La cooperación inevitable
El hito colectivo del Acuerdo de París nos recuerda que el multilateralismo es la única vía para afrontar problemas que superan, por escala y complejidad, la capacidad de respuesta individual de los países.
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Hace 11 años, en un contexto internacional más propicio que el actual, 195 países firmaron el Acuerdo de París, comprometiéndose a limitar el calentamiento global preferiblemente a 1,5 ºC, en comparación con los niveles preindustriales. Este objetivo está cada vez más alejado en la práctica, ya que, aun incluyendo los planes nacionales de recortes de emisiones más recientes, el planeta está hoy encaminado hacia un calentamiento para finales de siglo de entre 2,3 y 2,5 ºC. Sin embargo, sin el Acuerdo de París la humanidad afrontaría un escenario aún más catastrófico. Las proyecciones de 2014, un año antes del acuerdo, situaban al planeta en un calentamiento de hasta 4,8 ºC para 2100.
Cada fracción de grado que evitamos reduce la escalada de impactos, pérdidas y daños ocasionados por el cambio climático. Dicho de otra forma, el coste de inacción es demasiado elevado para ser desatendido. Esta llamada a la acción, a pesar de los tiempos inciertos actuales de la política internacional, está hoy más vigente que nunca. Bien es cierto que una parte importante de los avances en la transición energética se deben al impulso del mercado de las energías renovables. El Acuerdo de París nos recuerda, no obstante, que desafíos como la emergencia climática deben ser afrontados ante todo desde los gobiernos, en representación del interés público y en estrecha colaboración con los demás actores de la sociedad. Igual de importante, el hito colectivo de París nos recuerda que el multilateralismo es la única vía para afrontar problemas que superan, por escala y complejidad, la capacidad de respuesta individual de los países.
Deberemos aprender a dialogar y hacer concesiones con quien esté sentado a la mesa en pos de un objetivo compartido, inclusive cuando tiene unos intereses y comprensión del mundo muy diferentes
La agenda climática global es una —pero quizá la más ilustre— de las víctimas de las tensiones geopolíticas que se han instalado en el centro del escenario internacional, imponiendo su forma particular de comprender el mundo. La agenda de seguridad, la competitividad industrial, la competición tecnológica y la carrera por los recursos naturales, si bien siempre han estado presentes, ahora asumen una relevancia nueva, enmarcadas en un contexto internacional donde la rivalidad geopolítica socava la posibilidad de cooperar para afrontar retos globales como el cambio climático. Sin embargo, más pronto que tarde, los impactos crecientes y dramáticos del calentamiento global dibujarán un contexto internacional que no dejará otra alternativa para los países reticentes a abandonar los combustibles fósiles que emprender la transición energética. Nuevas y antiguas tensiones surgirán a la hora de acercar posiciones. En ese momento, el espíritu del Acuerdo de París podrá brindarnos una enseñanza valiosa.
Curiosamente, la enseñanza más importante que podemos extraer de las negociaciones de aquel acuerdo, tanto para el futuro como para el presente, es que los países en el ámbito del multilateralismo no difieren mucho de las personas en el ámbito de una sociedad. Deberemos aprender a escuchar al otro, recordando que la polarización nunca ha sido beneficiosa para la mayoría. Deberemos aprender a dialogar y hacer concesiones con quien esté sentado a la mesa en pos de un objetivo compartido, inclusive cuando el otro tiene unos intereses y comprensión del mundo muy diferentes del nuestro.
Ricardo Martínez es investigador sénior en CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs).
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