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La Ley de la Charca

Lo ‘premium’ es el nuevo ‘apartheid’ silencioso de la charca. Nada es completamente privado, pero todo es a tres velocidades: gratis, ‘freemium’ o ‘premium’.

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03
junio
2026

Hoy me he levantado pensando qué buen artículo de costumbres hubiera escrito Larra sobre la charca. Un ensayo de unas diez páginas lo menos –in illo tempore se tiraba por lo largo- que arrancaría con Fígaro encontrándose con un amigo en la calle Arenal y proseguiría con un largo paseo y una sustanciosa conversación, al término de la cual el lector habría entendido perfectamente este correoso concepto.

Yo no tengo ni tiempo ni espacio ni ganas ni talento para tanto. Solo la certeza de que, mire donde mire, veo charca. Incluso antes de saber definirla, sé que estoy ante ella, pues ya hace tiempo que nos circunda y poco a poco nos cerca, como la ciénaga de El señor de los anillos.

Decía Francisco Silvela, otro señor que podría explicar mejor la cosa de no estar bajo tierra hace más de cien años, que «el ser cursi es independiente de la posición, la riqueza y hasta de la belleza natural del sujeto». Y he aquí que el «ser charca» opera lo mismo. Para Silvela, lo cursi era una aspiración no satisfecha y una desproporción entre los medios y el resultado. No anda muy lejos la charca, que es, digamos, un esnobismo democrático: la idea de que hay algo apetecible no en lo diferente sino en lo común.

En tiempos, ricos y pobres no compartían espacios e incluso eran celosos de sus lugares, sus fiestas y sus costumbres propias. Hace notar Cecilia Böhl de Faber ya en el XIX que lo que distingue a un noble español de uno francés o alemán es su gusto por lo popular. Los aristócratas españoles se mezclaban, o más bien adoptaban los usos del pueblo. De ahí nace el casticismo, que sería el paso previo, todavía antidemocrático, de la charca.

La charca no puede no ser otra cosa que democrática: en ella, todos estamos en el mismo barco

Porque la charca no puede no ser otra cosa que democrática, es su estadio avanzado. En ella todo es aparentemente accesible, todos estamos en el mismo barco, solo que algunos van en primera clase y otros en tercera, con mamparas de cristal como única separación.

Charca son muchas cosas: cualquier ciudad a partir de los 35 grados, cualquier sitio con más de cincuenta personas en menos de cien metros. Charca es La Casita de Bad Bunny y la cultura VIP, que consiste no en separar sino en reunir las clases. En lugar de un concierto solo para influencers y mujeres hermosas, un concierto para todos en el que algunas tienen suscripción premium para ser vistos en lugar de para ocultarse.

Lo premium es el nuevo apartheid silencioso de la charca. Nada es completamente privado, pero todo es a tres velocidades: gratis, freemium o premium. Por ejemplo, al Museo del Prado entramos todos, toda la charca un sábado por la mañana dándose codazos para ver Las Meninas, pero Dua Lipa entra de noche, sola. El espacio es el mismo y nadie tiene más derechos sobre él –no vivimos en tiempos de Felipe V, qué demonios- pero hay que admitir que la experiencia cambia un poquito.

Me parece que la ley de la charca y la cultura premium son indisociables. En ambas está el gusto por lo masivo, la idea de que es bueno que todos tengan de todo. Pero a partir de ahí se crean bolsas de excepción, parcelitas de ciénaga. Los ricos solo son los mejor situados dentro de ella. De nuevo La Casita de Bad Bunny lo explica de un vistazo. Me parece que hay algo de nostalgia aristocratizante, pues en el fondo la gente detesta la igualdad. El siglo XXI no veta pero sí segrega: te pone bien a la vista el lugar en el que estarías si tuvieras algo más de pasta.

El FoMO (Fear of Missing Out) es la enfermedad más común en la sociedad de la charca

De resultas, el FoMO (Fear of Missing Out) es la enfermedad más común en la sociedad de la charca: la sensación de que te pierdes algo si no vas a ese sitio al que van absolutamente todos. Aunque tampoco hay que ir a ningún lado en específico para experimentarla: estamos en ella, es el aire que respiramos. Porque la charca también nos sobreviene: es la masificación y el abaratamiento de todo, las calles atestadas, los monumentos de tu ciudad parcelados –la Fontana de Trevi con tornos-, los vagones de metro a reventar, los restaurantes que sirven por turnos y te echan a la media hora…

En su artículo, Fígaro acabaría coligiendo que la charca es un estadio avanzado de la cultura democrática. Las clases, en apariencia, se comprimen; el mundo, más que abierto, se hace promiscuo; la gente no evita a otra gente sino que busca distinguirse dentro de ella. El ansia inevitable de querer ser más que el otro se canaliza no ya en soberbia sino en postureo.

Finalmente, después de despedirse de su amigo de nuevo en la calle del Arenal, nuestro Larra terminaría este artículo con alguna frase definitiva e ingeniosa. Pero se conoce que también en esto de escribir hemos ido a peor y a mí no se me ocurre ninguna.

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