¿Vivimos en una simulación?
El profesor Nick Bostrom ha reflexionado sobre la idea de que nuestra vida sea un sueño o un videojuego generado por una civilización más desarrollada.
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¿Sería usted capaz de demostrar que su vida no es una simulación generada por una civilización con una tecnología inconcebiblemente desarrollada? Pensadores de todas las épocas y geografías se han devanado los sesos tratando de arrancar esa espina tan aparentemente superficial, pero sumamente incómoda. Por supuesto, mentes tan insignes como la de Descartes o Kant no abordaron el problema en esos términos. El francés, por ejemplo, se preguntó por la posibilidad de que esto que llamamos vida no sea más que un sueño. En términos generales, empero, el problema es el mismo.
En un artículo bautizado con el provocativo título «¿Estás viviendo en una simulación?» (2003) el profesor de Oxford Nick Bostrom (1973) ha valorado la posibilidad de que este crisol de experiencias que llamamos vida no sea más que una recreación semejante al videojuego de Los Sims.
En su hilo argumental, Bostrom empieza por poner sobre la mesa la posibilidad de que una tecnología lo suficientemente desarrollada pudiera producir simulaciones de la realidad tan vívidas como las de este aparente mundo que nos circunda. La propuesta no es descabellada a la vista de que, en un santiamén, los homo sapiens hemos pasado de habitar las cavernas a pisar la Luna o a desarrollar gafas de realidad virtual.
Todas las experiencias y emociones con las que aderezamos nuestra vida emergen de procesos cerebrales. Procesos que siguen ciertas pautas físico-químicas, algorítmicas, que podrían ser replicadas con el conocimiento y las herramientas necesarias. No hay ningún truco de magia entre bambalinas. A la postre, los colores, la sensación de profundidad y distancia espacial entre los objetos, o el dolor son experiencias replicables.
Una vez asentada esta premisa inicial, Bostrom evalúa en su artículo el futuro en tres posibles escenarios. Según el primero, es probable que la humanidad, o cualquier ser inteligente del universo, jamás alcance el nivel tecnológico necesario para simular el mundo. Según el segundo, es probable que la humanidad u otra civilización inteligente sí alcance alguna vez tal tecnología, pero que carezca del interés para materializarla. Según el tercero, es probable que alguna civilización del universo lleve a cabo una cantidad exageradamente elevada de simulaciones virtuales.
Ninguna posible definición de «realidad» nos habilitaría para separarla de lo simulado
Basándose en cálculos estadísticos, Bostrom estima que al menos uno de los tres escenarios fue, es o será cierto. Si el tercero fuera el caso, entonces sería muy probable que nuestra existencia formase parte de ese abanico de simulaciones. Por lo tanto, a la vista de que una de las tres posibilidades es cierta (cada una cuenta aproximadamente con un 33% de probabilidad de serlo), y puesto que en la última sería altamente verosímil que nosotros fuéramos simulados, es probable que nuestra existencia sea una simulación.
La argumentación de Bostrom resulta convincente, sin duda. Aun así, arrastra un problema de fondo, un nudo gordiano difícil de deshacer. A saber: ¿cómo sería posible discernir realidad de simulación? Ninguna posible definición de «realidad» nos habilitaría para separarla de lo simulado. Y así, como el monstruo de Frankenstein, la creación se vuelve en contra.
Como licencia narrativa, imaginemos que es cierto, efectivamente: somos una simulación con la que experimentan unos extraterrestres muy listos. Al margen de las probabilidades un tanto gratuitas, parece claro que en medio de una simulación perfecta nosotros nunca podríamos constatar su verdadera naturaleza: el sabor de las manzanas o los colores del mar son idénticos en la simulación y en el supuesto mundo no simulado. Ahora bien, ¿podrían los extraterrestres tener la certeza de que ellos no están siendo simulados por unos meta-extraterrestres? A su vez, ¿estos meta-extraterrestres podrían saber que no son un producto de unos meta-meta-extraterrestres? El bucle, por supuesto, es infinito.
Una vez se admite la posibilidad de que esta vida no es real, sino en todo caso el sueño de algún dios o una simulación, todo se desmorona
La realidad no encuentra en esta lógica ningún asidero y, por ende, se ve drenada de todo su sentido. Una vez se admite la posibilidad de que esta vida no es real, sino en todo caso el sueño de algún dios o una simulación, todo se desmorona. El uso filosófico de los conceptos de «apariencia» y «realidad» se ve desprovisto de toda utilidad.
La pregunta por la simulación de nuestra existencia nos conduce a ese lugar en el que el filósofo Ludwig Wittgenstein (1889-1951) consideró que «el lenguaje se va de fiesta». Todo vale ahí, lo que nos lleva a permanecer encerrados cuan moscas en una botella de vidrio. Tal vez con algo de esta ironía wittgensteniana, mucho antes que Wittgenstein, lo expresó el poeta chino Zhuangzi en el IV a. C.: «Soñé que era una mariposa/ Volaba en el jardín de rama en rama/ Solo tenía conciencia de mi existencia de mariposa y no la tenía de mi personalidad de hombre/ Desperté/ Y ahora no sé si era un hombre soñando que era una mariposa, o si soy una mariposa que sueña que es un hombre».
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