Preferiría no hacerlo
Bartleby, el escribiente, uno de los personajes más memorables de Herman Melville, ha sido la base de todo tipo de interpretaciones, que van desde la parábola del capitalismo hasta la alegoría religiosa. Y no hay duda de que su frase icónica se ajusta a la realidad laboral y política actual.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Preferiría no hacerlo es la frase más célebre de Bartleby, el escribiente; la declaración que singulariza al personaje y el estribillo que marca el ritmo del relato de Herman Melville. Su fuerza nace de una combinación paradójica de calma y f irmeza: tiene algo de desafío, o al menos de inconformismo, pero se disfraza de una confesión: I would prefer not to. La negativa es inamovible, pero asume la forma de un condicional, una forma que concibe la posibilidad de que las cosas salgan de otra manera.
Con mucha frecuencia preferiríamos no hacer algo, pero lo hacemos de todos modos. En otras ocasiones, cuando decimos que preferiríamos no hacer una cosa pretendemos excusarnos o justificarnos por hacerla, casi como un me duele más a mí que a ti. Así, en el uso corriente, afirmas que preferirías no hacer X, pero lo dices precisamente porque lo haces, o dices (mintiendo) que ese comportamiento en realidad va contra tu voluntad y que no tenías otra opción.
En el caso de Bartleby es distinto; se trata de una declaración sencilla y corriente, y a la vez contiene el enigma del relato y de su protagonista; se podría decir que posee el discreto encanto del eufemismo. Ha aparecido en camisetas, juegos de palabras, ensayos dedicados a Bartleby, variantes que amplifican o tratan de reducir su significado: es un lema de Gay Talese a Enrique Vila-Matas, el texto de Melville ha inspirado una cantidad enorme de continuaciones, reflexiones, incluso taxonomías, y a menudo todas ellas giran en torno a la frase. Se ha leído como un texto que anticipa a Kafka, como una alegoría religiosa, como referente de Occupy Wall Street, como una crítica del capitalismo y una muestra de algo llamado disforia consensual, como el fracaso de toda posibilidad romántica y como una alegoría de la falta de afecto.
Decía Italo Calvino que un clásico es un libro que nunca se termina de leer: de una manera u otra, siempre nos dice cosas nuevas
Decía Italo Calvino que un clásico es un libro que nunca se termina de leer: de una manera u otra, siempre nos dice cosas nuevas. En un texto deliberadamente enigmático como Bartleby esto es aún más cierto. El relato, publicado a mediados del siglo XIX, inicialmente en la revista Putman’s Magazine y luego recogido en el volumen The Piazza Tales, ha generado muchas interpretaciones: desde la parábola sobre el capitalismo o las relaciones de poder a la alegoría religiosa, pasando por las lecturas que hablan de una simbología más artística o vocacional. Muchas de esas lecturas son sugerentes, buena parte de ellas resultan también compatibles. Sus interpretaciones son inagotables y, como suele suceder, dicen más de quien realiza la interpretación y de su tiempo que del texto en sí.
Esa potencia semántica se combina con un elemento sorprendentemente actual, cercano. Hay muchos fenómenos recientes que nos pueden hacer pensar en esta novela corta, y aunque el mundo que retrata no es el nuestro parece menos lejano que otras obras de su época: quizá también porque tiene un aire abierto, indefinido, que encaja bien con nuestra sensibilidad. Algunas de [estas] cuestiones […] son el mundo del trabajo y la oficina, la distancia entre generaciones y cierta pérdida de entusiasmo o de confianza en las posibilidades del futuro. […] Con mucha frecuencia, parece que solo podemos concebir el futuro en términos de amenaza: una posibilidad que anima a replegarse, a la manera de Bartleby, y decir: preferiría no hacerlo.
Este texto es un fragmento de ‘Los nuevos Bartleby’ (Rosamerón), de Daniel Gascón.
COMENTARIOS