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Las redes a través del espejo

Las redes sociales han transformado la forma en que nos relacionamos, informamos y organizamos, mostrando una doble cara: pueden fomentar el aislamiento y la polarización, pero también activar redes de apoyo y comunidad.

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12
marzo
2026

En poco más de una década, las redes socia­les se han integrado en la vida cotidiana con una rapidez que apenas ha dejado espacio para la reflexión. Estas plataformas, concebidas en origen como herramientas para conectar personas, se han convertido en infraestructuras centrales de la con­versación pública, la información y la construcción de identidades. Su impacto social es profundo y ambivalente: funcionan como espacios de encuen­tro, pero también como entornos que amplifican la fragmentación, el aislamiento y la polarización.

Diversos estudios, como La tecnología como herramienta de conexión social, publicado por el Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada, coinciden en que el uso intensivo de redes socia­les puede reforzar la sensación de soledad, espe­cialmente entre jóvenes y personas mayores. La paradoja es ampliamente conocida: nunca había sido tan fácil comunicarse y, al mismo tiempo, tan frecuente la percepción de desconexión emocional. La interacción digital sustituye en muchos casos al contacto directo, aunque no siempre lo compensa. Y es que puede suceder lo contrario: la comparación constante, la presión por la visibilidad y la lógica de la aprobación in­mediata afectan a la forma en que se construyen nuestras relaciones. Como advierte la psicóloga e investigadora del MIT Sherry Turkle en su li­bro En defensa de la conversación (Ático de los Li­bros, 2017): «La tecnología nos ofrece la ilusión de compañía sin las exigencias de la amistad. En el intercambio digital, podemos presentarnos como queremos ser; podemos editar, y eso sig­nifica que podemos borrar lo que no nos gusta».

A este fenómeno se suma el más reciente funcionamiento algorítmico de las plataformas. Estos sistemas de recomendación priorizan contenidos afines a las preferencias previas del usuario, lo que da lugar a las llamadas «cáma­ras de eco». En estos entornos, las opiniones se refuerzan sin contraste, el disenso se percibe como amenaza y el diálogo, inevitablemente, se ve empobrecido. Esta dinámica, además, no solo afecta al debate público, también contribuye a una creciente desconfianza hacia el otro y a una visión del mundo cada vez más fragmentada.

«Este no es un problema tecnológico. Es un problema humano», afirma en una entrevista para El País la investigadora Renée DiResta, exdirectora de investigación del Stanford Internet Observatory, refiriéndose a cómo los algoritmos y la economía de atención de las plataformas no solo difunden contenidos, sino que modelan la forma en que las personas buscan, reciben y comparten información en función de inclina­ciones emocionales y sociales.

Redes, aislamiento y polarización

El impacto social y político de las redes so­ciales también ha sido objeto de análisis en nu­merosos estudios académicos y organismos in­ternacionales. Por ejemplo, varios informes del Parlamento Europeo y de la OCDE han señalado cómo la lógica algorítmica puede favorecer la circulación de contenidos emocionales y simpli­ficados, lo que influye en la forma en que se cons­truye la opinión pública. Al mismo tiempo, estos trabajos destacan que las plataformas digitales amplifican dinámicas ya existentes en la socie­dad, y que su efecto no es uniforme ni inevitable.

El investigador Cass Sunstein afirma que estos espacios, cuando existen normas claras y objetivos compartidos, pueden convertirse en lugares de deliberación

También son varios los expertos que han expresado preocupaciones claras sobre la ma­nera en que las plataformas favorecen divisiones sociales profundas. El politólogo José Miguel Rojo, profesor de la Universidad de Murcia, ad­vertía en una entrevista en la Cadena SER que «el discurso de odio en redes sociales no es solo un problema digital, es una amenaza para la de­mocracia», señalando que las plataformas privi­legian contenidos polarizantes porque generan más interacción y porque, de este modo, amplifi­can mensajes extremos.

Por otro lado, investigadores como Cass Sunstein han descrito cómo las cámaras de eco digitales tienden a reforzar creencias previas, aunque también reconocen que estos espacios pueden convertirse en lugares de deliberación cuando existen normas claras y objetivos com­partidos. Más que escenarios cerrados al diálo­go, las redes funcionan como entornos moldea­bles cuyo impacto depende tanto de su diseño técnico como de los usos sociales que se pro­mueven en ellas.

Así pues, el aislamiento generado por las redes sociales no es únicamente social, también es cognitivo. Al exponerse de forma reiterada a visiones similares, los usuarios tienden a perci­bir sus propias opiniones como mayoritarias y a desconfiar de cualquier información que las con­tradiga. Esta dinámica dificulta el diálogo entre iguales y debilita los vínculos de confianza nece­sarios para la convivencia en sociedades plurales o que aspiran a serlo.

