La sostenibilidad hoy: del compromiso moral a los euros tangibles
En un entorno marcado por la polarización política, en el que la sostenibilidad se ha metido dentro del debate ideológico, muchas compañías han descubierto que determinadas conversaciones dejan de ser eficaces, y hasta provocan hastío, cuando se formulan desde el plano del compromiso, la moral o el valor del intangible.
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En 1991, el ilustrador Ingram Pinn publicó una viñeta en el Financial Times inspirada por John Elkington (el padre de la teoría de la triple cuenta de resultados) que, vista hoy, resulta casi profética. En ella, alrededor de una mesa de consejo de administración, se sentaban no solo el CEO o los accionistas, sino también la pobreza, la naturaleza o la contaminación. El mensaje era claro: el siglo XXI obligaría a las empresas a incorporar en la toma de decisiones cuestiones que hasta entonces parecían ajenas al núcleo duro del negocio.
Treinta años después, aquella intuición sigue siendo correcta, pero el contexto ha cambiado profundamente. En un entorno marcado por la polarización política, en el que la sostenibilidad se ha metido dentro del debate ideológico, muchas compañías han descubierto que determinadas conversaciones dejan de ser eficaces, y hasta provocan hastío, cuando se formulan desde el plano del compromiso, la moral o el valor del intangible.
Quizá por eso el lenguaje más sólido al que hoy puede recurrir la sostenibilidad no es el del activismo ni el del deber ser, sino el de los euros (o los dólares) tangibles. La razón es sencilla: hoy, para hablar de sostenibilidad, el lenguaje del dinero es un puerto seguro en el que refugiarse cuando el ruido del exterior es alto. Cuando alguien va hoy a un consejo de administración (o a un comité ejecutivo), es mucho más seguro utilizar datos que se traducen en euros o en métricas tangibles que apelar al compromiso o a la idea de dejar un mundo mejor para futuras generaciones. De hecho, hoy ya es posible traducir casi todas las iniciativas de sostenibilidad al lenguaje financiero y en palancas creación y protección de valor: porcentaje de ingresos vinculados a nuevos mercados o productos sostenibles, ahorros derivados de eficiencia energética, reducción de costes operativos, exposición a riesgos climáticos, resiliencia de la cadena de suministro, menor coste de capital, acceso a financiación o impacto reputacional con consecuencias económicas tangibles.
Hoy ya es posible traducir casi todas las iniciativas de sostenibilidad al lenguaje financiero y en palancas creación y protección de valor
Ese cambio de foco, probablemente, explica mejor que ninguna otra cosa hacia dónde se dirige la sostenibilidad corporativa: menos compromiso moral y más euros tangibles. En palabras de Emilio Botín, quien fuera presidente del Banco Santander, hoy más que nunca puede decirse que «lo que no son cuentas, son cuentos».
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? El péndulo de la sostenibilidad
En realidad, creo que la situación actual es la consecuencia natural de algo que suelo llamar el péndulo de la sostenibilidad. El inicio del movimiento pendular podría encontrarse a finales de los años 90, cuando el germen de la sostenibilidad emergió asociado a la idea de la responsabilidad social, impulsada por una combinación de presión social, creciente sensibilidad reputacional y acumulación de evidencia científica sobre desafíos como el cambio climático, la desigualdad o la degradación ambiental. Durante aquella etapa, el lenguaje dominante era el del compromiso: las compañías hablaban de valores, contribución a la sociedad y licencia para operar. Y los instrumentos jurídicos internacionales eran básicamente voluntarios.
A partir de 2015 el péndulo se situó en el momento justo de iniciar su momento ascendente, especialmente tras la aprobación del Acuerdo de París, que vendría a ser el primer gran acuerdo global que se convertiría después en derecho normativo de los países firmantes. La sostenibilidad dejó de ser únicamente una cuestión de posicionamiento corporativo para convertirse progresivamente en un amplio ecosistema de obligaciones regulatorias, estándares técnicos, métricas, taxonomías y requerimientos de reporte. Los datos del Observatorio de Datamaran reflejan con claridad esa aceleración: solo en Europa, en 2014 había poco más de 20 iniciativas regulatorias susceptibles de catalogarse con la etiqueta ESG; en 2024, alcanzaban las 620. Y en Estados Unidos, los datos son muy parecidos (19 en 2014 y 650 en 2024). Es decir: desde mediados de la pasada década, el volumen de regulación ESG creció de forma exponencial, hasta el punto de transformar la sostenibilidad en uno de los ámbitos regulatorios más intensos y complejos para las empresas que, desde EY, calificamos como Tsunami Regulatorio.
