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Recorrer el mundo sin contaminar: el fin de una utopía

La irrupción del coche eléctrico es una realidad que nadie discute, pero se enfrenta a dos grandes retos: una red de carga tan extensa como la de las gasolineras y que su energía provenga de fuentes limpias.

Artículo

Luis Meyer

Ilustración

Carla Lucena
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23
Ene
2019

Hace no mucho, el escritor y dramaturgo alemán Douglas Couplan, conocido por retratar los cambios culturales que producen los avances industriales en las clases medias, dijo una de esas frases destinadas a ser mantras: «Incluso cuando te tomas unas vacaciones de la tecnología, la tecnología no se toma unas vacaciones de ti». El autor plasma así, con concisión y exactitud quirúrgica, el momento en que nos encontramos. Hemos entrado de sopetón en la Cuarta Revolución Industrial, cuando muchos aún están intentando comprender la Tercera, aquella que oficializó el economista Jeremy Rifkin hace poco más de diez años. La Quinta, posiblemente, tardará aún menos en llegar.

La tecnología avanza a una velocidad tal que empieza a superar la capacidad de asunción del cerebro humano. Un ritmo que ya se ha plasmado en una fórmula matemática: la Ley Moore (llamada como su creador, uno de los fundadores de Intel) demuestra que, aproximadamente cada dos años, se duplica el número de transistores de un microprocesador. O, dicho llanamente: un teléfono móvil es el doble de inteligente cada cierto tiempo, por lo que hablamos de un avance exponencial.

Esta regla puede aplicarse perfectamente a la movilidad: la tecnología no es un ente autónomo que avanza sin consecuencias, sino que arrastra a la sociedad, derriba paradigmas y fuerza cambios de comportamiento. La rutina del día a día, que muchas veces consideramos inquebrantable, se vuelve más frágil cuanto más avanza la tecnología. El coche eléctrico es hoy el epítome de la manera en que nos moveremos en un futuro, y que ya podemos tocar con solo estirar un poco el brazo. Ir a la oficina cada mañana en un vehículo con motor diésel, una estampa absolutamente normal hace apenas un año, empieza a ser un anatema. El big data, con vasta información de todas las ciudades del mundo con más de 50.000 habitantes, ha sentenciado que este tipo de combustible ya no es admisible ni sostenible para la salud humana. Tampoco para el planeta: el Acuerdo de París contra el cambio climático, firmado por 197 países, urge a una descarbonización global para reducir el nivel de emisiones contaminantes a la atmósfera y evitar que la próxima generación se achicharre a finales de siglo, que desaparezcan islas enteras por el aumento del nivel del mar y que cambie definitivamente, en fin, la vida tal y como la conocemos hoy.

Alberto Amores (Deloitte): «La industria debe invertir 30.000 millones de euros para modernizar la red eléctrica»

Un escenario terrible, y terriblemente real. Pero se confunden quienes consideran que el coche eléctrico tiene una virtud taumatúrgica. El mero hecho de conducir sin expeler gases venenosos por el tubo de escape no es suficiente para aliviar la apnea planetaria. «El principal reto es que sea usable y satisfaga nuestras necesidades diarias de movilidad. Solo así se expandirá y tendrá el efecto que buscamos en la purificación del aire», explica Nacho Mas, presidente de Aemus, un grupo de startups constituido como colectivo empresarial para la defensa de la movilidad urbana sostenible. Y añade: «Para eso hay que superar una serie de obstáculos que aún dificultan su uso, como el temor a quedarse tirado en un trayecto largo, por su falta de autonomía y la escasez de puntos de recarga».

El experto, no obstante, opina que ya estamos en ese camino. Hay movimientos que lo demuestran. Varias marcas de coches europeas empiezan a aliarse para extender redes de electrolineras, Tesla ya ha anunciado que trasladará su expansión imparable de Superchargers de Estados Unidos a nuestro continente, y las principales compañías eléctricas europeas han firmado recientemente la Alianza de la Electrificación con la máxima de «contribuir a la transición energética hacia modelos más sostenibles y cumplir con los objetivos del Acuerdo de París».

Entre ellas está Endesa, que acaba de presentar un plan para inundar nuestra geografía de puestos de recarga (más de 2.000 públicos en 2020, que se multiplicarán por cuatro tres años después), hasta el punto de que, en un par de años, no habrá más de 100 kilómetros de distancia entre uno y otro. Si tenemos en cuenta que la mayoría de los coches eléctricos que se venden hoy en día, como poco, duplican esa autonomía, la conocida como «ansiedad por quedarse tirado» a la que aludía Mas pasará definitivamente a la historia.

