Teresa Ribera
«El mundo quiere saber si Europa sigue siendo capaz»
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El empeño político de Teresa Ribera (Madrid, 1969) no es otro que la transición ecológica, probablemente una de las transformaciones más profundas y complejas a las que se enfrenta la humanidad, junto con la revolución digital. Y su carrera política lo puede atestiguar. Directora de la Oficina Española de Cambio Climático en 2004, secretaria de Estado de Cambio Climático en 2008, ministra para la Transición Ecológica en 2018 y vicepresidenta del Gobierno en 2021. Hoy ocupa la Vicepresidencia Ejecutiva de la Comisión Europea para una Transición Limpia, Justa y Competitiva. Ribera llegó a Bruselas en un momento decisivo para Europa. La guerra en Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China, la crisis energética y la creciente competencia industrial han alterado las prioridades de la Unión. La contundencia del informe Draghi marcó su mandato: el futuro del modelo europeo y de sus estados del bienestar dependerá en gran medida de la capacidad del continente para recuperar dinamismo económico y competitividad sin renunciar a sus objetivos climáticos. Sobre ese difícil equilibrio —entre prosperidad, sostenibilidad y autonomía estratégica— gira buena parte de esta conversación.
Ante las guerras y el repliegue autárquico de la tribu, Europa se enfrenta a un desafío existencial. ¿Cuál debe ser el papel de la Unión Europea en el mundo de hoy?
La Unión Europea hoy tiene un papel más importante que nunca en el mundo. El mundo es complejo, turbulento, hay grandes potencias que han decidido prescindir del derecho internacional, de la Carta de Naciones Unidas. Hay una acumulación de poder muy importante en el entorno tecnológico con la inteligencia artificial. Existe una capacidad de establecer la manera en que los ciudadanos leemos la realidad, pero también de facilitar muchas cosas positivas, como los servicios, si es bien utilizada. Por tanto, en un momento de gran complejidad, con semejantes rupturas —con Rusia atacando la frontera este del continente europeo, Estados Unidos cuestionando la forma en la que hemos entendido nuestra relación durante tanto tiempo y China con un crecimiento espectacular desde el punto de vista industrial—, el resto del mundo está pendiente de si un continente como Europa, con su tradicional apego a la cooperación y el derecho, sigue siendo suficientemente capaz y fuerte para hacer frente y navegar estos desafíos. Esto, permaneciendo afín a sus principios y defendiendo tanto el derecho como la norma internacional. No va a ser fácil, pero nos jugamos el proyecto europeo como tal; el respeto de los ciudadanos europeos, pero también el del resto del mundo.
«Hay grandes potencias que han decidido prescindir del derecho internacional»
Las guerras han evidenciado la vulnerabilidad energética de Europa. ¿Qué va a hacer la Unión Europea para asegurar la autonomía estratégica?
Tenemos varios frentes importantes desde el punto de vista energético. Pensar en cómo disponemos de un sistema que no dependa en gran medida del exterior. Un sistema electrificado que cuente con soluciones limpias, esencialmente renovables, bien interconectado, con un uso eficiente de la energía y consumos finales de energía fundamentalmente basados en la electricidad allí donde se pueda… Esto requiere materias primas y minerales críticos que no necesariamente están disponibles en Europa. Debemos ser eficientes, apostar por la economía circular, por la recuperación de esos materiales que están presentes en nuestras ciudades, en nuestra infraestructura. Pero al mismo tiempo utilizar nuestra capacidad de establecer partenariados comerciales, asociaciones de desarrollo compartido con terceros países. Algo parecido ocurre con el debate digital. La inmensa mayoría de los desarrolladores están concentrados en pocas manos en Estados Unidos y la materia prima hoy por hoy está mapeada en un contexto en el que China nos lleva la delantera. Por tanto, tenemos que ser capaces de favorecer nuestra resistencia, nuestra autonomía, nuestra capacidad de crecer. La gran diferencia entre la competitividad de la economía estadounidense y la competitividad de la economía europea está basada en un sistema financiero y un mercado de capitales mucho más maduro, más variado y una oferta mucho más amplia en Estados Unidos. Por eso es importante dejar atrás esta idea de 27 mercados distintos en el ámbito de la unión bancaria y de capitales. Europa ha desarrollado algunas de las start-ups más importantes, pero, precisamente por la dificultad de crecer, acabaron siendo absorbidas por capital de Estados Unidos. Pensemos en Booking, Skype, WhatsApp… Y una última cuestión capital: ¿de qué forma Europa es capaz de crecer también en su capacidad de defensa? Seguridad es también seguridad económica, es reducción de dependencias del exterior, es que nuestras infraestructuras críticas no puedan ser controladas con un botón desde una posición remota, ya sean las redes eléctricas o los servicios digitales. Pero también requiere una unión de seguridad y defensa en la que no solamente importan los materiales. También importan la integración de políticas, la unidad de mando, la visión estratégica compartida. Estos son los ámbitos donde Europa cuenta con fortalezas suficientes y, desde luego, con la necesidad de profundizar en todos ellos para poder hablar de verdad de una Europa mucho más autónoma, mucho más soberana y mucho menos dependiente y vulnerable en relación con proveedores y con las turbulencias que se puedan producir en el resto del mundo.
