Regreso a Casablanca
Miles de viajeros llegaban a Casablanca preguntando por el Rick’s Café y descubrían que perseguían un fantasma. El café más famoso de la historia del cine nunca había existido. Humphrey Bogart jamás estuvo aquí. Ingrid Bergman tampoco. Michael Curtiz rodó íntegramente Casablanca en los estudios de la Warner, en California, y aquella ciudad portuaria que el mundo entero aprendió a amar era, en realidad, un decorado de madera, yeso y luces de plató.
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Mientras más de treinta mil seres humanos aguardaban, emboscados tras las fronteras marroquíes, esperando la orden que días después volvería a convertir Ceuta en la vieja puerta vulnerable de Europa, mi avión aterrizaba tranquilamente en Rabat. Apenas cuarenta minutos de vuelo desde Sevilla. Un salto breve sobre el Estrecho, esa cicatriz de agua donde África y Europa casi se rozan sin llegar nunca a tocarse del todo. Debajo de las alas quedaba el Mediterráneo, que jamás fue una frontera, sino una inmensa avenida por donde durante tres mil años desfilaron ejércitos, comerciantes, religiones, epidemias, esclavos, peregrinos y conquistadores.
No podía imaginar entonces que, mientras recorría con la despreocupación del viajero aquellas calles ordenadas de Rabat, los ceutíes iban a vivir pendientes del horizonte. En ese mismo mar que yo contemplaba con la serenidad de quien inicia unas vacaciones, otros preparaban un nuevo episodio de una historia tan antigua como el propio Mediterráneo: hombres cruzando fronteras en busca de otra vida, o de otro mundo. Horas después, mi viaje continuaba.
«De todos los bares de todas las ciudades del mundo, ella tuvo que entrar en el mío»
La estación de Casa-Voyageurs aparece de pronto como una declaración de intenciones. Blanca, impecable, luminosa, con ese reloj que parece marcar un tiempo distinto al que solemos atribuir a África. El convoy procedente de Rabat se desliza silencioso hasta el andén con una elegancia que desmonta muchos tópicos europeos. Aquí o allá, siempre me han gustado las estaciones. Los aeropuertos pertenecen al presente; las estaciones conservan todavía algo del siglo XIX, pues en ellas aún parece posible imaginar a un espía esperando un sobre, a un diplomático huyendo con una maleta o a una mujer despidiéndose para siempre desde una ventanilla. Quizá por eso, para mí, Casablanca empieza realmente aquí. No en la mezquita de Hassan II, ni en la Corniche, ni siquiera en el puerto. Empieza en esta estación desde donde la ciudad comienza a desplegar, poco a poco, sus distintas capas de memoria.
El taxi toma el gran bulevar Mohammed V. A un lado desfilan edificios art déco levantados durante el Protectorado francés, viejos hoteles, fachadas de los años treinta, cafés donde aún parece posible encontrar la sombra de Paul Bowles o de Saint-Exupéry. Un espeso tráfico inunda las avenidas mientras la ciudad bulle con el ritmo acelerado de una metrópoli de cuatro millones de habitantes. Casablanca nunca fue la ciudad romántica que imaginó Hollywood. Fue una ciudad de comerciantes, banqueros, consignatarios. De barcos cargados de fosfatos, trigo y petróleo. Una ciudad hecha para trabajar, no para enamorarse. Y, sin embargo, el cine hizo exactamente eso. La convirtió en un lugar sentimental. Inevitable, pues, destino de esta viajera.
Mientras el coche avanza hacia el puerto, la historia comienza a mezclarse con la ficción. A la izquierda queda la vieja medina, protegida por murallas que recuerdan a comerciantes venidos de medio mundo. Después aparecen los muelles. El olor cambia a una mezcla de sal, gasóleo de los remolcadores y redes secándose al sol, un perfume denso, inconfundible, de la memoria de algunas ciudades y algunos hombres, que viven mirando al mar. Es entonces cuando dejo de buscar un edificio y empiezo a buscar un recuerdo.