Y, aunque buena parte de esa regulación perseguía objetivos necesarios (homogeneizar información, mejorar transparencia o canalizar capital hacia actividades sostenibles), en 2024 se alcanzó la parte más alta del péndulo: más de 23.600 iniciativas ESG en todo el mundo. Tras alcanzar la parte alta del péndulo, la sostenibilidad empezó a cambiar de tono. Lo que había nacido como una conversación sobre estrategia, resiliencia y creación de valor empezó, en ocasiones, a percibirse como una sucesión inacabable de obligaciones de cumplimiento, nuevos lenguajes técnicos y exigencias documentales difíciles de aterrizar en la realidad operativa del negocio.
Ese exceso terminó provocando lo que me gusta denominar el shock anafiláctico-sostenible ante la hiperregulación, la complejidad burocrática y la creciente politización del debate ESG. De ahí que en Europa comenzaran a emerger señales de fatiga regulatoria vinculadas al impacto de la carga normativa sobre la competitividad empresarial. La simplificación de la CSRD, el debate sobre el paquete Omnibus o la creciente preocupación por la posición industrial europea frente a China y Estados Unidos reflejan precisamente ese cambio de clima en Europa. Y en Estados Unidos, la llegada de una nueva administración paró prácticamente todas las iniciativas ESG (incluso algunas que databan de los años 70). En conclusión: aunque la sostenibilidad sigue siendo estratégica, incorporarla en la agenda de los consejos suele provocar una reacción alérgica porque se identifica con los costes asociados a cumplir una regulación que se ha considerado excesiva.
Precisamente por eso, las compañías están intentando ahora reconducir la conversación hacia un terreno más estable y reconocible para el mundo empresarial: el de la competitividad y la creación de valor, el ahorro de costes, los riesgos, y la resiliencia.
¿El ejemplo de China?
Curiosamente no exista un ejemplo más claro de esta lógica económica que el que se ha desarrollado en China. Durante años, buena parte de Occidente interpretó la descarbonización principalmente desde parámetros regulatorios o éticos. China, en cambio, entendió muy pronto que la transición verde también podía convertirse en una gigantesca oportunidad industrial, tecnológica y geopolítica.
El objetivo primario de las compañías chinas al apostar por energías renovables, baterías, movilidad eléctrica o minerales críticos, en mi opinión, no era salvar el planeta; era ganar mercados, liderar cadenas de valor estratégicas y generar crecimiento económico. Y precisamente por eso China ha terminado convirtiéndose en una de las mayores potencias mundiales en esos campos.
China entendió muy pronto que la transición verde también podía convertirse en una gigantesca oportunidad industrial, tecnológica y geopolítica
Los números ayudan a entender la magnitud de esa apuesta. Según los datos recogidos por Ethic, China concentra cerca del 80% de la capacidad mundial de fabricación de paneles solares, alrededor del 70% de la producción global de baterías y más del 60% del mercado mundial de vehículos eléctricos. Además, controla buena parte del procesamiento de minerales críticos necesarios para la transición energética, desde el litio hasta las tierras raras. Todo ello no solo ha contribuido a reducir emisiones; también ha reforzado su posición industrial, tecnológica y geopolítica.
La apuesta china por el vehículo eléctrico ilustra perfectamente esta lógica. El país no solo buscaba reducir dependencia energética y contaminación urbana. Buscaba también dominar la industria que probablemente definirá buena parte de la automoción del siglo XXI. Algo parecido ocurre con la energía solar, el almacenamiento energético o las tecnologías limpias.
China ha entendido algo que en Europa todavía genera cierta incomodidad intelectual: sostenibilidad y rentabilidad no son conceptos enfrentados. Es más: se han dado cuenta que pensar a largo plazo (la esencia misma de la sostenibilidad) les está proporcionando valor geoestratégico y financiero en el mundo. Y esa idea cambia completamente la conversación: el debate real ya no gira alrededor de si la sostenibilidad «es buena o mala». La cuestión verdaderamente estratégica es quién capturará el valor económico asociado a la sostenibilidad en los próximos años.
La gran oportunidad para la empresa: un cuadro de mando traducido en euros
¿Qué tienen que aprender las empresas occidentales de las empresas chinas? Pues que sostenibilidad y rentabilidad no son necesariamente conceptos enfrentados. Y que, con ella, se puede ganar mucho dinero y se pueden ahorrar muchos costes.
Un consejo de administración puede tener sensibilidades distintas sobre regulación climática, velocidad de la transición energética o intensidad de determinadas políticas públicas. Lo que difícilmente puede ignorar es el impacto económico de ciertos fenómenos cuando afectan directamente a la cuenta de resultados, al perfil de riesgo o a la valoración futura de la compañía. Lo dicho: el lenguaje del dinero es un puerto seguro.