«Las familias políticas más extremistas construyen su discurso contra Europa utilizando esos fallos que no hemos sido capaces de resolver»
Los enemigos no son solo externos. Las corrientes populistas en los distintos países miembros tensionan esa Europa ilustrada que hibrida el liberalismo y la socialdemocracia.
Es verdad. Cuando uno se fija en el panorama que tenemos en Europa, se da cuenta de que hay familias políticas que defienden abiertamente la reducción y en algunos casos hasta la práctica desaparición del proyecto de construcción común de Europa —a pesar de que sigue siendo el sueño para muchas personas en el mundo que aspiran a formar parte de la Unión Europea o que aspiran a tener estándares de vida equivalentes a los que tenemos los europeos—. Por tanto, defender el proyecto europeo es una cuestión importantísima en este momento. Eso requiere ser muy prácticos a la hora de ofrecer soluciones: contar con un marco común y evitar caer en la tentación de eliminar los estándares ambientales y sociales que desdibujarían lo que nos ha permitido llegar hasta aquí, pero al mismo tiempo ser capaces de identificar los nuevos desafíos. ¿De qué forma nos planteamos la capacidad de generar recursos? Así como de garantizar el estado del bienestar, de facilitar que los ciudadanos puedan disponer de servicios como la educación, la salud, la cobertura por desempleo o la cobertura. Sin que las dificultades puedan ser percibidas como ocasiones para seguir alimentando el miedo, la preocupación o el odio, utilizando a aquellas personas que sienten la frustración, el desencanto, porque no pueden llegar a contar con una vivienda decente, porque no cuentan con un trabajo que les permita vivir con dignidad o porque no están seguros de poder afrontar las transformaciones del mundo laboral en un contexto en el que las cosas ocurren a gran velocidad y no cuentan con las capacidades para ello. Del mismo modo que tenemos que prestar atención a nuestros conciudadanos en el ámbito rural, que en muchas ocasiones la capacidad de afrontar los gastos son diferentes a las de sus vecinos urbanitas o porque sienten que no acaban de poder confiar en las instituciones a la hora de resolver sus problemas. Muy buena parte de las familias políticas más extremistas construyen su discurso contra Europa y utilizan esos fallos e imperfecciones que no hemos sido capaces de resolver hasta la fecha y que deben formar parte de nuestra atención prioritaria. ¿Cómo resolvemos los problemas que los ciudadanos sienten que no están resueltos y que se acaban convirtiendo en una vía de escape para el populismo?
Ante este nuevo orden mundial, ¿qué potencias y países han de ser nuestros aliados?