Kriger, fundadora del ‘falso’ Rick’s Café, explicó que su proyecto también quería ser un símbolo de entendimiento entre Oriente y Occidente
Durante más de medio siglo, ese recuerdo fue imposible de encontrar. Miles de viajeros llegaban a Casablanca preguntando por el Rick’s Café y descubrían que perseguían un fantasma. El café más famoso de la historia del cine nunca había existido. Humphrey Bogart jamás estuvo aquí. Ingrid Bergman tampoco. Michael Curtiz rodó íntegramente Casablanca en los estudios de la Warner, en California, y aquella ciudad portuaria que el mundo entero aprendió a amar era, en realidad, un decorado de madera, yeso y luces de plató. Pero las buenas historias poseen una extraña capacidad para imponerse a la realidad. La de este café se debe a una mujer: Kathy Kriger, diplomática estadounidense destinada como agregada comercial en el consulado de Estados Unidos en Casablanca. Gran admiradora de la película, le sorprendía que el legendario Rick’s Café no existiera realmente en la ciudad. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 abandonó la carrera diplomática y decidió hacer realidad aquel escenario ficticio. Compró una mansión de los años treinta junto al puerto, la restauró y, con la ayuda del diseñador Bill Willis, recreó la atmósfera. El «falso» Rick’s Café abrió sus puertas el 1 de marzo de 2004. Kriger explicó que su proyecto también quería ser un símbolo de entendimiento entre Oriente y Occidente. Los clientes habituales acabaron llamándola cariñosamente «Madame Rick». Falleció en Casablanca en 2018, a los 72 años, después de convertir un decorado imaginario de Hollywood en uno de los iconos más reconocibles de la ciudad.
La restauración no buscaba construir una réplica del decorado de Hollywood, sino recuperar el alma de una elegante residencia marroquí inspirada en la arquitectura hispanomusulmana y en los riads de finales del siglo XIX. La fachada recuperó sus proporciones originales y se restituyó la entrada principal con una escalinata que devolvía al edificio la solemnidad perdida. Durante meses, artesanos marroquíes trabajaron entre andamios reconstruyendo yeserías, balcones y relieves con las mismas técnicas que habían empleado sus antecesores generaciones atrás. El interior, profundamente alterado por el paso del tiempo, fue redibujado casi por completo y el patio central volvió a convertirse en el corazón de la casa. Bajo la galería sostenida por columnas, la luz cae desde el lucernario superior sobre un pavimento donde la terracota y el mármol evocan los dibujos geométricos del zellige. Nada parece excesivo. Todo parece haber estado siempre allí. Y quizá ese sea el mayor triunfo de la restauración. Porque al cruzar la puerta uno tiene la impresión de regresar a un lugar que lleva esperando desde 1942. El piano bajo el gran arco, las lámparas de latón, el mármol blanco y negro, el rumor de las conversaciones y el bar donde inevitablemente uno espera ver aparecer a Sam. Y, sin embargo, el edificio solo explica la mitad de la historia.
«Tócala otra vez, Sam»
La otra mitad nació a miles de kilómetros de aquí, en un despacho de la Warner donde alguien leyó una obra de teatro que nunca había visto un escenario. Se titulaba Everybody Comes to Rick’s (Todos vienen al café de Rick) y permanecía inédita cuando el estudio decidió comprar sus derechos por veinte mil dólares, una cifra insólita para un texto que ni siquiera había sido estrenado. Resulta difícil imaginar una apuesta más arriesgada. Aquellas páginas eran apenas una promesa. Nadie sospechaba que contenían una de las películas más influyentes de la historia del cine. Quizá por eso Casablanca posee esa extraña cualidad de las obras maestras: da la impresión de haber surgido más de una sucesión de casualidades que de un plan perfectamente calculado.
Mientras recorro el patio y me detengo frente al piano, recuerdo que ni siquiera Ingrid Bergman sabía cómo terminaba la historia que estaba interpretando. Los guionistas seguían escribiendo mientras Michael Curtiz rodaba. Cada pocos días llegaban nuevas páginas. El destino de Ilsa cambiaba sobre la marcha y la actriz preguntaba una y otra vez de cuál de los dos hombres debía enamorarse realmente para interpretar el personaje. Nadie podía responderle porque nadie lo sabía. Quizá por eso sus miradas en la pantalla transmiten una incertidumbre tan verdadera. No era solo la duda de Ilsa; era también la de Ingrid Bergman, perdida dentro de una película cuyo desenlace aún no existía.