Este proyecto queda integrado en Endesa X, la marca con la que la compañía da, en sus propias palabras, «un paso definitivo a un mundo electrificado, o lo que es lo mismo: es la apuesta más decidida de una empresa energética por la descarbonización, como vía ineludible para la transición energética necesaria para luchar contra el cambio climático y cumplir con los Acuerdos de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible pactados en el seno de Naciones Unidas». El consejero delegado de Endesa, José Bogas, afirmó durante la presentación: «El coche eléctrico es una pieza fundamental para avanzar hacia un sistema energético totalmente descarbonizado en 2050, objetivo que es compartido por todos los países que han firmado los acuerdos internacionales, y por una sociedad cada vez más sensibilizada».

Un coche eléctrico no es sostenible si la energía que obtiene del enchufe proviene de combustibles fósiles. Incluso podría llegar a ser contraproducente si su uso se extiende, como ya aventuran las propias patronales del sector (la mitad de los vehículos matriculados en 2050), y no se ha logrado que la electricidad de sus baterías provenga de fuentes renovables. Se da la circunstancia de que el coche eléctrico ha conseguido que la industria acelere en este sentido: Endesa ya prevé una producción del 63% libre de emisiones, que alcanzará el 100% dos décadas después. La compañía integrará en su plan, a futuro, la tecnología necesaria para que el propio coche sea capaz de alimentar la electricidad de una casa, y viceversa, y fomentar así el autoconsumo, otra medida necesaria ante la creciente demanda que se avecina.

Elena Bernárdez (Endesa X): «Para involucrar al ciudadano en la mejora de nuestras ciudades, hay que facilitarle las cosas»

En este sentido, el director gerente de la Asociación Empresarial para el Desarrollo e Impulso del Vehículo Eléctrico (Aedive), Arturo Pérez de Lucía, se muestra optimista: «El vehículo eléctrico es la solución de movilidad sostenible, y en España ya tenemos en torno a un 70% de generación eléctrica libre de CO2 y no basada en combustibles fósiles», pero añade: «Hay que acelerar el cumplimiento de los objetivos de penetración de tecnologías verdes marcados por la Unión Europea y lograr la capacidad energética necesaria para dar carpetazo a las centrales de carbón y a las nucleares». Nacho Mas opina, en la misma línea: «Ya tenemos la tecnología para una movilidad totalmente limpia. Eso ya lo hemos conseguido. Lo que está por ver es cómo responden la ciudadanía, los sectores tradicionales y los agentes reguladores, y cuánto tiempo van a tardar en adaptar estas tecnologías. El reto, ahora, son las respuestas». En este sentido, la responsable del departamento E-mobility de Endesa X, Elena Bernárdez, añade, en un claro llamamiento a la colaboración de las Administraciones Públicas: «Si queremos mejorar las ciudades e involucrar al ciudadano en este cambio de movilidad, ¿qué menos que facilitarle las cosas?».

Sobre el papel, planes como estos son tan ambiciosos como necesarios, pero llevarlos a la práctica será una tarea hercúlea: según el último informe de la consultora Deloitte, la industria tendrá que invertir 30.000 millones de euros hasta 2030 para modernizar y digitalizar la red eléctrica y facilitar la integración de renovables y del vehículo eléctrico en el sistema. «La transición energética plantea nuevos retos para las redes eléctricas, que deberán ser capaces de integrar nueva capacidad, permitir la recarga inteligente de millones de vehículos y facilitar una participación activa de los usuarios a través de instalaciones de autoconsumo», explica Alberto Amores, coordinador del estudio.

Queda claro que el coche eléctrico solo es la punta del iceberg: antes que él, tiene que estar lista una compleja infraestructura que no contamine, desde que se genera la energía hasta que se traslada por el cableado y sale por un enchufe.

Enrique Dans (IE Business School): «La movilidad eléctrica, con cero emisiones en todo su recorrido, es una realidad factible»

Enrique Dans, además de profesor de Innovación en IE Business School, es un respetado gurú tecnológico que escribe en prestigiosos medios nacionales e internacionales. Suele ser muy crítico con los avances infundados, por eso, su opinión vierte un poco de luz a este futuro inmediato: «Cada vez más países han implantado planes para aumentar la potencia generada de fuentes sostenibles, la tendencia hacia una sociedad sin combustibles fósiles es hoy indiscutible. Eso convertirá al coche eléctrico en una solución de movilidad totalmente sostenible. Y aunque el aumento severo de demanda de electricidad asusta a muchos, nuestras redes, y las que se van a extender en el futuro, están mucho más preparadas de lo que muchos piensan: la asociación de administradores de energía del Reino Unido ya afirma que la previsible llegada de varios millones de vehículos eléctricos no les quita el sueño en absoluto y que están perfectamente preparados para hacer frente a ese nuevo escenario futuro». Dans concluye: «La movilidad eléctrica, con cero emisiones en todo su recorrido, es una realidad factible. Depende de nosotros aprovecharla».

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