Yo creo que tenemos muchos aliados en el mundo, muchos más de los que creemos. Si tomamos cierta distancia, la inmensa mayoría de los europeos nos sentimos mucho más próximos de lo que podíamos imaginar. Esta es una primera fortaleza, que no se nos olvide: el orgullo de ser europeos. Compartir valores que parecen un poco ambiguos, pero que a la hora de la verdad sabemos que merece la pena defenderlos. Fuera, pensemos en Noruega, Islandia, Canadá, América Latina en su conjunto… Hay una inmensa mayoría de países cuyas sociedades miran a Europa con esperanza. Esa esperanza no puede convertirse en frustración. Europa tiene que estar a la altura de las circunstancias y tiene que saber responder, construir y mantenerse firme en aquello que importa. En encontrar las soluciones más o menos creativas para poder afrontar los desafíos actuales.
«Para lograr la autonomía estratégica necesitamos un sistema electrificado bien interconectado y que cuente con soluciones limpias»
El informe Dragui fue todo un golpe en la mesa. ¿Se ha visto a partir de ahí reducida la ambición climática de Europa?
Hemos entrado en una fase nueva. La ambición climática está presente y es respaldada. Hemos avanzado mucho: es el gran motor de transformación, innovación y mejora de la competitividad de nuestras empresas, lo que pone de manifiesto hasta qué punto es una gran carrera tecnológica que se ha activado y que Europa no quiere perder. Pero tenemos que pensar en que los próximos veinte años son distintos. Pensar un sistema eminentemente electrificado requiere redes modernas, capacidad de almacenamiento, flexibilidad en la gestión, buscar soluciones para nuestra demanda de calor o de movilidad. En el ámbito industrial no solamente habrá que apostar por la electrificación, sino las emisiones negativas, allí donde es muy difícil imaginar una posible transformación de la energía que se consume siendo sustituida por electricidad limpia. Es normal que en un momento de turbulencia a escala global haya quien vea con preocupación las siguientes etapas o incluso quien aproveche esta situación de incertidumbre para reivindicar parar la acción. Pero sería un error, porque sabemos que nuestro objetivo es seguir generando riqueza, y para eso necesitamos una industria moderna, competitiva. Necesitamos seguir facilitando un bienestar que no puede proceder de algo de lo que no disponemos. No disponemos de combustibles fósiles. Y al mismo tiempo los impactos del cambio climático pueden ser extraordinariamente graves. No es normal que buena parte de Europa supere los 30 a 35 grados en pleno mes de mayo. Esto, mantenido en el tiempo, tiene incidencia en los cultivos, pero también en la calidad de vida de nuestras ciudades, en la posibilidad de disponer de agua potable, en muchos casos en zonas donde no han convivido nunca con estrés hídrico. Yo creo que el impacto económico de la falta de preparación ante un clima que está cambiando es enormemente peligroso y perjudicial.

El informe Stern ya advertía hace más de dos décadas del impacto económico del cambio climático. ¿Por qué hoy vuelven a enfrentarse competitividad y sostenibilidad, como si fueran antagonistas?
Lo que es sorprendente es que a estas alturas del siglo XXI, con una realidad económica y una constatación de datos que nos permite modelizar escenarios de cara al futuro, estemos siendo testigos de un ataque ideológico tan frontal. Hay personas que presumen de despreciar la ciencia, el conocimiento. Hay personas que utilizan la palabra ideológica para atacar a quien ofrece datos y realidades. Se trata de una pérdida de tiempo enormemente peligrosa, injusta y, a mi juicio, criminal. Es aceptar que la gente se va a morir porque se prefiere no actuar y ganar en el muy corto plazo ventajas que tienen poco recorrido. No va a ser un negocio que funcione a medio y largo plazo si no se hace la transformación que corresponde y si no se adapta a una realidad climática diferente. No hay un contubernio ni conspiración por parte de los meteorólogos, de los biólogos, de los economistas, de los juristas. Lo que existe es una manipulación vergonzosa, pero enormemente profesional en muchos casos, para despreciar a la ciencia.
«El impulso de nuestras redes eléctricas es la puerta de entrada para un pacto de libertad energética»
Pienso en los chalecos amarillos de Francia o en las protestas del campo en España. ¿Aciertan en algo quienes dicen que la transición energética iba demasiado rápido y afectó a colectivos vulnerables?