En este punto, algunos expertos insisten en que el problema no reside únicamente en las plataformas, sino en el modo en que se utilizan y en el grado de alfabetización digital de la ciu­dadanía. «La base que marca la diferencia entre ese uso positivo y potenciador de todas las posibilidades que ofrecen este tipo de herramientas tecnológicas es la formación en competencias digitales: conocer las oportunidades que la tecnología nos brinda y los riesgos que conlleva para potenciar unas y detectar y mitigar otros. Desde la ciudadanía, es necesario redefinir y reforzar nuestro rol como agentes activos en la construc­ción del ecosistema digital, empezando por en­tender qué está en juego: información, derechos, ética, privacidad e intimidad. Urge defender la soberanía digital ciudadana», explica Yolanda Rueda, presidenta de la Fundación Cibervolun­tarios.

Las redes como herramienta de comuni­dad y apoyo mutuo

Sin embargo, reducir el análisis de las redes sociales a su dimensión más problemática ofre­ce una imagen incompleta. Estas plataformas también pueden favorecer dinámicas de coope­ración, apoyo mutuo y organización colectiva cuando se utilizan con objetivos claros y marcos de confianza compartidos. La capacidad de co­nectar a personas con intereses o necesidades comunes, coordinar acciones en tiempo real y sostener redes de cuidado más allá del contacto físico ha permitido que surjan iniciativas orienta­das a reforzar el vínculo social y responder a pro­blemas concretos desde una lógica comunitaria.

Un ejemplo significativo de este uso comu­nitario de las redes son los VOST (Virtual Opera­tion Support Team), equipos de voluntariado digi­tal que se activan en situaciones de emergencia como catástrofes naturales o crisis sanitarias. A través de las redes sociales, estos grupos recopi­lan, verifican y difunden información útil para la ciudadanía y los servicios de emergencia, filtran­do rumores, localizando recursos disponibles y canalizando datos relevantes en tiempo real. Su funcionamiento coordinado y descentralizado no sustituye a las instituciones, pero sí comple­menta su labor en contextos de alta presión in­formativa, actuando como nodos de confianza frente al ruido y la desinformación.

Creadoras de contenido como Ariane Hoyos o Patricia Fernández han logrado transformar su capacidad de influencia en divulgación activa

Otro ámbito en el que las redes han demos­trado un potencial comunitario es en la divul­gación cultural y científica. Existen ejemplos de perfiles como los de las creadoras de contenido Ariane Hoyos o Patricia Fernández, que han lo­grado transformar su capacidad de influencia en divulgación activa, utilizando su alcance para fomentar el interés por el cine, la literatura o la historia, llegando incluso a cristalizar sus proyec­tos digitales en proyectos físicos como librerías. Esta tendencia, además, se extiende a la divul­gación científica y medioambiental, donde ini­ciativas como Climabar consiguen aterrizar de­bates complejos a través del humor y la cercanía, creando nodos de conocimiento que priorizan el aprendizaje colectivo sobre la mera acumula­ción de likes.

En paralelo a esta divulgación de autor, han surgido infraestructuras diseñadas específica­mente para el fortalecimiento del tejido vecinal y luchar contra la soledad no deseada. En los últimos años han proliferado iniciativas que uti­lizan las redes sociales e internet para conectar a personas mayores, facilitar acompañamiento y promover actividades compartidas. A través de grupos cerrados y coordinados, se crean re­des de proximidad ampliada en las que las redes funcionan como intermediarias y no como un fin en sí mismas. El objetivo, además de la interac­ción digital constante, es la generación de víncu­los que, cuando es posible, se trasladen al plano físico y al contacto directo. Plataformas como Nextdoor o Meetup actúan como catalizadores, permitiendo que los vecinos y personas de la misma zona compartan recursos, coordinen cui­dados o activen redes de apoyo ante situaciones imprevistas. Estas experiencias comparten una esencia común: funcionan a escala humana, con objetivos definidos y una relación estrecha entre sus agentes participantes, demostrando que las redes pueden operar como infraestructuras de solidaridad capaces de combatir el aislamiento y reconstruir el sentido de comunidad en el entor­no inmediato.

A estas experiencias se suma el papel de las redes como espacios de transferencia de conoci­miento y solidaridad directa. Por un lado, actúan como laboratorios donde ciudadanos compar­ten soluciones técnicas a problemas locales; por otro, facilitan una filantropía de proximidad que permite respuestas rápidas ante emergencias individuales. Pero quizás su impacto más pro­fundo reside en su capacidad para crear refugios de identidad, permitiendo que personas en si­tuaciones de vulnerabilidad o con realidades mi­noritarias encuentren una red de iguales que el entorno físico, a veces limitado por la geografía, no siempre puede ofrecer.

En definitiva, mirar las redes a través del es­pejo implica asumir esta doble condición, su oro y su barro. Sí, son espacios donde se intensifican algunas de las tensiones centrales de la socie­dad contemporánea, eso es algo que no se pue­de negar, pero también pueden terminar siendo herramientas capaces de reforzar el tejido comu­nitario. El desafío, entonces, no pasa tanto por abandonarlas como por comprenderlas mejor y usarlas de forma más consciente.

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