El célebre «Play it again, Sam» nació en la imaginación colectiva, demostrando que el público también reescribe las películas que ama
Hay otra curiosidad que demuestra hasta qué punto la memoria acaba corrigiendo a la realidad. Durante décadas todos hemos repetido la frase: «Tócala otra vez, Sam». La pronunciamos convencidos de que pertenece a la película del mismo modo que creemos recordar el humo del café o el sombrero de Bogart. Pero nunca se dijo. Ilsa únicamente pide: «Play it, Sam. Play As Time Goes By». Más tarde será Rick quien recuerde al pianista que ya la había tocado para ella y que ahora podía tocarla también para él. El célebre «Play it again, Sam» nació después, en la imaginación colectiva, demostrando que el público también reescribe las películas que ama. Y quizá no exista mejor ejemplo que la propia canción. «As Time Goes By» estuvo a punto de desaparecer de la película. Max Steiner, autor de la banda sonora, la consideraba una melodía demasiado modesta y quería sustituirla por una composición propia. Cuando tomó la decisión ya era tarde. Ingrid Bergman había abandonado el rodaje y se había cortado el cabello para interpretar a María en Por quién doblan las campanas. Repetir aquellas escenas resultaba imposible. Steiner no tuvo más remedio que rendirse y construir toda la música de la película alrededor de una canción en la que apenas creía. El tiempo, siempre tan irónico, terminó convirtiéndola en una de las melodías más reconocibles del siglo XX. Mientras tanto, Sam seguía tocando el piano. O, mejor dicho, fingiendo tocarlo. Dooley Wilson era un magnífico cantante y un excelente batería, pero jamás había aprendido a tocar el piano. Sus manos se movían sobre el teclado mientras, fuera de plano, un pianista profesional interpretaba realmente la pieza. Es otra de las pequeñas trampas del cine: el personaje que mejor recordamos nunca interpretó la música que todos seguimos escuchando. La ficción, sin embargo, dejaba de ser ficción en algunos momentos. La escena en la que Victor Laszlo ordena interpretar La Marsellesa para silenciar el himno alemán sigue siendo uno de los instantes más emocionantes de la historia del cine. Los rostros de quienes cantan parecen contener algo más que entusiasmo patriótico. Y así era. Muchos de aquellos actores secundarios eran auténticos refugiados europeos que habían huido del nazismo pocos meses antes. Algunos habían perdido su país; otros, a sus familias. Cuando las cámaras comenzaron a rodar, las lágrimas que aparecen en pantalla no respondían a ninguna indicación del director. Eran lágrimas verdaderas. Durante unos minutos, Hollywood dejó de ser un estudio y se convirtió en el reflejo de una guerra que seguía devastando Europa.
Como si despertara de un sueño, miro a mi alrededor. El Rick’s nunca fue solo un café. Era un rompeolas; un territorio donde coincidían diplomáticos, espías, contrabandistas, resistentes, refugiados, oportunistas y amantes. Todos acudían allí buscando lo mismo que los marroquíes apostados en la frontera con Ceuta; lo que buscan los hombres desde que el mundo existe: una salida. Y en ese escenario, el casino desempeñaba un papel simbólico. La ruleta y las mesas de bacará no eran simples elementos decorativos. Representaban el azar sobre el que se sostenían las vidas de todos aquellos personajes. Visados, pasaportes, amores y destinos dependían de un pequeño golpe de fortuna. Solo una vez Rick altera las reglas del juego. Cuando comprende que un joven matrimonio búlgaro necesita ganar para comprar su libertad y evitar que la muchacha tenga que vender su dignidad al capitán Renault, decide hacer trampa. Es un gesto casi imperceptible. Apenas un movimiento de la ruleta. Pero en ese instante el espectador descubre que el cinismo de Rick no era más que una armadura cuidadosamente construida para sobrevivir en un mundo donde la neutralidad resultaba imposible.
Quizá ahí resida el verdadero secreto de Casablanca. No nació como una obra maestra. En los estudios Warner era otra producción más, rodada con rapidez, con un presupuesto contenido y destinada a ocupar su lugar en la cartelera durante unas semanas antes de ser sustituida por la siguiente. Nadie intuía que aquel melodrama ambientado en una ciudad marroquí terminaría convirtiéndose en uno de los grandes mitos culturales del siglo XX.
Las leyendas rara vez anuncian su llegada. Simplemente, aparecen. Bien lo sé yo. Como este café. Como esta ciudad. Como ese recuerdo que vine buscando sola, sin ti, desde la estación de Casa-Voyageurs y que, al fin, sentada frente al piano silencioso, comprendo que nunca perteneció del todo ni al cine ni a Casablanca. Nos pertenecía a nosotros.
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