Opinión

Macron vs. Le Pen: la esperanza frente al miedo

En la Francia de Le Pen y Macron se está viviendo la deriva emocional correspondiente de un electorado víctima del miedo y la ira y otro cargado de esperanza y optimismo.

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03
May
2017
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Las emociones públicas vuelven a dominar el escenario político occidental. En Europa, el foco está ahora puesto en las elecciones presidenciales de Francia, cuya segunda ronda tendrá lugar el próximo 7 de mayo. Dos son los contendientes que superaron la primera vuelta celebrada en abril, derribando por primera vez en 60 años de historia a los representantes de los dos partidos históricos de derechas e izquierdas. Les une que son dos outsiders de la política tradicional francesa, y les separa todo lo demás. El liberal y embajador de las élites mediáticas, financieras y europeas Emmanuel Macron y la populista radical Marine Le Pen catalizarán la emotividad del electorado francés en torno al debate central: abrirse ante la globalización económica y tecnológica o protegerse temporalmente. El resultado final determinará si reina la esperanza o el miedo en el pueblo francés.

«Algún día, el mapa de las emociones se convertirá en un ejercicio tan legítimo y forzoso como cartografiar el espacio geográfico», dijo en 2009 el politólogo francés Dominique Moïsi. El asesor del Instituto Francés de Relaciones Internacionales escribió aquel año el libro La geopolítica de la emoción, donde describe cómo el miedo, la humillación y la esperanza están dando nueva forma al mundo. Para el autor, el miedo domina Europa y Estados Unidos, la esperanza predomina en Asia y la humillación abunda en los países árabes.

Pero este fenómeno de las emociones públicas surge de otro fenómeno que ha cogido tracción en Occidente en estos últimos años post crisis. Hablamos del enfrentamiento político, social y cultural entre las élites aliadas de la globalización económica, tecnológica y científica y las masas víctimas de la deslocalización, la robotización y la digitalización. La España «de la casta», como diría Pablo Iglesias para referirse a las primeras, y la Francia des oubliés («de los olvidados»), como diría Le Pen para calificar a las segundas. En muchos países europeos y en Estados Unidos estamos siendo testigos de esta tensión, que está claramente detrás del auge de populistas como Iglesias y Le Pen, y del inimaginable encumbramiento de Donald Trump al frente de la Casa Blanca o de la igualmente inesperada salida del Reino Unido de Europa.

Volviendo a la teoría emocional de Moïsi, la tensión entre élites y masas es la que determina la predominancia de una emoción sobre otra, y no tanto la identificación de una sola emoción con una región. En lo que sí que andaba en lo cierto el francés es en que esta distinción emocional, lejos de ser reduccionista o estereotípica, es una clara llamada para entender «al otro» en la era de la globalización.

En la Francia de Le Pen y Macron se está viviendo esta tensión entre élites y masas, y la deriva emocional correspondiente de un electorado víctima del miedo y la ira, y otro cargado de esperanza y optimismo. Por ahora, las encuestas nos dicen que el 7 de mayo Macron ganará un 60% de los votos, frente al 40% que se espera para Le Pen. Pero el escenario real está mucho más reñido que el que dibujan las encuestas, y es que aún desconocemos cuál será el verdadero desenlace emocional de esta tensión entre entusiastas de la globalización y detractores.

A Macron se le atribuyen muchas cualidades, de las que destacan tres. Es inteligente pero sobre todo un genio de la empatía y de las relaciones humanas, tiene una inclinación artística y es un buscador de la libertad en todas sus dimensiones. Despuntó como estudiante de Filosofía y de la prestigiosa escuela de administración francesa (L’ENA), sobresalió como banquero de inversión en Rothschild, donde desplegó todo su capital erótico para cultivar relaciones con el poder empresarial y político hasta ser nombrado Ministro de Economía en 2014 por François Hollande. Excelente pianista, amante de los escenarios y casado con la que fue su profesora de teatro en el instituto, Brigitte Trogneux, 20 años mayor que él, muchos consideran que podría haber desarrollado carrera artística. La libertad es la motivación que guía sus decisiones vitales, siendo la última la de abandonar al partido socialista para crear su propio partido, En Marche! («en movimiento») hace alrededor de un año.

Macron y su nuevo partido están trabajando con un dinamismo insólito en la escena política francesa. Como si de una start-up tecnológica se tratara, En Marché! cuenta ya con 230.000 miembros, que trabajan gratuitamente desde apartamentos privados, reuniones en bistrós y online. Ha recibido el respaldo de todos los medios franceses, sin excepción, así como el de grandes empresarios y otros personajes influyentes de la sociedad francesa, como el industrialista Pierre Bergé. Venció con holgura en los centros urbanos (en Paris, por ejemplo, obtuvo un 35% frente al 5% de Le Pen), y sus votantes se caracterizan por el alto poder adquisitivo, alto nivel educativo y por, de nuevo, la emotiva esperanza de liberalizar La France: reformar la legislación laboral, bajar impuestos a las empresas, recortar el gasto público, reforzar a la Eurozona y abrirse a la competitividad global.

Pero este elitismo se enfrenta con la dura realidad de las clases trabajadoras francesas, que aborrecen la agenda de Macron. El incidente de campaña en Amiens, su propia ciudad natal, donde Macron fue recibido a silbidos por los trabajadores de una fábrica, simboliza como ningún otro el miedo a la globalización y la indignación de este amplio espectro de votantes. Estos «franceses olvidados» apuestan claramente por Le Pen, no tanto por convicción sino por miedo y enfado. A estos votantes les atrae enormemente la agenda de la política radical: salir de la Unión Europea, proteger el comercio francés, poner coto a la inmigración y una amplitud de mensajes xenófobos y radicales. Le Pen aprovecha cualquier espacio para calificar a Macron como marioneta de las élites financieras y globalizadas mientras se presenta a ella misma como la defensora de los trabajadores, del interés nacional y de un verdadero patriotismo francés.

El destino del país lo decidirán el 40% de votantes indecisos, para los que ni Macron, al que perciben como un banquero, ni Le Pen, a la que tachan de fascista, puede resolver los problemas que acechan a Francia. Estos se mueven a favor de una abstención y ya tienen un hashtag en redes: #SansMoiLe7Mai («sin mí el 7 de mayo»). Si Macron quiere ganar será crucial convencerles de que su agenda liberal les hará realmente más libres frente a la globalización. Su siguiente reto serán las elecciones al Parlamento francés en junio, donde En Marche! tendrá que asegurarse una mayoría para poder realmente introducir la agenda reformista. Por ahora, le mueve una entusiasta esperanza.

* Elena Herrero-Beaumont es miembro de Transparencia Internacional, socia de Vinces y consejera editorial de Ethic

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