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Diálogo, la palabra a través

La palabra permite el pensamiento abstracto. Gracias a ella, dialogamos, y al hacerlo nos relacionamos con el otro, lo escuchamos, nos hacemos entender, explicamos el mundo, encontramos soluciones comunes y propias a los problemas, vivimos en sociedad. Pero ¿hemos perdido la capacidad de diálogo? ¿Sabemos realmente en qué consiste dialogar? La filosofía, a la que Platón calificó como «un diálogo silencioso del alma consigo misma», ha reflexionado a lo largo de los siglos sobre su importancia.

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12
marzo
2026

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«Diálogo». Por lo general, suele enten­derse como conversación, charla, intercambio de ideas, plática o coloquio. Pero el concepto va mucho más allá. Del griego antiguo dialogos, enlaza el prefijo día- («a través de») con logos («palabra»). El diálogo es aquello que sucede a través de la palabra razonada y compartida. No se trata de imponer ni de convencer ni de persuadir al otro, sino de permitir que el sentido de aquello sobre lo que dialogamos se construya. Un auténtico diálogo supone una suerte de viaje a cuyo término (nunca concluyente) quienes par­ticipan quedan transformados. Es algo vivo, que va mutando a medida que avanza.

El diálogo depone certezas previas, es in­compatible con prejuicios, alumbra una nueva comprensión sobre las cosas. Nos entrena en la humildad, ya que nos recuerda que no tenemos ni todas las respuestas ni las más adecuadas y que necesitamos al otro para pensar lo que solos no podríamos.

Dialogar nos recuerda que necesitamos al otro para pensar

Para Heráclito, el diálogo es una «inte­ligencia común» en la que los participantes abandonan la necesidad de defender a cualquier precio su discurso y se abren a un intercambio de ideas, reflexiones, hipótesis, metáforas que conduce a una interpretación distinta, más enriquecida, más auténtica. Se desconoce el rumbo que tomará un diálogo. «Allí donde la argumentación, como el viento, nos lleve, hacia allí debemos ir», defiende Sócrates en la obra La República, de Platón.

Y es que para Platón no hay sentido vital más alto que la búsqueda de la verdad. Y a la verdad se le sale al encuentro por medio del diá­logo dialéctico, mediante preguntas y respuestas que permiten sortear las apariencias engañosas del mundo sensible (el mito de la caverna) hacia el mundo de las ideas, donde reside la verdadera realidad y el conocimiento (episteme). En Fedón, Fedro o El Banquete utiliza el diálogo para explo­rar asuntos seminales como la inmortalidad, la belleza, el conocimiento o el amor.

Es lo que se conoce como mayéutica, el método socrático por el cual el maestro, me­diante preguntas, enseña al discípulo a descubrir nociones e ideas que estaban en él latentes, pero de las que no era consciente. Un diálogo que conduce al conocimiento que, según los griegos, se olvidaba al nacer. De ahí que el concepto, mayéutica, provenga de maieutiké, que significa «parto». La mayéutica significaría, etimológica­mente, «alumbrar o parir ideas».

Aristóteles, por su parte, incide en la impor­tancia de la argumentación en el diálogo. Una opinión no es un razonamiento, no está anclada ni es perenne, es volátil, y dialogar requiere es­tructurar el discurso. Para el Estagirita, la lógica y la emoción son elementos indispensables para dialogar, junto con la retórica, esto es, la capaci­dad de utilizar la palabra. Empleamos las mismas palabras, pero no significan lo mismo para cada cual. Pensemos en sustantivos como «libertad», «dignidad» o «felicidad». Se precisa poner en común de qué hablamos cuando hablamos.

Un diálogo no clausura ningún asunto ni persigue una definición definitiva, sino el rastro de la verdad, aunque esa verdad contradiga las convicciones de quienes dialogan. No exige una única perspectiva: el disentir se acoge, porque el diálogo rechaza la uniformidad. Allí donde cada uno de los que interviene está esperando su turno para compartir lo que sabe, allí donde no hay escucha que permita lo imprevisible, allí donde se exhibe el narcisismo y el desprecio por el otro cuyos planteamientos contrastan con los nuestros, no hay diálogo. Un trueque de con­signas, titulares, saberes banales u «opiniones verdaderas», como denominaba Sócrates a esas verdades mínimas que no son propias, sino que tomamos prestadas (de las redes, de los medios de comunicación, de aquellos a los que concede­mos la autoridad en la materia), no es un diálogo que permita una mejor y mayor comprensión del asunto. En un diálogo, nadie lleva la razón. La razón se sostiene a sí misma.

Para el filósofo más notorio del idealismo alemán, Hegel, el diálogo es un elemento crucial entre los hombres. No es mera conversación: es la bujía que permite el desarrollo de la razón y el espíritu, superando contradicciones para llegar a la verdad. El diálogo hegeliano se estructura en tres procesos: tesis (afirmación inicial), antítesis (negación o contradicción de la tesis) y síntesis (resolución que no concluye el proceso, puesto que crea una nueva tesis).

La filosofía propone el diálogo a modo de corazón del pensamiento.