Por eso, cuando un consejo de administración o un comité de dirección hablan de sostenibilidad lo que aparece encima de la mesa no son debates filosóficos sino indicadores traducidos en euros. Y todos ellos forman un cuadro de mando que se sigue en todas las reuniones con la misma atención que se presta a los indicadores financieros.
¿A qué métricas hay que prestar atención? Aunque cada compañía y cada sector pondrán foco en su realidad, conviene analizar los impactos financieros de la sostenibilidad: qué porcentaje de ingresos procede de productos o servicios sostenibles (actividades alineadas con la Taxonomía Europea, cuánto CapEx se dirige a inversiones sostenibles, qué ahorro económico se ha generado mediante eficiencia energética o cuál es el coste evitado por reducción de emisiones Alcance 1 y 2 utilizando precios internos del carbono,
También se revisan indicadores asociados directamente al riesgo y la resiliencia: qué porcentaje de riesgos ESG está integrado en el mapa global de riesgos corporativos, cuál es la exposición económica de la compañía a riesgos físicos derivados del clima, cuánto pesa la financiación sostenible sobre la deuda total o qué nivel de desagregación operativa tienen los riesgos materiales identificados.
Y junto a ello aparecen indicadores ambientales, sociales y de gobernanza que cada vez se consideran más conectados con la creación y protección de valor: intensidad de emisiones por millón de euros ingresado, porcentaje de energía renovable sobre el consumo total, intensidad de consumo de agua, residuos valorizados, índice de frecuencia de accidentes laborales, absentismo, rotación no deseada, brecha salarial de género, porcentaje de mujeres en el consejo o vinculación de objetivos ESG a la remuneración variable de directivos.
El futuro de la sostenibilidad se decidirá menos en las redes sociales y más en los consejos de administración
Es decir, exactamente el mismo tipo de conversación que históricamente han mantenido los órganos de gobierno cuando analizan cualquier otra variable estratégica del negocio. Tal vez por eso el futuro de la sostenibilidad se decidirá menos en las redes sociales y más en los consejos de administración, los comités de auditoría y las direcciones financieras. Allí donde las decisiones dejan de formularse en términos abstractos y empiezan a expresarse en el único lenguaje verdaderamente universal dentro de una compañía: el de los números.
Cerrar el círculo: del compromiso al euro… y del euro al compromiso
Soy consciente de que, para algunos, poner tanto énfasis en los impactos económicos (eso que técnicamente se llama materialidad financiera) pudiera significar que se abandona la dimensión ética que representa la sostenibilidad, y a principios esenciales como provocar impactos positivos en el entorno y reducir las externalidades negativas.
Pero creo que hay que verlo de otra forma. ¿No es cierto que, si se ahorra la factura energética… se reducen las emisiones? ¿No es cierto que, si se invierte en plantas fotovoltaicas y con ellas se reduce la factura eléctrica… se emite menos CO2? ¿No es cierto que, si se ahorra agua… se reduce el estrés hídrico? ¿No es cierto que, si se venden los residuos generados… se favorece por la economía circular? ¿No es cierto que, si se reduce el absentismo (y el coste que supone)… será porque ha mejorado el compromiso? ¿No es cierto que, si se reduce la tasa de accidentes… es porque han mejorado los planes de prevención y salud? ¿No es cierto que, si no hay brecha salarial entre hombres y mujeres… se mejora la igualdad? ¿No es cierto que, si se desarrollan nuevos productos ecológicos… se mejora la salud? ¿No es cierto que, si se cumplen las reglas del juego… se evitan multas? En el fondo, estamos hablando de eso que técnicamente se llama materialidad de impacto.
Quizá la gran evolución de la sostenibilidad en esta nueva etapa sea pensar de esta forma. No en abandonar sus principios fundacionales, sino en demostrar que, cuando las cosas se hacen bien, ética y economía dejan de ser dimensiones enfrentadas. La sostenibilidad madura cuando logra traducir sus principios en decisiones empresariales racionales, medibles y económicamente viables. Porque, al final, el verdadero cambio no ocurre cuando las compañías actúan únicamente por obligación moral, sino cuando descubren que generar impactos positivos y reducir impactos negativos también fortalece el negocio, protege el valor y mejora la competitividad.
Y quizá por eso el círculo termina cerrándose de forma natural: la sostenibilidad nació desde el compromiso, evolucionó hacia el lenguaje de los euros y acaba demostrando que, en muchas ocasiones, ambos caminos conducen exactamente al mismo lugar.
Alberto Andreu Pinillos es director ejecutivo del Máster de Sostenibilidad de la Universidad de Navarra
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