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Vivir en la queja afecta a tu salud

Una persona media se queja decenas de veces al día, casi siempre sin darse cuenta. La psicología ha estudiado durante décadas las consecuencias de ese hábito tan extendido y los hallazgos coinciden: rumiar agravios modifica el cerebro, deteriora la salud mental y empobrece los vínculos. La gratitud, en cambio, hace lo opuesto.

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20
mayo
2026

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La queja es un mecanismo de supervivencia imprescindible. Sin un «¡ay!» a tiempo no podríamos alertar de que alguien nos está pisando. Muchos de los derechos de los que hoy gozamos no se habrían conquistado sin que un grupo de personas expresara su insatisfacción. Otra cosa es lo que ocurre cuando se utiliza en exceso y se convierte en veneno.

Existen cuatro adjetivos con la misma raíz, quejica, quejicoso, quejilloso y quejumbroso, para nombrar a la persona que ha cogido vicio a este tipo de lamento. Que la lengua haya acuñado tantos sinónimos no es casual. Quejarse, cuyo sonido ya recuerda a unas uñas rascando una pared, también deja huella en el cerebro, un órgano de inmensa plasticidad. El uso o el desuso de cada una de sus partes condiciona su forma, y lo que se practica de manera sostenida acaba modificándolo.

En un estudio, la neurocientífica Eleanor Maguire analizó el cerebro de los taxistas de Londres, una profesión que exige memorizar miles de calles para superar un examen conocido como The Knowledge, para comprobar si la experiencia y el entrenamiento intensivo podían modificar físicamente la estructura cerebral. Tras varios experimentos, descubrió que estos conductores tenían más materia gris en la parte posterior del hipocampo, relacionada con la memoria, y cuanto más tiempo llevaban trabajando, mayor era esa región cerebral.

Rumiar agrava la depresión y deteriora la capacidad para resolver problemas

Quejarse mucho nos cambia como personas. A ese hábito de repetir mentalmente una idea negativa la psicología lo llama rumiación. Su característica esencial es la ausencia de profundidad: recorrer la misma idea una y otra vez de manera exacta. No avanzar. Diversos estudios coinciden en que la rumiación tiene efectos demostradamente nocivos sobre la salud mental. La psicóloga Susan Nolen-Hoeksema, pionera del campo y profesora de la Universidad de Yale, dedicó su carrera a documentarlo. En una revisión publicada en Perspectives on Psychological Science en 2008, concluyó que rumiar agrava la depresión, intensifica el pensamiento negativo, deteriora la capacidad para resolver problemas y termina alejando a quienes rodean al que rumia. Quejarse hacia dentro, en silencio y en bucle, no descarga el malestar: lo cultiva.

Pocas personas han estudiado la queja como fenómeno social con la insistencia de Robin Kowalski, profesora de psicología en la Universidad de Clemson y autora de Complaining, Teasing and Other Annoying Behaviors. Su tesis es que la queja no es buena ni mala en sí misma: depende de la función que cumple. En un artículo publicado en 2002 en Journal of Clinical Psychology, Kowalski distingue dos categorías. La queja instrumental se dirige a quien puede solucionar el problema y persigue un cambio concreto: llamar a la compañía para que devuelva el WiFi, hablar con el vecino para que pare el ruido, pedir al camarero que cambie un plato frío. La queja expresiva, en cambio, no busca arreglar nada. Busca descargar. Es la que se vierte sobre el amigo, el compañero de oficina o el grupo de WhatsApp, sin destinatario útil y sin acción esperada.

Según Kowalski, las personas con autoestima saludable tienden a quejarse de forma instrumental: identifican el problema, lo ponen donde puede resolverse y siguen adelante. La queja expresiva crónica, en cambio, suele funcionar como una manera de modelar la imagen que damos a los demás –transmitir que uno está muy ocupado, que tiene buen criterio o que merece atención– y aparece con más frecuencia en quienes se sirven de la insatisfacción como forma de habitar el mundo.

En el lado contrario está la gratitud. Antes que la psicología, las religiones, como el budismo o el cristianismo, ya insistían en la importancia de dar las gracias. No se trata solo de agradecer cuando nos dejan pasar en el metro. Es un modo de vida, implica un reposo. Pararse a pensar, por ejemplo, en el milagro que supone estar vivos.

Antes que la psicología, las religiones, como el budismo o el cristianismo, ya insistían en la importancia de dar las gracias

La psicología contemporánea ha terminado dándole la razón a esa intuición religiosa. En 2003, los investigadores Robert Emmons y Michael McCullough publicaron en Journal of Personality and Social Psychology un estudio en el que pidieron a un grupo de participantes que durante diez semanas escribieran, una vez por semana, cinco cosas por las que se sentían agradecidos; a otro grupo, que apuntaran cinco molestias; a un tercero, hechos neutros. Los del primer grupo terminaron el experimento con menos síntomas físicos, más horas de ejercicio, mejor estado de ánimo y mayor optimismo que los demás. Desde entonces, decenas de estudios han replicado el efecto. Un metaanálisis publicado en 2023, que reunió sesenta y cuatro ensayos clínicos, concluyó que las intervenciones de gratitud reducen los síntomas de ansiedad y depresión y mejoran el bienestar emocional.

Mientras la queja repetida talla en el cerebro un sesgo hacia lo que falta, la gratitud entrena el lado contrario: el de ser conscientes de todo lo que ya tenemos.

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