Opinión

El mundo rural solo necesita una cosa: igualdad

«No creo que haya que luchar contra la despoblación rural. La gente debería ser libre para decidir dónde vivir pero, para eso, debemos partir desde la igualdad», opina Mª Ángeles Ávila, gestora de Proyectos de AlmaNatura.

Artículo

María Ángeles Ávila

gestora de Proyectos de AlmaNatura

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20
Nov
2018

A estas alturas, pocos faltan por enterarse del desafío demográfico al que se enfrenta más de la mitad del territorio español: la despoblación rural. No es ningún secreto que estos desequilibrios están afectando a la vertebración del territorio e incluso a la cohesión social. Además, cabe preguntarse: ¿Podemos prescindir de la mitad de los recursos de nuestra nación? Y la que sería la incógnita más importante -y difícil de responder-: ¿Qué podemos hacer?

Parece que algunos tienen muy claro que un pacto de Estado es lo que necesita el entorno rural, aunque yo creo que el pacto también debe ser con la sociedad civil. Es decir, con los que viven, con los que desean volver y con los que quieren llegar por primera vez.

«La falta de servicios y recursos condicionan a la población rural a la hora de tomar decisiones»

La solución que planteo es tan básica que habría bastado con leer el título de este artículo. Y es que no creo que haya que luchar contra la despoblación. No creo que haya que pensar en medidas para repoblar. Considero que la gente debería ser libre para decidir dónde vivir, pero para hacerlo, debemos partir desde la igualdad. No existe equidad de derechos entre las poblaciones del mundo rural y las del entorno urbano. La falta de servicios y recursos para el desarrollo personal y profesional, el difícil acceso a Internet, las deficiencias y escasez de la sanidad y la educación -así como la falta de actividades socioculturales-, condicionan a la población rural a la hora de tomar decisiones profesionales, personales y familiares.

Esta brecha convierte al territorio rural en territorio frágil. Pedir que se garantice la igualdad efectiva en los accesos a los servicios y en el ejercicio de derechos sociales y económicos de la ciudadanía no es pedir algo extraordinario, simplemente consiste en defender nuestro estado de bienestar, que debe ser igual para todos. En este sentido, independientemente de que exista un desafío demográfico, a lo que nos enfrentamos es a una cuestión de integridad.

Por otro lado, tenemos, como no, a los conglomerados mediáticos, que empiezan a esculpir nuestro subconsciente desde que somos niños, mostrándonos a las personas de ciudad como gente exitosa, siempre con algo apasionante que hacer, mientras que la imagen del pueblerino queda reducida a una persona mayor, inculta y sin ambiciones. Esto propicia que los jóvenes rurales busquen en las ciudades oportunidades que, en muchos casos, no encuentran.

«La imagen del pueblerino queda reducida a una persona mayor, inculta y sin ambiciones»

Es importante tomar conciencia de lo que nos ofrece cada entorno, saber qué nos aporta, pero también qué podemos aportar nosotros. Quienes tienen despierto el instinto emprendedor pueden encontrar oportunidades de negocio, precisamente, a raíz de las necesidades con las que cuentan los pueblos. Eso sí, el valiente debe ser conocedor del entorno, resiliente y proactivo, además de respetuoso.

Lo rural y lo urbano no son incompatibles. De hecho, abogo por permanecer con la mente lo suficientemente flexible para abrazar lo mejor de cada sitio. Entender que estas dos realidades (que no son solo dos, porque en cada uno de estos entornos se dan, a su vez, muchas realidades y muy diversas) no solo pueden encajar sino que además pueden beneficiarse mutuamente, es el primer paso para dejar atrás la competencia y optar por la cooperación.

Que el arraigo nos sirva para seguir trabajando por nuestro entorno y para luchar por la dignidad individual y colectiva, aportando y exigiendo compromiso, responsabilidad, justicia, ganas e igualdad. La igualdad de oportunidades, en todas las direcciones, es la clave para una sociedad más justa y democrática. Mi deseo es que podamos decidir libremente dónde vivir antes de que este término se vuelva manido. Habrá quien piense que esto no es más que una utopía, pero ojalá -con el permiso de Fernando Birri- esta utopía nos sirva, al menos, para avanzar.

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