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Infidelidad: ¿reconstruir (o no) la relación?

Una infidelidad no se olvida. Nunca. No importa cuántos años pasen, cuántas conversaciones se tengan o cuántas promesas nuevas se hagan: ese hecho queda escrito en la historia de la relación. Es un punto de inflexión.

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23
febrero
2026

Una infidelidad no se olvida. Nunca. No importa cuántos años pasen, cuántas conversaciones se tengan o cuántas promesas nuevas se hagan: ese hecho queda escrito en la historia de la relación. Es un punto de inflexión. Una línea que se cruza y que marca un antes y un después. Y no, esto no significa que la relación esté condenada al fracaso, no necesariamente.

Pero sí implica aceptar que, si se decide continuar, ya no se trata de «volver a lo de antes», porque eso ya no existe. Lo que queda es otra cosa: una reconstrucción. Un trabajo intenso y bilateral que, en muchos casos, solo es posible si ambas partes están realmente dispuestas a ensuciarse las manos.

Hay algo que conviene dejar claro desde el principio: una infidelidad duele incluso cuando hay amor, incluso cuando se perdona, incluso cuando se decide seguir. Porque no es solo el hecho físico o sexual lo que genera el daño, sino la traición de un pacto, la ruptura de una confianza, el impacto sobre la imagen que teníamos del otro y de la relación. De repente, aparece una grieta. Y por esa grieta se cuela la inseguridad, la desconfianza, la rabia, la tristeza. Lo que antes parecía sólido ahora se tambalea. Y toca decidir: ¿reconstruimos o soltamos?

Una infidelidad duele incluso cuando hay amor, incluso cuando se perdona, incluso cuando se decide seguir

Para quienes optan por reconstruir, el camino es largo. Porque, aunque la decisión de continuar puede ser inmediata, el perdón no lo es. El perdón no es un interruptor. No basta con pedirlo para que aparezca. Es un proceso que exige tiempo, coherencia y esfuerzo. Y aquí entra en juego una de las tareas más importantes: quien ha cometido la infidelidad debe asumir que no tiene derecho a exigir confianza inmediata, ni cariño automático, ni rapidez emocional por parte de su pareja.

Pedir perdón es solo el inicio. Lo difícil viene después: sostener ese perdón día a día con actos, con paciencia, con transparencia radical. Asumir que habrá preguntas incómodas, recaídas emocionales, momentos de distancia. Que habrá silencios pesados, lágrimas inesperadas, y que la persona herida puede necesitar reafirmarse, hablar del tema una y otra vez hasta que le cuadre en la cabeza. Eso no es ensañamiento. Eso es procesamiento emocional. Y quien ha herido no puede marcar el ritmo del duelo ajeno.

El perdón no es un interruptor. No basta con pedirlo para que aparezca

Pero el trabajo no es unilateral. La persona herida también tiene su propio proceso, y no es menor. Tiene que entender que no fue culpable de la traición, que una infidelidad nunca se justifica por carencias, enfados o crisis previas. Tiene que reconstruir su autoestima, que suele quedar hecha trizas. Recuperar su sentido de valor, su capacidad de confiar, su dignidad personal. Y, si decide continuar la relación, tendrá que lidiar con una paradoja dolorosa: sostener el vínculo con alguien que le ha hecho daño, sin convertirse en su verdugo.

Porque uno de los mayores riesgos tras una infidelidad es quedarse a vivir en el reproche. Usar el pasado como arma cada vez que hay un conflicto. Convertirse en fiscal permanente de la pareja, recordándole cada día que «lo que hiciste no se olvida». Y aunque eso sea cierto, aunque el dolor no desaparezca del todo, una relación no puede reconstruirse desde la venganza emocional, desde el control o desde la humillación.

La reconstrucción implica mirar el daño de frente, pero también mirar hacia adelante. No se trata de ignorar lo ocurrido, sino de integrarlo como parte de la historia común, con sus luces y sus sombras. Se trata de volver a conocerse desde otro lugar, de poner sobre la mesa las preguntas que antes no se hacían, de trabajar lo que se había descuidado, de construir nuevos acuerdos. Y eso solo es posible si hay un compromiso sincero por ambas partes.

Ahora bien, no todas las relaciones sobreviven a una infidelidad. Y eso también está bien. Hay personas que, por más que lo intentan, no pueden superar la ruptura de confianza. Otras, simplemente, descubren que no quieren hacerlo. Que seguir sería ir en contra de lo que necesitan o desean. Que el amor ya no está, o que el daño ha sido demasiado profundo. Decidir no continuar también es una forma válida de autocuidado.

Cada pareja es un mundo. Hay quienes reconstruyen y salen fortalecidos. Hay quienes lo intentan y no lo consiguen. Hay quienes ni siquiera quieren intentarlo. Todas son decisiones legítimas. Lo importante es no dejarse arrastrar por lo que se «espera» que se haga, ni por la culpa ni por la presión social. El objetivo no es salvar la relación a toda costa, sino salvarse a uno mismo, con o sin esa relación.

En ocasiones, hace falta ayuda profesional. La terapia de pareja puede ser un espacio seguro para poner palabras al dolor, para ordenar el caos emocional, para negociar desde el respeto. No garantiza que la relación se salve, pero puede evitar que se destruya en medio de reproches mal gestionados. A veces, el mayor logro no es seguir juntos, sino cerrar la historia de forma madura y sin más heridas.

Superar una infidelidad no es olvidar lo que pasó. Es decidir qué hacemos con lo que pasó. ¿Lo usamos para crecer juntos? ¿Nos despedimos con honestidad? ¿Nos quedamos atrapados en el rencor? No hay respuestas universales, pero sí hay caminos más sanos que otros.

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