Es Kierkegaard quien toma la necesidad de diálogo como camino que permite al individuo conocerse y construir su subjetividad, descubriendo la propia ignorancia y la necesidad del otro (el otro que también, en este caso, es Dios) para alejarnos de la superficialidad, del ruido, de la banalidad, permitiendo que del silencio brote la inspiración.

El diálogo nos obliga a detenernos, a escuchar, a permanecer en el silencio común, a cuestionar lo que dábamos por bueno, por obvio, por descontado. Solo a través del diálogo podemos dar sentido a una vida en común. ¿Qué entendemos por justicia, por paz social? ¿Qué es una vida digna? ¿Qué es exactamente el pro­greso, qué papel cumple la naturaleza? ¿Cómo podemos preservarla y preservarnos? ¿Qué es la verdad? ¿Cómo equilibrar un «nosotros» que no asfixie a cada individuo? Estas son algunas de las cuestiones que dan sentido a la vida en común, y que requieren un diálogo incesante y renovado.

Cicerón, san Agustín, Leibniz o Hume, entre otros, hicieron hincapié en la necesidad de diálogo para impedir que nos inmunicemos ante el otro, para librarnos de la percepción del otro como carga viral.

Al respecto, resulta estimulante el intenso análisis que le dedica el filósofo tradicionalista alemán Gadamer al diálogo, que no contempla como una técnica sino como una práctica que no solo engendra conocimiento, sino que trans­forma al individuo. Genera respeto por el otro, atención al otro, liberando del férreo miedo de que las convicciones propias puedan no ser las correctas, o no del todo. Gadamer nos anima a hacer autocrítica de cualquier pensamiento, propio o ajeno; una autocrítica ajena a la discor­dia, que propicie «un nuevo horizonte hacia el que caminar juntos».

El diálogo no deja de ser un escenario ético. Estimula la comprensión y la escucha activa, requiere generosidad (aceptar que el otro ha llegado más lejos, y aun así nos espera), humil­dad (admitir lo estrecho de algunos de nuestros planteamientos), y hace posible el encuentro entre iguales en la diferencia, el acercamiento entre personas. No es monólogo el diálogo, sino «haber encontrado en el otro algo que no había­mos encontrado aún en nuestra experiencia del mundo», apunta Gadamer.

Para Martin Buber, pensador austríaco-is­raelí, el diálogo es indispensable para la existen­cia humana. Es, en su decir, un encuentro pleno entre un yo y un tú, que rechaza cualquier tipo de instrumentalización del otro, y que permite una experiencia de reciprocidad capaz de reconocer al otro en su alteridad, en su distinción, y de pre­servar esa diferencia como parte de la riqueza compartida. Como Kierkegaard, Buber conside­ra que ese diálogo con el otro abre la senda para uno más trascendente, el diálogo entre un yo y un «Tú eterno», que no es sino Dios.

Para Byung-Chul Han, el diálogo preserva nuestra humanidad en un mundo hiperconectado

Así, frente a la búsqueda de un enemigo que nos confiera algo parecido a una identidad común, las manifestaciones de odio, el intercam­bio de titulares sin profundizar en los hechos, la esgrima de frases rápidas, obviedades, vaivén de asuntos que despachamos en pocos minutos, la filosofía propone el diálogo a modo del corazón del pensamiento.

Eugenio d’Ors, además de titular algu­nas de sus obras como Diálogos, hace de él un método filosófico conformado por lo lúdico y lo vital, que brinda la posibilidad de transmutar lo cotidiano en algo trascendente y se erige como vaso comunicante entre el yo y el otro, entre el yo y la tradición, entre el yo y su conciencia. El diálogo como juego.

Por su lado, Derrida retoma la tradición del diálogo y propone su deconstrucción. Pero no se trata de la destrucción de los argumentos, sino de su cuestionamiento, aceptando y analizando la multiplicidad de significados y de perspectivas, fundamentando incluso la justicia y la ética en la escucha al otro, en la hospitalidad a su diferencia y a su otredad. Un diálogo, el de Derrida, que no solo se circunscribe a un interlocutor concreto, sino que se abre al diálogo con el pasado, con la tradición, con lo que ha sido omitido en el discur­so, con los espectros y con el texto.

Algo similar, de raíz humanista, recoge el pensamiento de Byung-Chul Han, recién galar­donado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades: el diálogo como bastión para preservar nuestra humanidad en un mundo hiperconectado y con un individua­lismo descarnado. Frente al ruido digital y ante la superficialidad de una sociedad cansada, Byung-Chul Han piensa el diálogo como una conversación profunda para encontrar el sentido de nosotros mismos.

La tarea de la filosofía es encender la pre­gunta que prenda el diálogo. Pero es este un diá­logo que no tiene una última palabra, un diálogo que «es algo en lo que uno entra, en lo que uno se implica, algo de lo que no sabe de antemano qué saldrá y que tampoco se corta sin violencia, puesto que siempre se queda algo por decir», según afirmó Gadamer. Encuentro, reconoci­miento, construcción. Articulación del mundo propio en el mundo común. Búsqueda de la verdad. Sentido ético. Sentido común. Diálogo.

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