Ansiedad o el pacto catastrófico
Nada hay más potente que la mente del ansioso, tampoco más disciplinado ni perseverante.
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Cada cierto tiempo me veo obligado a repasar qué me ha enseñado sobre la ansiedad mi vida, como si Sísifo tuviera que detenerse un segundo a testar la cualidad de su piedra. Seguramente la vida me haya dado suficientes indicaciones, aunque en la práctica parezca no haber entendido nada.
Así que os lo digo aquí para recordarlo yo.
Decía Silvio Fernández Melgarejo, rockero inefable de Sevilla, que «un perdedor es el que tiene ansia y un ganador, el que tiene suerte». Bastaría decir esto. Cada vez que te preparas para lo peor estás perdiendo, mientras que ganas no porque tengas, en bruto, suerte, sino sencillamente porque de todo haces una suerte.
Solo se pierde en lo que nos importa («Jamás me he equivocado en nada sino en las cosas que yo más quería», escribió Luis Rosales), pero se aprende a perder antes, a través de la ansiedad. Luego se toma el molde ya cocido y se aplica a la vida, a sus momentos más delicados, aquellos en los que nos importa de verdad no fracasar.
Y en la vida hay de todo: planes, sueños, expectativas, trabajos, amores, tragedias, alegrías… Cada instante hay que elegir qué tipo de persona va a mirar los acontecimientos y en esa elección, casi siempre inconsciente, se hace una tirada de dados. Los clásicos decían que «carácter es destino» y yo lo creo firmemente.
El neuropsiquiatra Boris Cyrulnik escribió: «Sentimos lo que creemos y vemos lo que pensamos, lo real es accesorio»
En un libro del neuropsiquiatra Boris Cyrulnik leo lo que sigue: «Sentimos lo que creemos y vemos lo que pensamos, lo real es accesorio». Todo indica que hacemos el mundo, sino de dentro afuera sí en negociación con él, como el niño que salta sobre una cama elástica. Por tanto, el loco que se cree Napoléon está siendo Napoleón y actúa de acuerdo con ello.
Sin saberlo, por inercia y por aprendizaje, el ansioso ha elegido su destino y dentro de él es el tipo más exitoso del mundo. Tiene un pacto con el futuro: recorre toda la línea catastrófica con admirable disciplina, se adentra cada vez más en el sendero que ha abierto, hasta que no hay vuelta atrás, hasta que necesita toparse con la confirmación. Preparándose para lo que teme, genera realidad.
Más allá del grafeno, nada hay más potente que la mente del ansioso, tampoco más disciplinado ni perseverante. Visto con compasión, podría decirse que es un don: la capacidad de crear hasta el extremo de intervenir.
Es así que el ansioso se provoca un ataque de pánico o un pálpito incontrolable en la pierna, arruina sus relaciones o se deja arruinar por ellas, se busca las vueltas, se hace el mal, se precipita a sí mismo en los acontecimientos. Ni siquiera, cuando los ve venir, puede quedarse quieto a esperarlos llegar. Necesita anticipar, hacer algo con todo lo que sabe. Porque el ansioso sabe mucho, conoce cada pequeño movimiento de tierra, cada pulsación de su cuerpo.
Es difícil deshacerse del hábito, de un poder tan grande, que nos toma y nos deja tomar de la realidad
Es difícil deshacerse del hábito, de un poder tan grande, que nos toma y nos deja tomar de la realidad. Pero el caso es que el ansioso sufre: sufre porque cree que es otro el que está barajando las cartas que él mismo propone. En realidad, ni siquiera hay cartas, ni siquiera hay juego. Solo una persona haciéndose trampas al solitario.
No parece sencillo mudar de identidad de la noche a la mañana, así que ¿qué hacemos con esta persona? Quizás solo decirle que nunca hubo nada así como un juego, o que todo es precisamente un juego. Que las expectativas internas son las reglas del mundo y, por tanto, lo mejor es no confiarles demasiado. Que basta vivir sin dobleces, reír sin sobrentendidos, sufrir sin sobreanalizar, confiar sin desquiciarse, abandonarse sin método.
Decía el rockero Silvio –y vuelvo a recordarlo– que «un perdedor es el que tiene ansia y un ganador, el que tiene suerte». Un ansioso es, sencillamente, el que tiene ansia. Y de ahí se deriva todo lo demás, que acaba siendo todo.
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