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El humor es para Trump el arma del terror

La «broma» de convertir Venezuela en un nuevo estado estadounidense describe la estrategia ambigua con que el presidente anticipa sus planes expansionistas y sus iniciativas políticas más serias.

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02
febrero
2026

Tiene razón la colega Marta García Aller cuando enfatiza la astucia con que Donald Trump convierte el humor en un instrumento político de intimidación y de prospección. Se trata de soltar una boutade, de explosionar un artefacto descacharrante para luego convertirlo en un objetivo. Sucede cuando regala a los invitados de la Casa Blanca los banderines electorales de Trump 2028. Y ha ocurrido ahora, con motivo del primer mes que «celebra» el secuestro de Maduro. Ha dicho Trump «bromeando» que Venezuela va a convertirse en el estado número 53 de Estados Unidos, pero lo más interesante del chascarrillo consiste en que en el mismo enunciado certifica las aspiraciones de incluir a Canadá (51) y Groenlandia (52).

O sea, que la broma ya no radica en prolongar, jijí-jajá, el expansionismo al Caribe, sino en haber consolidado la anexión de las fronteras septentrionales. Ya no es un chiste que Canadá y Groenlandia se hayan incorporado a la bandera. Tampoco será un chiste dentro de poco la «invasión» de Venezuela. Ni lo será que el presidente americano cambie las reglas del juego –ya veremos cómo – para repetir su candidatura en 2028 pese a los impedimentos.

Desde el primer momento en que Trump irrumpió en la política convirtió el humor en arma ofensiva. Y lo hizo con una precisión y una audacia que ha descolocado a sus adversarios y ha redefinido lo que hoy entendemos por humor político. Cuando Trump pronuncia un chiste, está activando un mecanismo donde la risa, la sorpresa y la provocación empiezan a funcionar como vectores de influencia. Se libera una frase aparentemente absurda para capturar atención y luego, cuando la atención está encapsulada, la frase empieza a actuar como si fuese un pronunciamiento político legítimo, un plan o una aspiración realista.  Del humor al terror.

Se ha canonizado la estrategia como el dark play, un juego oscuro que desdibuja la frontera de la ambigüedad.  La idea radica en decir algo tan desmesurado que, si provoca rechazo, siempre pueda refugiarse en el «era una broma», pero que, si prende, quede ya inoculado en el imaginario colectivo. El humor como ensayo de realidad, como camino de exploración.

La idea radica en decir algo tan desmesurado que, si provoca rechazo, siempre pueda refugiarse en el «era una broma»

Trump no inventa el chiste político. Lo que hace es cambiar su función. Antes, el humor servía para pinchar al poder desde fuera. Ahora lo ejerce el poder desde dentro. Por eso su humor no busca consenso sino fricción. Cuando Trump lanza una ocurrencia no espera aplausos universales. Espera titulares, memes, tertulias escandalizadas, desmentidos solemnes. Todo eso forma parte del proceso. Cada respuesta literal a un chiste es una victoria. Cada editorial indignado confirma que el marco lo ha puesto él.

En ese mismo, el humor de Trump funciona a la vez como escudo y espada. Escudo, porque le permite esquivar la responsabilidad directa: «solo estaba bromeando». Espada, porque deja al adversario atrapado en una disyuntiva imposible: o se ríe (y normaliza la idea) o se indigna (y la amplifica). El chiste es una trampa retórica. Y casi siempre se cierra del mismo lado. Trump no compite en el terreno de la argumentación, sino en el de la «memorabilidad». No quiere convencer con razones, sino instalar marcos mentales. Y el humor es el atajo perfecto. De ahí que su humor sea deliberadamente poco sofisticado, poco elegante, incluso grosero. No busca la risa culta ni la ironía fina. Busca el reconocimiento inmediato. El «esto lo diría cualquiera». El humor de barra, de plató, de estadio. No el humor que observa desde arriba, sino el que se ríe con alguien y de otros al mismo tiempo. Humor tribal. Humor identitario.

Tomar el humor de Trump como un defecto es un error: en realidad, es una ventaja estratégica

Cuando bromea con la anexión de territorios, no está proponiendo una política exterior concreta. Está haciendo algo tan eficaz como desensibilizar. Está entrenando al público para aceptar como discutible lo que antes resultaba impensable. Hoy es un chiste. Mañana es una exageración. Pasado mañana, una hipótesis. Y al final, una propuesta que ya no suena tan extravagante porque lleva tiempo circulando en forma de risa. Eso explica también el error persistente de muchos medios: tomar el humor de Trump como un defecto, como una falta de seriedad, como un síntoma de incompetencia. En realidad, es una ventaja estratégica. El humor atrae, moviliza, cohesiona y protege. Y, sobre todo, desarma al adversario que sigue esperando solemnidad donde solo hay provocación calculada. Trump no quiere parecer presidencial. Quiere parecer auténtico. Y la autenticidad, hoy, cotiza más que la coherencia. El chiste mal dicho, la exageración burda, el sarcasmo evidente refuerzan la sensación de que no hay filtro, de que habla como habla la gente. Aunque esa naturalidad esté milimétricamente diseñada. Por eso el humor trumpiano no es un exceso. Es el centro. No acompaña a la política: la sustituye. La política ya no se articula en programas, sino en gestos, en frases virales, sino en bromas que funcionan como contratos emocionales con su electorado.

La «riviera de Gaza», por ejemplo, nació como una provocación grotesca, casi como un chiste inmobiliario de sobremesa (la Franja convertida en destino turístico, el horror reciclado en resort) y, sin embargo, ese sarcasmo encapsulaba una idea muy concreta: la deshumanización del territorio y la naturalización de su reordenación desde fuera. Lo que parecía una boutade revelaba una lógica. Si Gaza puede imaginarse como solar, entonces también puede pensarse como proyecto. Si puede decirse en broma, puede empezar a discutirse en serio.

Ahí está la clave. El humor no es un adorno del trumpismo. Es su gramática. Y quien siga analizándolo como simple chascarrillo seguirá llegando tarde. Porque, cuando el chiste ya ha hecho su trabajo, la realidad suele venir detrás. Y viceversa.

El ejemplo más inquietante, más feroz, se encuentra en la campaña de su primera victoria (2016), cuando dijo que podría disparar a la gente en la Quinta Avenida y no sucedería nada. La boutade era una premonición de los escuadrones de la muerte que ahora patrullan en los estados demócratas para cazar humanos.

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