesta adecuada, sobre todo después de la pérdida de América. Una parte muy importante de las pulsiones nacionalistas y de los problemas de identidad que ha generado nuestra cultura es que perdimos nuestra completitud identitaria al perder lo que representaba la América española. Cuando veo la polarización política, cuando leo artículos en prensa o escucho a algunos periodistas en la radio o en la televisión, pienso: «¡Dios mío, habrían linchado a Jovellanos, probablemente, porque no era lo suficientemente español o comprometido con lo que representaba su ortodoxia de España!».

José María Lassalle

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