Yo no pienso que la transición energética esté yendo demasiado rápido. Lo que sí creo es que es imposible acometer un cambio tan importante como el que estamos haciendo si no se presta atención a las personas. Cualquier decisión necesita ser explicada, pero sobre todo necesita las políticas sociales que acompañen esos cambios. No puede ser que los trabajadores o los consumidores más vulnerables tengan que afrontar por sí solos decisiones que, por muy justificadas que estén en lo macro, tengan impactos individuales muy desiguales. Por tanto, si queremos buscar soluciones que sean justas y si necesitamos contar con ciudadanos que experimenten los beneficios de este cambio, tenemos que asegurarnos de que eso sea así. Que cuenten con alternativas y con la cobertura que les ofrezca confianza en las instituciones y en la sociedad. Nadie está dispuesto a perderlo todo por el bien de la humanidad o, por lo menos, no todo el mundo está dispuesto a que esto sea así. La inmensa mayoría de las personas se preocupan, lógicamente, por qué va a pasar con su familia así como qué va a pasar con su capacidad de vivir en condiciones dignas, con sus facturas o con su empleo. Por tanto, si eso es relevante, pensemos en cómo se puede hacer este cambio, esta transformación, de forma justa.
¿Cuál debe ser el mix energético? Mientras España mantiene su plan de cierre de las nucleares, esta energía gana peso en parte de Europa.
La decisión sobre el mix energético es algo que corresponde hacer a cada uno de los Estados miembros y responde a situaciones muy diferentes: cuáles son las condiciones físicas, cuál es la aceptación social y cultural, cuál es el ritmo en el que se pueden ir produciendo esas sustituciones… Está claro que debemos evolucionar y dejar atrás los combustibles fósiles. A partir de ahí, las condiciones físicas son muy diferentes. En Europa, la complementariedad que pueden ofrecer los distintos sistemas eléctricos es una gran riqueza y eso requiere interconexiones. Las soluciones basadas en energías renovables son, por definición, las que tienen costes operativos más bajos y, evidentemente, requieren ser complementadas con una buena gestión de las redes, con almacenamiento, que ofrezca las oportunidades de gestión flexible del sistema. Es importante entender que en cada país puede haber soluciones diferentes y que es capital garantizar un sistema que funcione bien, cuente con costes asumibles y permita a los países sentirse seguros y reducir la dependencia del exterior.
«No creo que Europa haya reducido su ambición climática, pero sí es verdad que hemos tenido una contestación importante por parte de actores económicos y políticos»
La interconexión energética entre Europa y España es otra de las grandes cuestiones. ¿Qué compromiso real hay para que la interconexión se lleve a cabo?
Europa ha definido entre sus prioridades un paquete de redes. Hace tiempo que venimos trabajando en la necesidad de interconectar a todos los países. Es verdad que es difícil materializar esas inversiones y fijar prioridades. Es un debate eterno. Afortunadamente, en estos momentos España y Portugal están en una situación sumamente ventajosa. Han hecho un cambio radical de su sistema eléctrico. Hoy contamos con un sistema robusto, con una apuesta decidida por las renovables que nos permite contar con un activo absolutamente capital para un escudo social, precios razonables, pero también para nuestro despliegue y nuestro desarrollo industrial. Y hay un interés importantísimo en torno a la gestión del almacenamiento y de las redes de forma inteligente.
La Agencia Internacional de la Energía insiste en la relevancia de las redes eléctricas para cubrir la creciente demanda renovable. ¿Cómo podemos impulsarlas?
Una de las grandes prioridades en este momento es la apuesta por las redes que existen y tienen que ser modernizadas, digitalizadas, seguras. ¿Cómo podemos contar con la cantidad de inversión que se requiere para modernizar todo este sistema de redes? Es una de las preguntas que nos planteamos desde la Comisión Europea. Se ha incrementado de forma muy notable la financiación disponible y trabajamos con el Banco Europeo de Inversiones para hacer de esta inversión un destino apetecible para los inversores privados también. El impulso de nuestras redes eléctricas es la puerta de entrada para un pacto de libertad energética, de soberanía, de capacidad de valernos por nosotros mismos y de reducir nuestras dependencias del exterior. Lo planteamos como prioridad determinante en el pacto por una industria limpia, pero también para la modernización económica de nuestro continente.
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